Advertencia: Esta historia contiene escenas explícitas de contenido sexual, lenguaje carnal y situaciones de índole adulta. Si eres menor de edad o te incomoda este tipo de material, no continúes leyendo.
Pero si decides quedarte... prepárate para d...
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El aire matutino en lo más profundo del monte Paoz poseía un silencio distinto, más amplio y sereno. En un claro independiente, apartado de la antigua residencia familiar pero rodeado por la misma vegetación exuberante y los picos rocosos, se alzaba una pequeña casa de cúpula blanca y teja roja que Goku había construido para sí mismo.
El sol de la mañana comenzaba a filtrar sus primeros rayos a través de la copa del gran árbol que custodiaba la entrada. Goku, con el torso desnudo y el sudor brilleándole en la piel, completaba su rutina diaria de flexiones sobre el camino de tierra seca.
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Cada elevación era ejecutada con una fuerza impecable, sintiendo cómo los músculos de sus brazos y espalda se tensaban tras años de entrenamiento continuo y el tiempo transcurrido en el otro mundo.
A diferencia de otros tiempos, esta vez no había gritos desde la cocina ni el bullicio de una familia al despertar. Su muerte durante el Torneo de Cell y los años posteriores en el planeta de Kaio-sama habían dejado una huella imborrable. Al regresar a la vida, el marco legal e institucional determinó que su matrimonio con Milk había quedado nulo por su fallecimiento, y ambos tomaron caminos separados.
Milk continuó su vida en la casa principal organizando el hogar, mientras que Gohan y Goten crecían junto a ella, aunque el lazo con su padre permanecía intacto.
De pronto, un silbido tenue en el aire cortó el silencio del valle. Dos ráfagas de viento contundentes sacudieron las copas de los árboles cercanos, haciendo ondear las hojas mientras dos siluetas descendían a gran velocidad desde el cielo.
—¡Papá! —se escuchó la alegre voz de Goten mientras se aproximaba volando hacia la casa.
Goku frenó el movimiento en seco, apoyó las palmas con firmeza y dio un salto ágil para ponerse de pie. Sacudió el polvo de sus pantalones naranjas y levantó la mirada con una sonrisa sincera iluminándole el rostro.
Las sombras de sus hijos se proyectaron sobre la tierra justo antes de que ambos tocaran suelo suavemente, rompiendo la soledad de la montaña para dar inicio a la visita del fin de semana.