Cuento

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Los grillos cantaban para acompañar la calidez de la noche y el rocío, como una suave caricia, caía sobre el rostro de Nazareno. La oscuridad que había alrededor lo ayudaba a mantener la calma. Le daba la seguridad del anonimato y de soledad que buscaba en ese momento, dado que estaba convencido de la decisión que había tomado. En realidad, hacía mucho ya lo tenía en mente, por ende ese era el día y el momento. En el cual el coraje, que le faltó antes, se le había hecho presente, o al menos así quería convencerse para mantenerse sereno. Su corazón estaba tranquilo y latía al compás pausado de su respiración, totalmente alejado al galope de caballo, el que ya había experimentado en otras ocasiones el las cuales el valor había decidido retirarse. Sentía paz consigo mismo.

La madrugada estaba adormilada, al igual que él. Miró su celular para ver la hora. La pequeña pantalla amarillenta le devolvió la "2:15 min". Faltaban unos cuantos minutos largos aún para que pasara el tren, pero tenía la intención de quedarse dormido para esperar su propio final. Cerró los ojos y volvió a acomodar la cabeza en la vía. Estaba fría y el durmiente sobre el que se había recostado era bastante incómodo. Pero entraba bastante bien sobre el, gracias a su cuerpo delgado.

-No se que es más patético, -escuchó de golpe decir a alguien y abrió los ojos mientras se ponía en alerta -¿Terminar con mi vida en las vías del tren o ver que alguien ya me ganó el lugar?

Nazareno no supo que responder. Se quedó helado mientras miraba a aquel hombre, el cual estaba de pie solo a unos pasos de él. Lo miraba fijamente, gracias a la poca luz que alcanzaba al intruso, llegó a ver que tenía una sonrisa burlona y pícara, la cual había acompañado a la perfección esas palabras. El desconocido se acercó sin prisa y se acomodó a su lado, para tomar la misma posición que antes él mismo había elegido. Ahora se encontraba sentado, sin saber si terminar de incorporarse e irse o lograr correr al intruso que se le había presentado.

-Vos, pará ¿qué haces? -Estaba atónito, no se había imaginado algo así ni en las mil situaciones que pensó para ese momento. -Tómatelas, ché!!!

-¿Qué, estás loco, vos? Bueno en realidad muy sano no estás, ché. -el muchacho sacó un cigarrillo y lo prendió, el fuego iluminó su rostro -Lo digo bien, lo digo. No te ofendas, estoy seguro que estamos acá para lo mismo. ¿Querés un pucho, vos?

-No, no fumo ¿Te podés ir? Llegué primero. -comenzaba a impacientarse.

-¿Qué sos el dueño de las vías, vos? -guardó la cajita y el encendedor en el interior de su campera, con suma paciencia -Lo bien que haces en no fumar, esto te mata - volvió a usar el tono irónico que ya lo había colmado en ese poco tiempo.

-Sos un boludo, vos. -no disimuló el hastío en sus palabras.

-Ja, ¡Miren quién habla! Me llamo Lázaro. -le extendió la mano, pero él solo la ignoró -Bueno, en otra circunstancias te diría que es un placer conocerte.

Lázaro puso la mano bajo su cabeza y siguió llevándose el cigarrillo a los labios. Nazareno lo miraba de reojo, como daba pitadas largas y suaves, el humo ascendía de la misma manera serena.

-Tsk. Si no me queda otra. -Dijo entre dientes mientras tomaba su posición anterior -Soy Nazareno y no, nunca nos hubiéramos conocido en otras circunstancias.

-No lo sé, che, quién sabe. Capaz nos cruzábamos en alguna plaza, en...

-Lo dudo, no salgo -lo interrumpió de golpe y con el mismo tono de hartazgo que no quería disimular.

-Vos no sos muy simpático que digamos ¿No?

-Quería tranquilidad y paz, ambas cosas ya desaparecieron. Solo... -no llegó a completar la frase.

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