[ F.U ]

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¿Por qué tenemos que mandar todo a la mierda?.


Hace cuatro años me comprometí con el amor de mi vida, era alto, cabello negro azabache, y ojos marrones, que aún siendo ordinarios, removían siempre algo dentro de mi estómago cuando posaba esas bellas esferas en mí. Su actitud tan detallista y tierna se fue desvaneciendo a la par de años, ahora es completamente distinto a como era el verdadero Calum Hood que conocí hace ocho años atrás en aquella playa en Malibú.


Me encontré el miércoles en el supermercado a uno de los amigos del pelinegro, Michael Clifford, cabellos rubios y sus ojos eran dos esferas verdes. Estuvimos hablando por poco tiempo, pero éste llegó a informarme, que había encontrado a Calum saliendo de su trabajo con una rubia, con cuerpo de súper modelo y piernas de comercial. No sabía por qué lo había hecho, pero esa fue la iniciativa que necesité para que la llama que había en nosotros volviese a encender, más resistente que nunca, pero esta se negó siquiera a volver a hacer humo.


Me vestí con un vestido blanco pegado al cuerpo, verdaderamente agradable; este lo utilicé en nuestra primera cita cuando apenas nos conocíamos y él me comentó con una sonrisa que era la chica más bella que había visto, supongo que esos recuerdos jamás se irán de mi vida. Hoy finalmente le daría una nueva oportunidad, y si no lo sabía apreciar, le dejaría el camino libre, ya dejaría de ser un obstáculo a su felicidad. 


Hice su platillo favorito: pasta y mientras lo hacía, preparaba la mesa para nuestra cena. El reloj marcaba las ocho y cuarenta y cinco, él volvería del trabajo en quince minutos. No hice más que esperar, mi mirada nunca se despegó de la puerta de entrada en nuestro apartamento, pero este nunca llegó.


Volví a ver el reloj que había colgado en la pared, ahora marcaban las once y cuarto. Mis maletas se encontraban en la estancia, había cambiado mi atuendo por unos leggins negros y camiseta blanca, junto mis zapatillas. Me hice una coleta alta, mientras me colocaba la campera.


Sentí que alguien abría la puerta y en ese mismo instante me levanté del sofá, y me dirigí a la puerta con mis maletas atrás mío. Ahí se encontraba él, su cabello negro azabache estaba desordenado y su camisa estaba mal abotonada, me miró con sorpresa, pues no esperaba que yo estuviese a esta hora, vestida, y con mis maletas a la mano.


— ¿Qué es eso, cariño? — preguntó cuando logró visualizar mis maletas. Lancé un suspiro, esperando que todo esto terminase de buena manera.


— Me iré, Calum. Ya no hay más amor en nosotros, me he cansado que llegues a la madrugada y que no me pongas mínima atención. Prefiero irme a que seas infeliz conmigo.


—Pero... yo soy muy feliz a tu lado, bebé— dijo el pelinegro, intentando abrazarme, pero lo esquivé. Se mostró herido, pero yo no podía permitirme sentir culpable al respecto.


—Tienes una rara manera de demostrarlo— espeté, lancé un segundo suspiro durante esta conversación — Ya lo sé todo, se que tienes dos móviles, también se que estás con alguien más, y que no soy la única en tu vida, por esa razón anhelo terminar esto bien, no lo hagas más difícil.


—No estoy con nadie, tú eres la única en mi vida. Eres... una parte esencial de mí, nena.


—Te creería pero tengo pruebas, Calum, ya no debes mentir más. Ya no quiero sentirme una estúpida en lo que respecta a ti, ¿vale?


—¿Aún me amas?


—No se trata de eso, Calum.


—Respóndeme.


—¿Por qué tienes tanta curiosidad?


—No... lo sé.


—¿Quieres saberlo?, sí, sí lo hago, pero sé que esto ya no puede llegar a ser lo de antes.


—Sí lo puede, bebé— susurró, acercándose a mí. Corrí el rostro cuando aproximó sus labios a los míos, me alejé de él, mirando al suelo. Comencé a jugar con mis dedos.


—No hagamos esto más difícil...— susurré —Simplemente quería agradecerte por todos los momentos lindos que pasamos, siempre vas a ser mi primer amor, porque a pesar de todo te sigo queriendo. Cupido no viene a advertir.


Traté de pasar a su lado, pero me sujetó con delicadeza la muñeca. Eso me recordó nuestra tercera cita, había pasado lo mismo, pero por diferencia, yo llegaba tarde a casa, y él se había ofrecido a llevarme.


—¿Un último beso?— preguntó en súplica.


No podía negar aquello, sabía que lo hacía más por mí misma que por él. Porque deseaba esos suaves labios sobre los míos, moviéndose en una linda sincronía, aunque sea por última vez. Y así lo hice, nos dimos nuestro beso de despedida. Yo salí del apartamento arrastrando mis maletas hacia el ascensor, observé como sus rodillas se debilitaban e impactaban contra el piso, sus ojos brillaron al contraste de la luz del pasillo. 


Algo se sintió diferente en mí, sabía que a partir de ahora todo lo sería. Pero sabía que lo que había hecho era lo correcto...

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