A las siete y doce de la mañana, para ser exactos, yo ya había abierto quince correos y cada una de ellas, con una redacción más eterna que la Santa Biblia.
A las siete y cuarenta había leído treinta y ocho correos.
A las siete y cincuenta había respondido nueve.
A las ocho y diez había decidido que odiaba los lunes.
No porque fueran lunes (un poco sí).
Sino, más bien, porque los lunes siempre me recordaban que había demasiadas cosas que hacer y que, de alguna manera, siempre había algo (o alguien) dispuesto a agregar una más a la interminable lista.
—¿Hay que mover la reunión de las ocho y veinte? —preguntó alguien desde el otro lado de la oficina. Mi joven, adorable e ingenua asistente: Louisa May Alcott.
Aunque le tenía un especial cariño, no levanté la vista de la pantalla.
—No.
—Pero...
—Dije que no, Louisa.
—Es importante. El representante de Experiencias y Proyectos Especiales ha tenido un retraso y no podrá venir a la hora pactada.
—Todo es importante hasta que tengo que decidir qué es realmente urgente.
Se hizo silencio. Uno cargado de tensión por parte de Louisa. No necesitaba levantar la vista hacia ella para saber que había sonado desagradable.
Seguí redactando correos como si la situación no me afectara. Aunque, para ser sincera, mi entrecejo se frunció ligeramente por el disgusto.
El nuevo representante...
No lo conocía aún y ya me daba mala espina.
Lo sabía.
También sabía que, probablemente, la reunión sí podía moverse.
Y sabía algo peor: que no quería moverla.
Tenía el café enfriándose al lado de la computadora, tres documentos abiertos, el presupuesto de la campaña internacional esperando una revisión y una presentación que, si todo salía bien, iba a definir los próximos dos años de crecimiento de la división de marketing.
No podía permitirme improvisar.
Improvisar era una palabra bonita para describir el momento exacto en que algo empezaba a salir mal.
Yo nunca improvisaba.
Yo prevenía.
Organizaba.
Anticipaba.
Corregía.
A veces tenía la sensación de que, si dejaba de hacer cualquiera de esas cuatro cosas durante más de diez minutos, el mundo iba a encontrar una manera de caerse encima de mí de un sopetón.
No sabía si era delirio o inteligencia.
Un poco de ambas, tal vez.
Miré la hora.
Ocho con quince minutos. Todavía tenía que llamar a la escuela.
Mi hijo, Isaac, había tenido un cambio de rutina esa semana y quería asegurarme de que la niñera que iba a buscarlo por la tarde estuviera al tanto.
Abrí el calendario.
Revisé dos veces.
Tres.
Resoplé al ver que la hora pasaba y mis deberes se volvían cada vez más urgentes. Pensé durante menos de cinco milésimas de segundo y saqué la conclusión de que la llamada podía esperar hasta las ocho y media.
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The choice
RomanceLalisa y Jungkook. Dos mundos unidos por negocios, ambición y una atracción que ninguno de los dos puede permitirse. Entre decisiones, secretos y riesgos, tendrán que descubrir qué están dispuestos a perder para elegir lo que realmente quieren.
