Siempre esa misma melodía en mi cabeza. Me acompaña en todas mis noches de insomnio, pero sólo cuando cierro los ojos. Una mano ágil y delicada acaricia las teclas de un piano desalmado, recobrándole la vida, como una clase de sanación. Un piano frío y nevado, al que parece que los años le regalaron unas cuántas capas de pintura y arreglos por aquí y allá. Pero el instrumento es de fuego por dentro, y quema el silencio, ese ruido molesto, cuando las manos correctas lo tocan. Quién hubiese pensado que un día, ese piano sería de fuego por fuera también.
Ahora mismo son las 2 a.m, y, como siempre, no logro conciliar el sueño hasta las 3. Me arrullo a mí misma cantando alguna canción de cuna olvidada en el tiempo, con el gato de arriba del tejado y las estrellas como mis espectadores. Cada tanto, siento que cantan conmigo, silenciosamente, pero esta noche parece que sólo quieren escucharme. La noche no es tan fría, ni muy calurosa, anunciando que la primavera está llegando a la estación, haciendo cola para sacar el pasaje y venir hasta Asumenia. Mi móvil suena, anunciando que es tiempo de dormir. Perezosamente, tomo mi manta blanquecina y mis pantuflas, dignándome a entrar finalmente en mi habitación. Bajo sigilosamente por el tejado, revoleando los objetos por la ventana, y posteriormente balanceándome brevemente para aterrizar sin hacer ningún ruido.
Coloco la manta junto a mi sillón verde manzana, que combina con el color de mis pantuflas casualmente, y finalmente me acuesto. Cierro mis ojos, y una hermosa canción indescifrable me coloca en los brazos de Morfeo.
El gato negro, alias mi despertador personal, se pone en complot con la alarma para arañar la ventana al mismo tiempo que ésta suena. Y todo para que yo abra los ojos cada mañana
-¡Ya son las 8! A este ritmo no llegaré a tiempo.
Con una velocidad digna de un superhéroe logro colocarme la ropa (no sin tropezarme con la funda de la guitarra antes y despedir a mi trasero de una buena vida) bajo hacia la cocina para desayunar, deslizándome por la barandilla.
-We're leaving ground!-
-Will things ever be the same again?-
-It's the final countdown! - Oh no otra vez. Una Holly llena de harina y una espátula imitando un micrófono canta a todo pulmón con otra Heather con un periódico enrollado en mano subida a una silla. Me siento en el otro lado de la mesa y unto una tostada, que meto entera en mi boca (que no se note mi hambre).
-¿Nunca van a cansarse de pelear de esta forma? Digo, algunos gritan, otros se arrojan cosas. Ustedes cantan.- Creo que no me entendieron nada de lo que dije porque hablo con la boca llena.
-Buenos días, Mel.- Me besa en la frente con toda su cara enharinada. -¿Podrías decirle a tu madre que harina y levadura no son lo mismo?-
-¡Sí lo son!- Replica Heather desde el cuarto de lavado- Tienen el mismo color y se puede cocinar con ambos.-
-¿En serio ese es un tema de conversación siquiera?- Ambas asienten. Me río a carcajadas al enterarme del motivo de su disputa y prosigo a abrazarlas e irme, no sin antes tirarle un poco de harina.
Cuando cierro la puerta, me quedo mirando por la ventana cómo Heather pone La isla bonita y baila con Holly olvidando el color blanco predominante en la habitación. Son únicas.
-¡Ahí viene la friki abandonada!- Exclama el grupo de amigos descerebrados de mi ex ni bien pongo un pie en el colegio. Ni siquiera llegando veinte minutos antes puedo evitarlos.
Mientras apresuro el paso me tomo un momento para detenerme en él. Los hoyuelos de su rostro se acentúan tanto como sus ojos se achinan cuando muestra su dentadura. Se está riendo. Y se ríe de mí. Eso es lo peor de todo.
Trato de llegar lo antes posible al baño para ahogar con agua del lavabo todas esas lágrimas que están recorriendo mis mejillas.-Sonríe.- Me ordeno, intentando regular los latidos de mi corazón y tratando de que ese color rojizo se marche de mis ojos. Automáticamente, todo sonido a mi alrededor desaparece, al mismo tiempo que una melodía resuena en mi cabeza más fuerte que cualquier parlante existente en el mundo. Mi dolor se va (por ahora). Puedo entrar a clases.
Corro hacia mi pupitre, contra la ventana en primera fila. Sola. Escucho unas risitas burlonas provenientes del fondo del salón. Me vuelvo soló para ver lo que ya sé: Mis supuestas amigas riéndose de mí. Pensar que le salvé la vida a muchas de ellas y ver cómo me pagaron me angustia. Si no les hubiese dicho, quizás tendría pareja, o tal vez sería invisible.
Venir de un lugar polémico como el que yo venía, y no tener una familia "tipo" es equivalente a no poder ser invisible. Lo cual probablemente sería un súper poder genial, pero que no contaba con la suerte de tenerlo.
Es imposible ser invisible en una ciudad tan pequeña como Asumenia. Es de esas ciudades en las que no puedes perderte, porque siempre alguien te va a encontrar y va a intentar sabotear tu camino o cambiarte a ti. Porque todos saben quién eres y te descubren hasta bajo la tierra.
Y yo sólo necesitaba perderme.
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Hola! Aquí les traigo el primer capítulo de una novela de la que espero tener continuidad. Si te gustó, no dudes en votar y compartir la historia. Si tenés alguna duda o querés fangirlear,comentá o podés escribirme al direct.
Disfruta!
-J.
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This song saved my life.
Novela Juvenil¿Puede una canción salvar tu vida? Pero no metafóricamente hablando. ¿Crees que un tema de Paramore puede curar un resfriado? O no hablemos de enfermedades, si no también coser un corazón roto, o incluso animarte a salir de la cama en esas frías mañ...
