La casona de los Gerli

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El golpe se oyó a más de 5 metros de allí, o al menos eso supuso Elena, consciente de su propia ubicación por el GPS de su celular. Cual trueno irrumpiendo en el horizonte, los cristales de la antigua puerta de los Gerli elaboraron una melodía tan tenebrosa como precisa. El daño ya estaba hecho.
- ¿Qué esperás Hernán? Metete. -Susurró ella a su pálido amigo.
- Mejor vamos, amor.
- No seas cagón, nene. Y no me digas así. Dale. -Respondió Elena con una voz de mando propia de un militar de primera línea.
- ¿Y yo qué hago?
Se escuchó a corta distancia una voz más joven, tan dulce como inocente.
- Ya te lo expliqué treinta y cinco veces, Tamara. Te quedás acá y hacés campana. Ah, y no tenés que hacer sonar nada, pendeja... ¿Sabés de qué hablo, no?
La niña se quedó inmóvil, como siempre que su hermana le hablaba de esa forma, tan tajante. Afirmó en un sutil movimiento de mentón y se dedicó a vigilar la oscura esquina de J. H. Tranzky.
Una vez adentro, los "chicos más grandes", como Tamara los llamaba, se dedicaron a explorar en detalle cada rincón. El polvo se había adueñado del lugar tras quince años de un abandono total y único. Entre las rendijas de las persianas, no completamente cerradas, se escurría la luz de la luna. Las partículas de suciedad bailaban en un carnaval siniestro, testigo de aquella ilegalidad y, probablemente, de otras tantas más. Irrumpir en una propiedad privada lejos estaba de ser lo correcto, y ambos eran conscientes de ello.
Se detuvieron al llegar al salón principal. A su izquierda, un jarrón descascarado delataba más de tres generaciones de herencia. En el centro del mismo, un ave fénix de tintes rojos acompañaba la inscripción Cogito ergo sum. Frente a Hernán yacían los restos de un pequeño árbol de navidad, aún con los adornos colgados. Lo demás eran tinieblas y una sensación de misterio y enigma circundante.
Elena sacaba fotos indiscriminadamente y etiquetaba en ellas datos que consideraba imprescindibles. Hernán la observaba con cautela, deseándole un aburrimiento tempranero para que pudieran huir de allí.
Afuera, la pequeña Tamara se comía las uñas mientras temblaba, un poco por el frío y otro poco, quizás la parte mayoritaria, por miedo. Temía por ella misma, pero también por su hermana y, aunque le costara admitirlo, un poquito por Hernán.
- Elena, por favor. Elena, apurate -susurraba la pequeña, con voz entrecortada.
A lo lejos de la calle perpendicular a J. H. Tranzky, una luz se encendió y, con la misma velocidad y elengancia, volvió a formar parte del escenario nocturno habitual. Tamara entró en pánico. Supo que quienquiera que estuviera allí, al fondo de W. Fausto, podría verlos, podría descubrilos y, efectivamente, podría ponerlos en graves problemas.
Corrió entonces, como si no hubiera mañana, con destino a la única casa de la cuadra. Un segundo tarde y todo habría terminado.

Código SallyWhere stories live. Discover now