Preludio.

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Habían pasado dos días desde el concierto de BTS y mi conclusión seguía siendo bastante sencilla: Había estado bien.

Muy bien, de hecho.

Eso era todo.

No había regresado a mi departamento convertida mágicamente en una enciclopedia humana sobre siete coreanos. No había abierto una cuenta de fans. No había pasado las siguientes cuarenta y ocho horas viendo compilaciones de entrevistas ni intentando averiguar qué significaba cada pequeño gesto que alguno había hecho sobre el escenario.

Había ido a un concierto.
Me había divertido.
Y había seguido con mi vida.

La verdadera responsable de que hubiera terminado en primera fila de un concierto de BTS se llamaba MeMe y, técnicamente, ni siquiera debía haber sido yo quien estuviera ahí.
Su exnovio había terminado con ella hacía relativamente poco y, antes de convertirse oficialmente en ex, tenía pensado acompañarla al concierto del primero de septiembre.

El boleto ya estaba comprado.
La relación, aparentemente, no sobrevivió hasta la fecha del evento.

Así que MeMe se quedó con un corazón roto, dos entradas absurdamente buenas y unas ganas todavía más absurdas de gritarle a Park Jimin que se casara con ella.

Yo tenía la noche libre.
La ecuación se resolvió sola.

Meme
Por favor

Me había dicho mientras prácticamente me empujaba hacia el estadio

Meme
Si me pongo a llorar cuando salga Jimin, tú simplemente ignóralo.

Dafne
¿Llorar triste o llorar hormonal?

Meme
Sí.

Y había sido, honestamente, bastante divertido.

Yo conocía algunas canciones. Las suficientes para no permanecer completamente perdida durante tres horas, pero no tantas como para entender por qué veinte mil personas gritaban antes de que siquiera comenzara determinada transición musical.
MeMe, en cambio, parecía tener acceso directo al guion técnico del concierto.
Sabía cuándo venía cada canción.

Cada cambio.

Cada momento.

Cada miembro.

Cada respiración, probablemente.

Yo me limité a observar.
Y quizá ese había sido mi problema.

Porque mientras la mayoría de las personas a nuestro alrededor levantaban sus teléfonos cada vez que alguno de ellos se acercaba al borde del escenario, varias veces yo había terminado mirando las cámaras que viajaban sobre rieles, las grúas, los cambios de iluminación, las pantallas gigantes y la manera en que el equipo lograba coordinar una producción de semejante escala sin que el público notara siquiera la mitad de lo que ocurría detrás.

Era deformación profesional.
No podía evitarlo.

Había momentos en los que ni siquiera miraba a la persona que tenía directamente enfrente.
Lo cual, aparentemente, alguien sí había notado.

Yo no.
Al menos no entonces.

Pensé que mi relación con ese grupo que le gusta a MeMe terminaría ahí durante bastante tiempo.

Hasta que, el día siguiente, llegó un correo.

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