Extraños

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-No nos dejes...- dije con un nudo en la garganta, casi en susurro.

Aquel sueño vago hizo que diera un sobresalto en el sillón. Me había quedado dormida mientras esperaba a que llegara mi hermana. Busqué con la mirada por toda la sala de estar y noté que las luces del comedor estaban apagadas. Por fin llegó.

Ya en completa tranquilidad, apagué el resto de las luces y fui directo a su habitación y sí, ahí estaba ella... Olía un poco a alcohol, aun llevaba puesto su vestido negro y también seguía maquillada... no la culpo, yo hice cosas peores a su edad. Tengo un pasado como cualquier otra persona, sobre todo de esa clase de pasado que uno no quiere contarle a nadie, pero por encima de eso, que yo misma no quiero recordar.

A la mañana siguiente, me levanté, tomé una ducha y vestí lo primero que encontré, unos leggins negros, una blusa larga color café y mis botines negros. Al salir de la habitación, pude ver a mi padre con un sartén en la mano, olía a huevos revueltos. Un alto hombre de cabello castaño, grandes ojos y piel bronceada... nada que ver conmigo, bueno, con nosotras. Yo soy cincuenta por ciento japonesa, cuarenta por ciento colombiana y diez por ciento coreana. La diferencia con mi hermana es que ella es cincuenta por ciento colombiana y cuarenta por ciento japonesa. ¿Por qué? Fácil, mi padre es colombiano, mi madre coreana, pero soy nacida en Japón, mientras que mi hermana es nacida en Colombia... sí, lo sé, somos todo un caso.

Cuando llegamos a Manhattan, las personas pensaban que mi padre era un pedófilo o tratante de blancas, debido a que ambas somos blancas, con los ojos rasgados (no tanto como los típicos ojos asiáticos) y de complexión delgada, como mi madre. Lo único que heredamos de mi padre fue el cabello, somos castañas. Hubo un tiempo en que la policía llegaba a tocar la puerta del departamento, debido a que les llegaban llamadas anónimas diciendo que un hombre latino había llegado al edificio junto con dos adolescentes asiáticas. ¡Patéticos!

Da igual, mi hermana estaba desayunando como si nada hubiera pasado anoche, descarada.

-Buenos días- dije sin dejar de mirarla, mientras servía mi plato.

Se intimidó un poco, pero lo disimuló.

-Naori ¿a qué hora llegó tu hermana?- preguntó mi padre sentándose en una de las sillas del comedor.

Quise reírme, su papel de serio no le quedaba, no lo hice porque pude ver los leves nervios que Sally sentía.

-¿No le dirás buenos días?- preguntó Sally queriendo cambiar el tema por completo.

-Ah cierto, buenos días- dijo mi padre cambiando su expresión de indignación.

Yo reí, no pude evitarlo -Llegó temprano, no te enojes-

Sally soltó un gran suspiro, mi padre no lo notó, algo tonto de él. Caminé hacia una silla alado de mi hermana, y le susurré al oído -Te toca lavar la ropa- Ella reprochó un poco y reviró sus ojos.

-Bien, me voy...- dijo mi padre levantándose de su asiento.

-¿Ya? ¿Tan temprano?-

-Sí, me necesitan en la fábrica-

-Hace tiempo que no nos traes ropa de la que fabricas- se quejó Sally llevándose un gran bocado de su desayuno a la boca.

-Él solo es el encargado de encender las maquinas que fabrican esa ropa- dije en tono autoritario.

De eso nos mantenía mi padre, trabajaba en una fábrica de ropa, Queen, y sí, de pequeñas y hasta hace poco él nos traía ropa, una que otra blusa, pantalones y faldas, le daban descuentos o a veces se los regalaban, todo con la condición de no decir nada, nosotras siempre tratábamos de vestir sencillas, si nos poníamos la ropa que él nos daba pero disimulábamos un poco, no queríamos poner en riesgo su trabajo.

La Noche de los Corazones RotosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora