Prólogo

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Prólogo

POV Santana

Levanté la copa hasta mis labios y bebí un largo trago de vino mientras fingía escuchar la conversación que Rachel y Kurt mantenían frente a mí.

No tenía la menor idea de qué estaban hablando. Algo relacionado con Broadway, un director insufrible y una actriz que, según Rachel, carecía de la profundidad emocional necesaria para interpretar a una mujer abandonada. Kurt asentía con expresión solemne, como si estuvieran analizando un asunto de seguridad nacional y no una obra que yo jamás tendría intención de ver.

—Lo que le falta es presencia —declaró Rachel con esa solemnidad exagerada que reservaba para cualquier cosa relacionada con Broadway—. Puedes tener una gran voz, pero si el público no siente que estás sufriendo...

Dejé de escuchar otra vez.

Recorrí con la mirada el salón decorado con globos rojos y negros, fotografías antiguas y una cantidad innecesaria de pancartas con el escudo de McKinley. Todo parecía exactamente igual y, al mismo tiempo, ligeramente más pequeño de lo que recordaba.

El lugar olía a ponche barato, perfume y malas decisiones adolescentes.

Definitivamente no debí aceptar la invitación.

Quinn tenía la culpa. Quinn y su capacidad irritante para insistir sin levantar jamás la voz.

Será divertido, me había prometido.

Solo iremos un rato.

No puedes pasar el resto de tu vida fingiendo que Lima dejó de existir.

Claro que podía. Y pensaba hacerlo.

Tenía una vida en Nueva York, una carrera por comenzar y asuntos mucho más importantes que escuchar a mis antiguos compañeros exagerar sus logros mientras bebían alcohol mediocre en el mismo lugar donde todos habíamos sufrido la peor etapa de nuestras vidas.

Pero Quinn había insistido durante semanas. Primero con mensajes. Después con llamadas. Finalmente, había aparecido en mi apartamento con los boletos comprados y esa mirada tranquila que siempre utilizaba cuando ya había tomado una decisión por ambas.

Y yo, contra todo sentido común, había cedido.

Ahora Quinn conversaba al otro lado del salón con Mercedes y Tina, completamente ajena al hecho de que planeaba asesinarla en cuanto encontrara una forma de hacerlo sin perjudicar mi futuro profesional.

—¿No estás de acuerdo, Santana? —preguntó Kurt. Su voz cortó de golpe el agradable silencio que había conseguido fabricar dentro de mi cabeza.

Volví la mirada hacia él.

—Por supuesto —respondí sin tener la menor idea de qué estaba aprobando.

Rachel frunció el ceño.

—Acabo de decir que debería rechazar el papel —aclaró Rachel lentamente.

—Y yo estoy de acuerdo con que hagas lo que sea necesario para dejar de hablar de ello —repliqué con una sonrisa tan dulce que no engañó a ninguno de los dos.

Kurt ocultó una sonrisa detrás de su copa. Rachel abrió la boca, seguramente preparada para ofrecer otro monólogo sobre la importancia de su dilema, pero me adelanté.

—Además, no pienso quedarme mucho tiempo —anuncié antes de que Rachel pudiera recuperar el aliento.

—Acabas de llegar —señaló Kurt con una paciencia que ya empezaba a resultarme sospechosa.

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