Shameless

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Un recuerdo... eso lo único que una persona necesita para que su día se arruine.

Ese es el caso de Ivette, quien, en una mañana cualquiera, de un día cualquiera, se queda viendo fijamente a uno de sus zapatos acomodado de forma paralela al costado de su cama.

Ivette recuerda vívidamente esa temporada; esos malditos meses, los recuerda porque su vida se tornó solitaria y vacía. 

No hubo drama, ningún indicio; un día su padre, un hombre que  recientemente cumplía 51 años murió. 

"Infarto fulminante"  los doctores explicaron. Pensarlo le carcomía la mente a Ivette, pero, a diferencia de muchas otras personas en el mundo; ella lo entendía, su carrera la había preparado para dar esas noticias.

Pero nada te prepara para recibirlas.

Aunque le dolió enterarse de la noticia (y aún sigue), Ivette se puede reconfortar en las siguientes palabras "no sufrió". 

Cada vez que ella recuerda la cruel  frialdad de la voz del doctor se horroriza, una pulsación recorre su espina dorsal hasta implantarse en su cerebro. "A él no le dolió...pero".-

Pero la muerte no es así de fácil. 

Como comprenderás, si es que has perdido a alguien; muchas veces se exhala por última vez no pensando en si mismo, ni en el futuro, ni en el pasado. 

Se rumora que en el lecho de muerte se piensa en los demás; morir no preocupa a la persona, se acepta a regañadientes, lo que realmente preocupa es "¿Y qué harán sin mi?"-

- Durante semanas, la familia de Ivette; madre y hermano mayor, se hicieron la misma pregunta colectivamente "¿Por qué a él?". 

No existe respuesta. 

Todos se convencía a su manera, el hermano de Ivette cargó con responsabilidades que no se le habían ofrecido, pensó que era su obligación. se encargaba de hacer llamadas, cobrar seguros de vida, realizar tramites. 

Al final de cuentas, él era el hombre de la casa ¿No? No tenía tiempo de dejarse sentir la pérdida, le había prometido desde hace mucho tiempo a su padre que él cuidaría de la familia cuando no estuviera.

Ivette, por su parte, afrontaba la perdida de manera bastante sistemática.

En la mañana pasaba a saludar a su mamá, quien devastada no comía, dormía o salía de su habitación. Ivette entendía que para ella no sería especialmente fácil. 

El segundo paso de su día a día era alistarse para su trabajo; como enfermera recién graduada tenía que dar una impresión de pulcritud y rectitud ¿Cierto? Después de todo, ella entendía que el doctor y su frío tono de voz no era más que una rutina, al igual que todos los demás doctores del mundo.

Ivette tomaba voluntariamente el turno más largo y agotador de la jornada.

Era su forma de distraerse, en ocasiones se escapaba al baño a llorar; pero con muchas precauciones. Su blanco uniforme debía estar impoluto.

Estaba prohibido presentar el más mínimo ápice de su maquillaje corrido mezclado con llanto. Con los días, Ivette se volvió una experta en lamentarse en silencio; sin marcas ni registros.

Rutinariamente el final del día era igual. Ivette llegaba a su casa, abría la puerta de la habitación de sus padres y saludaba a su mamá, quien yacía tendida en la cama.

En la cocina estaba servida la cena, producto de... ¿Quién sabe? Su hermano llegaba hasta tarde y su madre no dejaba rastros si se levantaba de la cama. 

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