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La pelota saltaba.

Era una pelotita roja, de goma. Saltaba muy alto, tanto que llegaba al techo de su habitación. Y seguía saltando, porque no hay fuerza mayor al lanzar una pelota de goma roja que la de un niño frustrado y furioso con el mundo. Un niño como Simon.

Simon miraba la pelota saltar. La seguía con la mirada sintiéndose asustado y avergonzado por su irracional ataque de ira en el comedor. Seguro que todos los niños estarían pensando que estaba loco de remate (si es que se habían tranquilizado lo suficiente como para pensar). Tal vez lo estuviera.

Tal vez todos lo estuvieran.

Pero en un lugar como aquel, donde todos los niños tenían un rencor tan grande como para llenar el corazón mas puro acumulado, la locura no era algo infrecuente.

Otro más, habrían pensado con indeferencia. Un demente mas.

Pero Simon no creía estar loco. Simon solo pensaba que era algo diferente a los demás. Por mucho que se esforzara en encajar. Por mucho que se empeñara en ser igual al resto, él sentía que nunca podría.

Él solo buscaba un lugar donde alguien se sintiera igual que él. Un hogar de verdad. No un orfanato lleno de burlas y niños crueles que se burlan de todo aquel que no es tan cruel como ellos.

Pero a Simon le daba igual, de él nadie se burlaba. Nadie era cruel con él. Ya le gustaría. Eso significaría que por lo menos los demás niños le hablaban. Pero desde que llegó a ese orfanato, solo había intercambiado un par de palabras con los profesores y guardas. Temía que se le estuviera olvidadando como hablar.

Él sentía que el resto de los niños le temían. No sabía porqué. Ni si quiera sabía como lo sabía él. Simplemente lo percibía. Y gracias al ataque del comedor, ahora estaba mas que confirmado.

Él no recordaba muy bien lo que había pasado. Solo recordaba que estaba furioso. Solo recordaba algo extraño que manaba de sus poros y sacudía el aire de la habitación. Solo recordaba que sus padres le habían abandonado cuando él ni si quiera sabía reconocer sus rostros. Solo... Solamente lo había dejado ir. Lo había dejado escapar.

Había explotado.

Y se había desmayado. Brevemente, al menos. Solo había permanecido en la inconsciencia unos minutos, pero cuando despertó, el comedor presentaba un aspecto abismalmente diferente. Destructivamente diferente.

Las mesas estaban todas desancladas del suelo. Tiradas unas encima de otras y retorcidas entre sí, como si las barras de metal y los listones de madera se abrazaran y formaran uno solo. La comida que poco antes estaba tratando (infructuosamente) de ingerir, estaba tirada por todas partes. Manchándolo todo. Manchándolo a él.

Las lámparas estaban destrozadas. Las bombillas habían explotado y había cristales reposando en el ahora agrietado suelo de piedra del orfanato.

Las sillas se habían fundido. Dios sabe como, en ese momento solo serían charcos de metal fundido con tropezones de madera astillada.

En un primer momento pensó que estaba soñando. Luego sintió el resquemor blanquecino en su piel. Y dentro de él mismo, como si formara parte de sus órganos vitales y pensó que tal vez una viga se había caído encima de él, que una barra de metal le había atravesado el pecho, que tal vez todo hubiera sido un atentado terrorista y que le habían disparado (aunque era demasiado joven como para saber realmente lo que era un atentado terrorista) y que lo que estaba sintiendo era la muerte al llegar.

Pero rápidamente se desengañó. Se sentía vivo. Mas que en toda su vida. Mas que nadie en todas las vidas. Nada le dolía, pero se sentía terriblemente cansado. Solamente quería dormir, pero los gritos aterrados de sus compañeros le impedían descansar. Sus ojos se cerraban, y justo en el momento en el que la consciencia da paso a los sueños, allí recostado contra el suelo, en un ambiente de histeria colectiva incontrolable, se dio cuenta.

Se dio cuenta, sin saber como, sin siquiera habérselo preguntado a si mismo, de que él había sido el causante de aquello. Aunque sabía que era imposible. Sabía que seguramente habría sido un terremoto o una fuga de gas. Aunque nada de eso explicaba las sillas fundidas. Tal vez una bomba (aunque ni si quiera Simon creía que ese fuera el caso).

Tal vez fuera todo un sueño o una alucinación o algo parecido. Puede que sí estuviera loco después de todo.

Y entonces todo fue demasiado para él. Entonces se levantó y empezó a gritar como si estuviera poseído. Gritó hasta que ahogó los gritos de sus demás compañeros. Gritó hasta que la acción de gritar no era una elección consciente, sino algo primitivo que salía de él a borbotones incesantes. Hasta que au garganta quedó en carne viva y todos estaban mirándole. Y como siempre pasaba cuando todos le estaban mirando, explotó.

Y con explotar, quiero decir pegarle un puñetazo al chaval mas cercano.

Un puñetazo torpe y casi sin fuerza. Aunque con toda la fuerza que puede tener un crío que once años.

Un crío escuálido y desgarbado con una mata de pelo rubio despeinado y mejillas sonrosadas.

Y después salió corriendo hacia su habitación, desprovisto ya de ese pesado cansancio. Con su pelota roja en el bolsillo y una furia indomable en el pecho.

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⏰ Last updated: Aug 24, 2016 ⏰

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Simon Snow y el Príncipe Hechicero.Stories to obsess over. Discover now