Capítulo 1: El legado de una noche de lluvia

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Ciudad Gótica nunca dormía. Simplemente acechaba en las sombras.

Esa noche, una tormenta de proporciones bíblicas azotaba la metrópolis. Las cortinas de agua helada ahogaban sus rascacielos art déco y sus callejones manchados de crimen.

Los truenos retumbaban con una furia que hacía vibrar los cristales, y los relámpagos rasgaban el cielo nocturno como cicatrices eléctricas.

A varios kilómetros de la ciudad, la Mansión Wayne se alzaba imponente, silenciosa y solitaria.

En su interior, el reloj de pie del pasillo principal marcaba las dos de la madrugada con un eco rítmico y solemne.

Alfred Pennyworth caminaba por los largos pasillos. Llevaba una bandeja de plata con una taza de té Earl Grey humeante, toallas limpias y un botiquín de primeros auxilios.

Era su rutina habitual a estas horas.

Esperar a que el Amo Bruce regresara de su cruzada nocturna, remendar sus heridas físicas y, en la medida de lo posible, intentar aliviar las heridas de su alma.

Justo cuando Alfred se disponía a dirigirse hacia la entrada secreta del reloj, un sonido agudo rompió el silencio de la mansión.

El timbre de la puerta principal.

Alfred se detuvo en seco, arqueando una ceja poblada. A las dos de la mañana, en medio de una tormenta torrencial, las visitas no solo eran inusuales; eran motivo de alarma.

Su postura se tensó ligeramente.

Dejando la bandeja sobre una mesa auxiliar, Alfred caminó hacia la entrada. Miró a través de la mirilla de la inmensa puerta de roble, pero solo vio la oscuridad y la lluvia implacable.

Abrió la puerta con cautela, apenas unos centímetros al principio. Un viento helado se coló en el recibidor, agitando las solapas de su impecable traje.

No había nadie a la altura de sus ojos.

—¿Hola? —llamó Alfred, alzando la voz por encima del estruendo de la lluvia.

Un relámpago iluminó el exterior en ese preciso instante.

En la fracción de segundo que duró el destello, los agudos ojos de Alfred captaron el movimiento de una figura encapuchada. Un hombre envuelto en un impermeable oscuro corría a toda velocidad hacia los imponentes portones de la propiedad, perdiéndose rápidamente entre la neblina.

Alfred frunció el ceño, a punto de cerrar la puerta para activar los protocolos de seguridad, cuando un pequeño sonido llamó su atención.

No era el viento. No era la lluvia.

Era un balbuceo. Un sonido suave, rítmico y sorprendentemente alegre.

El mayordomo bajó la mirada.

Allí, en el último escalón del pórtico, protegido por el voladizo del techo, había una cesta de mimbre cubierta con una gruesa manta de lana azul.

El corazón de Alfred dio un vuelco. Se arrodilló rápidamente, ignorando el agua que empapaba los pantalones de su traje, y apartó un poco la manta con manos temblorosas.

Lo que vio lo dejó sin aliento por un momento.

Un bebé.

Un niño pequeño, de apenas unas cuantas semanas de nacido, estaba acurrucado dentro de la cesta.

Tenía un mechón de cabello castaño, increíblemente desordenado y rebelde, que se pegaba a su frente. Pero lo que más sorprendió al anciano mayordomo fueron sus ojos.

Jaden Wayne: El Rey Supremo de DCHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora