¡Felicidades, van a ser padres! | Nash Grier. | Parte II.

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Maratón 3/3.

Me remuevo con pesar, siento mis ojos pesados y en mi cabeza aún sigue ese incesante dolor de cabeza, solo que en esta vez, aquel sentir se vuelve cada vez más ligero. Abro mis ojos con lentitud y la embriagante luz blanca y brillante de la habitación en donde me encuentro, me hace volver a cerrarlos.

Vuelvo a abrirlos, pero esta vez, parpadeo un par de veces con lentitud para así adaptarme a la luz que me impregnaba. Estoy sobre el colchón de una cama individual, algo incómoda para mi gusto. Sobre mí hay un techo terriblemente liso y de color marfil.

De inmediato sé dónde me encuentro. Y mis temores se vuelven realidad: Estoy en una clínica.

Me esfuerzo un poco para sentarme y al lograrlo, miro a mi alrededor. Efectivamente, estaba en la habitación de una clínica. Cuando giro mi cabeza a la izquierda, me encuentro con una mesa mediana, que sostiene en su superficie algunas de mis cosas, como por ejemplo el bolso que recuerdo haber escogido para salir.

Debí desmayarme y mi madre tuvo que haberme traído a este lugar. Me sentí culpable, no me imaginaba la preocupación que debió haberla embargado.

Suspiré cortamente y dirigí ahora mi vista hacia el lado derecho de la habitación, encontrandome así con mi mamá sobre un sofá lo bastante grande, capacitado para que cualquier acompañante pudiese dormir allí, cubierta por una manta de algodón.

Entonces de nuevo me sentí culpable y preocupada. Comencé a pensar todo lo que debió haber vivido con su hija, la aparentemente desmayada. Uh, me arrepentía de no haberle dicho el cómo me sentía.

Aquellos pensamientos llenaron mi cabeza y los mismos fueron causantes de que las punzadas correspondientes a la terrible migraña, reaparecieran. Hice una mueca y me llevé una mano a mi sien, que en donde justo ahora me dolía.

Detestaba estar así. Débil y vulnerable.

Me volví a mi posición original y solamente esperé. No recuerdo el momento exacto en el que me desmayé, pero supongo que así sucedió y es por esto que estamos aqui.

— ¿Elizabeth? — cuestionó mi madre en un susurro, captando por completo mi atención. Mi vista se enfoca en sus lindos orbes cafés y noto que ha estado llorando un poco.

— H-hola mamá — tartamudeo un poco al responderle. Mi voz era extraña, estaba un poco ronca y mi garganta estaba seca.

— ¡Cariño, hola! — exclamó con cierta emoción en su voz. Se levantó hacia mí y me envolvió en uno de sus dulces y cálidos abrazos.

— Hija — acaricia suavemente mi cabello — Me alegra mucho verte despierta de nuevo. — Besa mi cabeza y entonces la oigo suspirar.

Entonces suspiro al igual que ella, y no digo nada. Es decir, ¿qué podría decir? A estas alturas, lo más probable es que ella ya supiera todo.

— ¿Por qué no me contaste que habías estado vomitando y sintiéndote mal? Te pude haber ayudado, Elizabeth.

Su tono es ligeramente neutro. Entonces, deja de abrazarme y se aleja lo suficiente como para mirarme a los ojos. — Lo siento mamá, pensé que podría con ello yo sola. Sabía que no era nada complicado, así que preferí callar.

Revelé con cierta vergüenza, después de todo ella era mi madre, merecía saber lo que le sucediera a su hija.

— Eso estuvo muy mal de tu parte, hija. Pudimos habernos evitado todo esto, incluyendo el gran susto que nos has dado.

Ella asiente mientras me mira. Y yo la comprendo. Pero ahora, me siento más culpable. Claramente, todas las personas cercanas a mí, sabían de esto. Incluyendo a mi ojitos bonitos.

One Shoots ©.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora