Capítulo 1

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Lluvia sobre los escombros

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Lluvia sobre los escombros

La lluvia caía implacable sobre el aeropuerto militar, como si el cielo también llorara a los que no volvieron. Momo bajó del avión con dificultad, su brazo izquierdo inmovilizado con un yeso improvisado que alguna vez fue vendaje de camuflaje y tela rasgada de uniformes que ya no pertenecían a nadie. La cicatriz sobre su ojo derecho palpitaba con cada gota que la tocaba, un recordatorio constante de los cinco años que la jungla le había arrebatado.

De los doscientos militares que abordaron aquel avión, solo ocho regresaban. Ocho historias rotas, ocho cuerpos marcados, ocho milagros que se sentían más como maldiciones.

Momo no esperó ninguna ceremonia. No quería honores ni medallas. Solo quería llegar a casa.

-¿Segura que no quiere ir al hospital primero? -preguntó el soldado que la acompañaba, un joven que apenas levantaba la vista del suelo.

-Quiero ver a mi familia -respondió Momo, su voz ronca por el desuso y la humedad.

El viaje hasta su barrio fue silencioso. Las calles le resultaban extrañas, como si el mundo hubiera seguido girando sin permiso mientras ella estaba atrapada en el infierno verde. Cinco años. Cinco años escribiendo cartas que nunca llegaron, cinco años aferrándose al recuerdo de Nayeon, de su sonrisa, de la promesa que se hicieron antes de que todo se derrumbara.

"Te esperaré. No importa cuánto tiempo. Te esperaré."

Esas palabras habían sido su combustible, su razón para no rendirse cuando la fiebre casi se la llevó, cuando el hambre la hizo delirar, cuando vio morir a compañeros uno por uno.

La casa de los Hirai seguía igual. El mismo jardín descuidado que su madre nunca dejaba de prometer arreglar, la misma reja de hierro forjado, las mismas luces cálidas filtrándose por las ventanas. Momo sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

Escuchó risas adentro. Voces alegres. Sonrió.

Van a volverse locos cuando me vean.

Llamó al timbre. Una vez. Dos veces. A la tercera, la puerta se abrió y ahí estaba la señora Kang, la cocinera que había trabajado para su familia desde antes de que Momo naciera.

-¿Momo...? -la mujer palideció, sus manos temblorosas aferrándose al marco de la puerta.

-Señora Kang -Momo la abrazó con su brazo bueno, ignorando el dolor-. ¿Dónde están todos? ¿Mis padres? ¿Sana? ¿Nayeon?

La mujer abrió la boca, la cerró, y algo en sus ojos hizo que el estómago de Momo se retorciera.

-Están... están en la sala. Todos están en la sala.

Momo entró. El calor del hogar la envolvió, el olor a comida casera, a leña quemándose en la chimenea. Caminó hacia la sala con el corazón en la garganta, imaginando las caras de sorpresa, los gritos de alegría, los abrazos que la harían sentir que por fin, por fin, estaba en casa.

Abrió la puerta.

Y el mundo se detuvo.

Su hermana Sana estaba de pie
en el centro de la sala, su mano entrelazada con otra. La otra mano pertenecía a Nayeon. Su Nayeon. El amor de su vida. La mujer por la que había sobrevivido.

Nayeon tenía las manos sobre su vientre. Un vientre redondo, inconfundible. Y una sonrisa radiante iluminaba su rostro mientras decía algo que Momo no pudo procesar.

-...y por eso, en nuestra luna de miel, decidimos que era el momento. ¡Vamos a tener un bebé!

El beso que siguió entre Sana y Nayeon fue como una bala atravesando el pecho de Momo.

Alrededor de ellas, todos celebraban. Miyeon aplaudía, Taehyung levantaba una copa, Bambam gritaba de emoción. Jennie, Jihyo, Mingyu, Jeongyeon, Bangchan, Jisoo, Rosé... todos los amigos que Momo recordaba, todos sonriendo, todos felices.

Los señores Hirai estaban abrazados, llorando de alegría.

Y luego, Jungkook salió del baño.

-Momo... -su voz fue apenas un susurro, pero en el silencio que siguió, sonó como un trueno.

Todos se giraron.

La felicidad se desvaneció como cenizas al viento.

Momo estaba de pie en el marco de la puerta, empapada, con su traje negro raído, el brazo enyesado, la cicatriz palpitando sobre su ojo. Parecía un fantasma. Un fantasma que había vuelto del infierno para descubrir que nadie la había esperado.

-Momo -su madre dio un paso adelante, las manos extendidas-. Momo, hija...

-Nos dijeron que estabas muerta -su padre tenía los ojos desorbitados-. Nos dijeron... nos dijeron que el avión... que todos...

Sana se había quedado blanca como el papel. Nayeon miraba a Momo como si estuviera viendo a un espectro, sus manos instintivamente protegiendo su vientre.

-Momo, yo... -Nayeon tartamudeó-. Nosotros pensamos... todos dijeron que...

Momo las miró. A su hermana. A su novia. A la mujer que le había prometido amor eterno, ahora casada con su propia hermana, esperando un hijo que debería haber sido de ambas.

"Te esperaré."

Mentira.

Todo había sido una mentira.

Momo sintió cómo algo dentro de ella se rompía. No era el corazón, eso ya estaba destrozado. Era algo más profundo. Su alma, quizás. O lo que quedaba de ella.

-Me... -su voz salió quebrada, como vidrio arrastrándose-. Me equivoqué de lugar.

Se giró. Caminó hacia la puerta. Escuchó voces llamándola, pasos apresurados, pero no se detuvo.

-¡Momo, espera! -era la voz de Sana, rota, desesperada-. ¡Por favor, déjame explicarte!

-¡Momo! -Nayeon también la llamaba-. ¡Momo, por favor!

Salió a la lluvia. El agua fría golpeó su rostro, mezclándose con las lágrimas que finalmente se liberaron. Caminó sin rumbo, sin dirección, solo alejándose de esa casa que ya no era su hogar.

-¡Momo!

Una mano la agarró del brazo bueno. Era Yuta, su mejor amigo, también con el uniforme raído, también marcado por la jungla. Él había estado esperando afuera, en el auto que los había traído.

-¿Qué pasó? -preguntó, sus ojos oscuros llenos de confusión-. ¿Por qué estás llorando? ¿Qué pasó adentro?

Momo no pudo responder. Solo se derrumbó contra su pecho, sollozando, mientras la lluvia caía sobre ambos como un diluvio bíblico.

Detrás de ellos, la puerta de la casa se abrió de golpe. Todos salieron, empapándose, gritando su nombre.

-¡Momo! ¡Momo, espera!

-¡Hija, por favor!

-¡Momo, tenemos que hablar!

Pero Momo no podía mirarlos. No podía ver a Nayeon con las manos sobre su vientre. No podía ver a Sana llorando. No podía ver a sus padres, que la habían dado por muerta.

Cinco años.

Cinco años sobreviviendo en el infierno para volver a un paraíso que ya no le pertenecía.

-Llévame lejos de aquí -susurró Momo contra el pecho de Yuta-. Por favor. Llévame a cualquier lugar que no sea aquí.

Yuta la sostuvo con fuerza, mirando a la multitud que se acercaba, sin entender nada pero sabiendo que algo terrible había sucedido.

La lluvia seguía cayendo, implacable, lavando la sangre, las lágrimas, los sueños rotos.

Y en medio de todo, Momo Hirai, de veintinueve años, superviviente de doscientos, se dio cuenta de que había sobrevivido a la jungla solo para morir en casa.

Rosa y Espinas Marchitas Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora