CAPITULO 1

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Eva abrió los ojos lentamente.

La luz que entraba por la ventana era tenue, filtrada por las cortinas de tela gruesa que Maeve había colgado.

Olía a té recién hecho, a madera y a algo más. Algo que no sabía nombrar.

Parpadeó un par de veces, dejando que sus ojos se adaptaran. El techo de vigas oscuras, las paredes de madera, el crepitar suave del fuego en la chimenea.

Y una mano sobre la suya.

Giró la cabeza, y allí estaba él.

Paul seguía sentado en la misma silla, con el cuerpo inclinado hacia adelante y la cabeza apoyada sobre el brazo libre. Sus ojos estaban cerrados, y su respiración era lenta y profunda. Se había quedado dormido.

Eva lo observó en silencio.

—Es muy...atractivo.

No había visto a un hombre de cerca desde hacía muchos años. Y menos a uno que la mirara como si ella fuera lo único que importaba en el mundo.

Su mano seguía sobre la de ella. No la había soltado en toda la noche. Eva sintió algo cálido en el pecho, algo que había sentido antes, hacía mucho tiempo, pero que había enterrado tan profundo que creía haberlo olvidado.

Cerró los ojos un momento, y luego volvió a abrirlos.

—Paul —dijo, con voz suave—. Ahora eres mío.

Él no se movió.

—Paul —repitió, un poco más fuerte—. Despierta.

Paul parpadeó, confundido. Luego, al verla despierta, se incorporó de golpe, casi cayéndose de la silla.

—¡Eva! Estás despierta. ¿Cómo te sientes? ¿Necesitas algo? ¿Quieres que llame a Maeve? ¿Te duele algo?

Eva soltó una risa baja, ronca por el sueño.

—Cuantas preguntas.

—Lo siento. Es que... —Paul se pasó una mano por el cabello, claramente nervioso—. Me quedé dormido. No debí hacerlo. Se supone que debía cuidarte.

—Me cuidaste. —Eva miró su mano, todavía sobre la de ella—. No me soltaste.

Paul siguió su mirada, y al darse cuenta de que aún la sostenía, se sonrojó y retiró la mano como si le quemara.

—Lo siento, no fue mi intención. Bueno, sí fue mi intención, pero no... no de esa forma. Es que... no podía soltarte. No sé por qué. Es como si algo me lo impidiera.

Eva lo miró con una sonrisa divertida.

—¿Algo te lo impide?

—Sí. No sé cómo explicarlo. Es como si... —Paul se pasó una mano por la nuca, claramente incómodo—. Es como si mi cuerpo supiera que tienes que estar bien. Que no puedo dejarte sola.

—Eso es muy bonito.

—¿Bonito? —Paul la miró, sorprendido—. ¿No te da miedo?

—¿Por qué me daría miedo?

—Porque no me conoces bien...

—No, pero nos vamos a conocer.

—Si, conocernos suena excelente pero...

Eva se incorporó lentamente, con cuidado de no forzar su cola. Aún dolía, pero el dolor era soportable. Mucho más que antes.

—Paul —dijo, y su voz era más suave ahora—. He conocido a muchos humanos. He visto muchas cosas. Pero nunca había sentido algo así.

—¿Cómo?

—Como si alguien me viera de verdad. Sin miedo. Sin querer hacerme daño.

Paul la miró, y en sus ojos había una mezcla de ternura y confusión.

—No quiero hacerte daño —dijo—. Nunca.

—Lo sé.

Se quedaron en silencio un momento. El fuego crepitaba, y el mar cantaba en la distancia.

—Tengo hambre —dijo Eva, rompiendo el silencio.

Paul parpadeó.

—¿Hambre? ¿De qué?

—No sé. De lo que comen los humanos.

—Ah. Maeve hizo sopa. ¿Quieres que te traiga?

—Sí, por favor.

Paul se levantó, pero antes de irse, se giró hacia ella.

—¿Estarás bien sola?

—Estaré bien. Pero vuelve pronto.

Paul asintió, y salió de la habitación.

Eva se recostó de nuevo, con una sonrisa en los labios, ansiaba que él regresara, no quería que Paul estuviera lejos.

No sabía qué estaba pasando exactamente. No sabía por qué aquel hombre le hacía sentir cosas que había olvidado. Pero por primera vez en mucho tiempo, no quería que se fuera lejos.

Maeve regresó mientras Paul le servía sopa personalmente en un plato hondo. Traía una manta mojada.

—¿Cómo te sientes?

—Mejor, gracias por ayudarme y por darme un refugio.

Maeve extendió la manta mojada sobre su cola con cuidado.

—Creo que cuando tu cola deje de doler por completo, podrías intentar cambiar...

Eva asintió.

—Sabes cómo hacer, ¿verdad?

—Sí, no es la primera vez que estoy en tierra.

Maeve asintió más tranquila.

—Lo imaginé, hablas con más fluidez que Dennia cuando llegó aquí.

—¿Eres la matriarca o algo así?

Maeve negó cansada.

—No, soy la abuela de Amara, pero a ella y a Dennia las veo como a mis propias hijas, y ahora también tú lo eres.

Eva sintió algo cálido en el pecho, sintió que después de mucho tiempo nadando sola, tendría un lugar al que podría llamar un hogar, un refugio...

Algo permanente que siempre estará ahí para ella.

—Gracias, madre...

—No soy tan formal hija, llámame Maeve o nana, así me llama Amara. Ahora trata de descansar y comer.

Maeve no dijo más, se retiró con ese paso cansado tan propio de ella mientras Paul regresaba con paso lento para no derramar la sopa caliente.

—Ya estoy aquí —anunció sin apartar los ojos del plato—. Está caliente.

Eva sonrió, sintió una punzada en el pecho, algo muy parecido al alivio al verlo regresar.

—Gracias.

—¿Y esa manta?

—Nana Maeve me la puso. No sabía que la necesitaba pero se siente bien.

—Que bueno, te ayudo a sentarte.

Paul dejó el plato en la pequeña mesita de madera y ayudó a Eva a sentarse con cuidado, se sentía nervioso.

Como si ayudarla a sentarse sin hacerla sufrir fuera una misión de vida o muerte.

—Gracias Paul.

Él se sentó de nuevo en aquella silla donde había pasado la noche entera. Tomó el plato y un poco de sopa en la cuchara acercándolo a ella.

—¿Tú me vas a alimentar?

—Sí —respondió como si fuera lo más obvio del mundo—. ¿Te molesta?

—No, me gusta. Demasiado.

Paul sonrió, esa día ayudó a alimentarla, a mojar aquella manta para que se sintiera mejor, no hablaba mucho de alguna manera la mirada de Eva lo ponía nervioso.

Algo que no imaginó jamás sentir frente a una mujer.

El Deseo Del Mar |Paul Lahote|Stories to obsess over. Discover now