Dean abrió los ojos.
No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente.
Lo primero que sintió fue dolor.
Todo su cuerpo parecía pesar una tonelada.
Intentó moverse.
Nada.
Dean:
—Ah...
Respiró profundamente y abrió los ojos.
El cielo era gris.
No había humo.
No había fuego.
No había edificios destruyéndose.
Pero tampoco había vida.
Dean se incorporó lentamente.
Dean:
—¿Sam?
Silencio.
Dean miró alrededor.
Estaba en medio de una carretera.
Había automóviles abandonados por todas partes. Algunos estaban completamente destruidos. Otros parecían haber sido abandonados durante años.
A unos metros había casas.
O lo que quedaba de ellas.
Una estaba completamente derrumbada.
Otra tenía las ventanas rotas y parte del techo desaparecido.
Dean se puso de pie.
Dean:
—¿Sam?
Nada.
Dean miró hacia su alrededor.
Dean:
—¿Gabriel?
Nada.
Dean:
—¿Castiel?
Nada.
Su expresión cambió.
Dean:
—Mierda.
Comenzó a caminar.
Entonces escuchó un ruido.
Dean levantó inmediatamente su arma.
Dean:
—Sal.
No ocurrió nada.
Dean apuntó hacia un montón de escombros.
Dean:
—No estoy de humor.
Una mano salió de entre los restos.
Dean retrocedió.
Dean:
—¡Mierda!
La persona comenzó a moverse.
Dean mantuvo el arma apuntando.
Dean:
—¿Quién eres?
El hombre se giró.
Dean bajó el arma.
Dean:
—Caleb.
Caleb abrió los ojos lentamente.
Caleb:
—Dean...
Dean:
—¿Estás bien?
Caleb:
—He estado mejor.
Dean lo ayudó a levantarse.
Caleb miró alrededor.
Caleb:
—¿Dónde estamos?
Dean:
—No lo sé.
Caleb observó los edificios destruidos.
