Estoy sudando a más no poder, así que decido levantarme de mi cama y dirijirme hacia la cocina, seguramente mi padre ha salido a hacer las vigilancias del distrito, asi que estoy solo. Sé muy bien porque estoy tan nervioso, hoy es la cosecha.
Cada año, desde los Días Oscuros, el Capitolio organiza un evento llamado Los Juegos del Hambre. Se eligen de entre toda la población de cada distrito, dos niños de 12 a 18 años, un niño y una niña, que son elegidos por sorteo para competir en un torneo a muerte. Sinceramente, no le encuentro otra justificación más que el mero intento por parte del Capitolio por demostrar que son mejores que nosotros...
Pero no lo son, y yo lo sé de primera mano, sé de qué son capaces, mi padre me cuenta todos los días las atrocidades a las que tiene que abstenerse de negarse que le obligan a hacer sus superiores con la pobre gente de mi distrito, gente que no tiene la culpa de intentar ir a cazar (cosa que está prohibida) para conseguir un poco de comida para su familia.
Desde que murió mi madre a manos de un Agente de la Paz, por haber incumplido esa ley, mi padre decidió enlistarse en la fuerza de los Agentes, para poder hacer que sea más piadosos, lo ha ido consiguiendo de a poco, y diría que hasta ya no son tan duros como antes.
Sin embargo, cuando me encuentro en la cocina, veo que mi padre no ha salido aún.
-¿No tenías que hacer vigilancia? -le pregunto
-No, el Capitolio decidió darme el día libre, para que me preparara contigo para la cosecha, vaya a saber por qué...-noto cierto tono de duda en mi padre, lo que me hace pensar que el Capitolio tomará represalias contra mi padre, mandándome a los juegos, no puedo evitar tener ese pensamiento pero decido sacármelo de la cabeza.
-Así que, porque no vamos al bosque, me gustaria que me siguieras enseñando tácticas de combate -uno nunca sabe cuándo las necesitará, y siguiendo la línea de mis pensamientos no me vendría para nada mal- ¿qué dices?
Veo que mi padre baja la vista, dudando un poco, pero finalmente luego de unos segundos responde:
-No
Su respuesta es corta y tajante, la expresión de su rostro es de una determinación que nunca había visto en mi padre desde aquel día en el que se enlistó hace ya...¿4 años?
·············
El resto de la mañana pasa sin mucha emoción, salvo cuando mi padre me da un traje blanco para la cosecha, lo miro extrañado y le pregunto:
-¿Por qué tanta preocupación por la cosecha, pá?
-No lo sé, solamente quería que usaras el traje que usé para mi primera cosecha, y como ésta será una de las ultimas cosechas que tengas que sufrir, decidí que era un buen momento para que lo usaras.
Sé que hay algo más escondido detrás de sus palabras, pero decido no seguir investigando, sin chistar, me pongo el dichoso traje y salgo junto a mi padre hacia la plaza, la cual está casi enfrente de nuestra casa, que se encuentra a sólo dos cuadras del Edificio de Justicia, en donde le dan las tareas a mi padre, y de donde fue designada nuestra nueva casa después de haber entrado en la fuerza.
Cuando llegamos a la plaza vemos que ya está casi todo el distrito esperando para ser registrados y poder ir hacia los lugares que se le son designado a los chicos y chicas por edades, mientras que los padres, extremadamente asustados y nerviosos tienen que esperar más atras. De esta forma la subida hacia el escenario de los tributos es menos complicada, las cámaras pueden enfocarlos mejor, y lo más importante, los Agentes de la Paz pueden controlar mejor a la población por posibles disturbios.
Me cruzo de repente con Colard, mi mejor amigo, nos saludamos efusivamente
-¡Hola! ¿Tan nervioso que no me saludas Dussel?
-Jajaja no, no te había visto, ¿cómo estás Col?
-Bien, dentro de lo que se puede-noto que se pone serio y acerca su boca hacia mi oreja derecha y me comenta- se rumorea que tu nombre ha sido colocado más veces de las que debería.
Mi cara de desconcierto debe de ser muy notoria porque me mira y me dice
-No te preocupes, si tu nombre sale de esa urna, me aseguraré de que el distrito entero deje de producir carbón, y seré yo quien junte dinero para ti.
Eso no me lo veía venir.
