Mi perro es un Hombre Lobo

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PRÓLOGO.

Cuando era pequeña, tenía un hogar muy peculiar. Yo vivía en un frondoso bosque desolado, las personas se encontraban a muchos kilómetros de allí. En ese entonces, éramos solo mi papá, mi mamá y yo.

A veces el vivir allí se volvía algo tedioso, cada día que pasaba era igual y mi única compañía era yo misma. Mis padres siempre estaban en sus asuntos. Mi padre, un leñador, distribuía la madera para los pueblos más cercanos. Mi madre era guardabosques y recuerdo que muy poco estaba en casa.

Como podrán notar, una niña no suele tener mucho que hacer en un bosque, mi única distracción era salir a explorar de vez en cuando. Esa era mi única intención el día que todo pasó...

Me encontraba sin nada que hacer, como de costumbre. Simplemente viendo la nieve caer por mi ventana. "Iré a dar una vuelta afuera" me propuse. Me puse mis botas acolchadas y un tibio pasamontañas. Salí de la casa, dejando al tanto a mi padre. Mientras más caminaba, más denso se hacían los árboles, estuve caminando por un buen rato. Nunca había llegado tan lejos. En la lejanía, pude escuchar el correr de un río, así que lo seguí hasta allí.

El agua, circulaba lentamente y veía cómo trozos de hielo pasaban por el. Era hipnótico. Estuve inmersa en ese momento hasta que, de uno de los arbustos que se encontraban allí, escuché un leve sonido.

"¿Que ha sido eso?" me pregunté curiosa. Me dirigí lentamente hacía donde había provenido aquel sonido. Me asome por encima del arbusto y para mi sorpresa, allí estaba.

Una pequeña cría de lobo sollozando, seguramente por soledad. Su mirada se alzó para encontrarse con la mía. Pude notar un brillo en sus ojos, como si me hubiera visto antes.

Mi corazón se achico. Tenía un pelaje blanco y marrón claro, que hacía juego con sus ojos miel. Era una lindura, pero demasiado pequeño para estar por su cuenta. Gire mi cabeza por los alrededores en busca de alguna señal de su mamá. No tuve éxito. Tenía entendido que los lobos eran peligrosos para los humanos y más si estos se encontraban cerca de una cría. En eso, mire nuevamente el rostro del lobezno, en el se reflejaba la curiosidad.

Mi deber ser era dejarlo allí. Irme y evitar todo peligro, pero en ese momento mi corazón dictaba algo diferente. No lo quería dejar allí, lo más probable que pasaría es que moriría de hambre y frío.

Finalmente, la lucha interna que estaba tomando lugar en mi mente cesó. Actúe como una niña ingenua de 10 años actuaría. Lo cogí en brazos y me dispuse a caminar a mi casa.

Cuando llegué, hice el intento por entrar lentamente y en silencio. No quería que mis padres vieran al lobezno, porque lo obvio era, que no iban a permitir que me quedara con él. Sin embargo, antes de llegar a las escaleras mi padre se apareció y escondí rápidamente al lobezno detrás de mí.

"Hola cariño, ¿Por qué regresaste tan rápido? Normalmente sueles quedarte más tiempo afuera." dijo, antes de darle un sorbo a su taza de café.

"Hola papá, es que ya estaba oscureciendo y me pareció mejor entrar a la casa antes." dije intentando disimular lo mejor posible. Estaba muy nerviosa.

Mi padre asintió y dio una caricia a mi cabeza, pero sus ojos se dirigieron a donde se suponía estaban mis manos, dándose cuenta que ocultaba algo.

"Clara, ¿Qué llevas detrás de tu espalda, hija?" preguntó.

Me congelé por unos segundos, presa del miedo por lo que fuera a decir si veía al lobezno. Hice un último torpe intento por salirme con la mía.

"Nada papá, no tengo nada" dije con voz temblorosa.

"Eso no es verdad, ¿Qué tienes hay? Muéstrame." eso ultimo lo dijo con un poco más de firmeza. Respire profundo, cerré los ojos con fuerza y deje al descubierto a la pequeña bola de pelo que tenía en manos. "Clara... ¿Qué es esto?"

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