No quería levantarme. En serio, no quería.
Sabía que había amanecido. Podía sentir el calor del único rayo de sol que entraba a mi casa, colocado estratégicamente —por mí, por supuesto, todo en mi casa está colocado estratégicamente— para que a las nueve de la mañana tocara exactamente mi pie derecho. Era un reloj solar bastante preciso que me decía exactamente que ya había amanecido. No siempre funcionaba, por ejemplo cuando estaba nublado. Pero por lo general funcionaba.
Ahora sentía el calor en mi pierna, el rayo de sol había avanzado desde hacía unos minutos. Tal vez horas. No estaba segura. Pero no quise levantarme.
Mi madre había venido ayer.
Odiaba que viniera. No porque fuera mala hija —bueno, tal vez un poco—, más bien porque ella, en su afán de querer ayudar, de acomodar las compras que me traía sin que yo se las pidiera y "ordenar" un poco mi casa, me hacía la vida difícil.
Odiaba la sensación que me quedaba el día después de que ella venía. Me sentía... expuesta.
Mi casa era mi fortaleza. Mi casa era mi mundo completo. Cada centímetro de ella estaba memorizado en mis pies, en mis manos, en el eco de mis pasos contra la madera y el azulejo. Conocía cada crujido del piso, cada corriente de aire que se colaba por las ventanas mal selladas, cada olor que emanaba de las tuberías. Mi casa era un mapa tridimensional que vivía en mi cabeza, un mapa que había tardado años en perfeccionar.
Y ella lo destruía en minutos.
Me levanté de la cama. Mis pies descalzos tocaron el suelo frío de madera —fresco, casi húmedo, la calefacción aún no había calentado esa zona— y comencé a caminar. Diez pasos reglamentarios hasta mi baño. Los contaba por reflejo, no porque necesitara hacerlo, sino porque el ritmo me tranquilizaba. Uno, dos, tres —la tabla que crujía—, cuatro, cinco, seis —el borde de la alfombra que siempre se doblaba un poco—, siete, ocho, nueve —el cambio de madera a azulejo bajo mis pies, ese pequeño desnivel que me indicaba que estaba por entrar—, diez.
Entré. Llegué.
Mi lavabo me esperaba. Extendí la mano derecha hacia donde siempre estaba mi cepillo de dientes, colgado en su soporte de ventosa a exactamente treinta centímetros del borde del espejo. La ventosa estaba floja —la sentí ceder un poco bajo mi dedo— pero el cepillo debería estar ahí.
No estaba.
Mi mano tocó el espejo frío, resbaló sobre el vidrio empañado por la humedad de la noche, y encontró el soporte vacío. La ventosa colgaba inútilmente, pegajosa y suelta.
Suspiré.
Tanteé hacia la derecha, donde debería estar la pasta dental. Mi pasta. La que estaba a medio usar, la que tenía el tubo arrugado en el medio porque yo siempre apretaba ahí, la que olía a menta porque la hierbabuena me parecía un insulto al sentido común.
Lo que encontré fue un tubo completamente nuevo. Lo supe por la forma —cilíndrico, firme, sin arrugas ni pliegues— y por el peso. Estaba lleno. Completamente lleno. Y cuando acerqué la nariz para confirmar, el aroma me golpeó como una bofetada.
Hierbabuena.
Hierbabuena.
Ella había comprado hierbabuena. Otra vez. Como si no le hubiera dicho cientos de veces que odiaba la hierbabuena, que prefería la menta, que el sabor de la hierbabuena me recordaba a los jarabes para la tos de cuando era niña, a las noches de fiebre en las que ella me obligaba a tragarme ese líquido verde y espeso que me hacía arcadas.
Dejé el tubo sobre la encimera con más fuerza de la necesaria. El golpe resonó en el baño pequeño, rebotó contra los azulejos, y yo ya estaba de mal humor antes de las nueve de la mañana.
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Te Veo (wenclair)
FanfictionSoy ciega. Lo soy desde hace años. Pero nunca viví en la oscuridad. En cambio viví en una ausencia profunda: ausencia de energía, de fuerza, de motivación y, sobre todo, de amor. Eso cambió cuando la conocí. Yo era ciega y, aun así, la vi. Esta es l...