-G- Gracias-Es todo lo que mi boca puede decir, y lo abrazo amistosamente.
Durante el camino, no puedo dejar de pensar en lo que mi amigo me acaba de decir, ¿será cierto?, porqué el Capitolio me quiere dentro de los juegos, si no he hecho nada malo.
La plaza se va llenando, y se vuelve más claustrofóbica conforme llega la gente. A pesar de su tamaño, no es lo bastante grande para dar cabida a toda la población del Distrito 12, que es de unos ocho mil habitantes. Los que llegan los últimos tienen que quedarse en las calles adyacentes, desde donde podrán ver el acontecimiento en las pantallas, ya que el Estado lo televisa en directo.
Me encuentro de pie, en un grupo de chicos de dieciséis años de la Veta. Intercambiamos tensos saludos con la cabeza y centramos nuestra atención en el escenario provisional que han construido delante del Edificio de Justicia. Allí hay tres sillas, un podio y dos grandes urnas redondas de cristal, una para los chicos y otra para las chicas. Me quedo mirando los trozos de papel de la bola de los chicos, pensando una y otra vez en que voy a salir elegido.
Justo cuando el reloj marca las 12, el alcalde sube al podio y empieza a leer. Es la misma historia de todos los años, en la que habla de la creación de Panem, el país que se levantó de las cenizas de un lugar antes llamado Norteamérica. Enumera la lista de desastres, las sequías, las tormentas, los incendios, los mares que subieron y se tragaron gran parte de la tierra, y la brutal guerra por hacerse con los pocos recursos que quedaron. El resultado fue Panem, un reluciente Capitolio rodeado por trece distritos, que llevó la paz y la prosperidad a sus ciudadanos. Entonces llegaron los Días Oscuros, la rebelión de los distritos contra el Capitolio. Derrotaron a doce de ellos y aniquilaron al decimotercero. El Tratado de la Traición nos dio unas nuevas leyes para garantizar la paz y, como recordatorio anual de que los Días Oscuros no deben volver a repetirse, nos dio también los Juegos del Hambre.
Coger a los chicos de nuestros distritos y obligarlos a matarse entre ellos mientras los demás observamos; así nos recuerda el Capitolio que estamos completamente a su merced, y que tendríamos muy pocas posibilidades de sobrevivir a otra rebelión como la de los Días Oscuros.
-A modo de resumen -recita el alcalde, cuyo nombre nunca me interesó, por lo que no me lo acuerdo-, sólo queda decir: Panem ahora, Panem mañana, Panem para siempre.
A continuación, se supone que tiene que leer la lista de los vencedores del Distrito 12, pero como desde que comenzaron los juegos, hace ya 42 años, se limita a decir:
-Ahora, pasemos a la selección de los afortunados tributos-no puedo creer lo que acaba de decir, ¡¿afortunados?!, si considera que somos afortunados por ir a una muerte segura, allá el...
--¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte esté siempre,
siempre de vuestra parte!- dice Bax Bentley, la enviada del Capitolio para las Cosechas.
Empieza a hablar sobre el honor que supone estar allí, aunque todos saben lo mucho que desea una promoción a un distrito mejor, con ganadores de verdad, en vez de este distrito que ni siquiera ha podido sacar un solo ganador en 42 años.
Localizo a Colard entre la multitud, y él me devuelve la mirada con la sombra de una sonrisa en los labios. Esto solo hace recordar la última charla que tuvimos.
Ha llegado el momento del sorteo. Bax dice lo de siempre, «¡las damas primero!», y se acerca a la urna de cristal con los nombres de las chicas. Mete la mano hasta el fondo y saca un trozo
de papel. La multitud contiene el aliento, se podría oír un alfiler caer, y yo empiezo a sentir una sensación extraña, recordando a Emile, la bella chica de la que he estado enamorado desde los 8 años, y pienso en cuántas papeletas tiene, deben ser más de 10.
Bax Bentley vuelve al podio, alisa el trozo de papel y lee el nombre con voz clara;
Emile Hawkerfield.
BINABASA MO ANG
Los Juegos del Hambre: Distrito 12
FanfictionCuenta la historia del primer vencedor del Distrito 12, sus desventuras dentro de los juegos, lo que conlleva ser un vencedor, y los primeros años como un vencedor dentro del distrito más pobre de todo Panem.
