Let's Ride!

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Lee Minho vivía en el piso más alto de un edificio de cristal en Gangnam. Desde su ventana se veía la ciudad como si fuera un tablero de lujo: limpia, ordenada, predecible. Tenía veintitrés años y una existencia que cualquier extraño habría envidiado sin dudar. Desayunos preparados por el personal, ropa que llegaba en cajas blancas sin etiqueta de precio, un Lamborghini Veneno Roaster que apenas usaba porque siempre había un chofer disponible. Estudiaba administración de empresas en una universidad privada donde el apellido pesaba más que las calificaciones, aunque él, por orgullo propio, se aseguraba de estar siempre entre los primeros.

Su madre lo llamaba cada domingo por la noche desde el salón principal de la casa familiar. La conversación era siempre la misma: cómo iba la universidad, si había pensado en hacer una pasantía en la empresa de su padre, si ya había considerado "conocer a alguien adecuada". Minho respondía con la misma voz educada de siempre. Sonreía cuando correspondía. Colgaba. Y luego se quedaba mirando el techo del apartamento en silencio.

No era que odiara su vida. Simplemente... no la sentía. Todo estaba demasiado limpio. Demasiado controlado. Incluso sus salidas nocturnas eran calculadas: bares exclusivos, mesas reservadas, copas que costaban lo que otros ganaban en una semana. La gente a su alrededor hablaba de inversiones, de viajes a Europa, de compromisos futuros. Nadie hablaba de nada que realmente importara.

Sus amigos eran pocos y cuidadosamente elegidos.

Jeongin era el más cercano. Se conocían desde la preparatoria, cuando Minho todavía creía que la amistad se medía en la cantidad de secretos que uno estaba dispuesto a guardar. Jeongin era el único que podía llegar a su departamento a las tres de la mañana sin avisar, tirarse en el sofá y decirle sin rodeos que se estaba volviendo un puto aburrido. Últimamente, eso ocurría con más frecuencia. Jeongin había empezado a salir con Hyunjin, un chico del departamento de artes que siempre olía a pintura y a perfume caro, y desde entonces su mundo se había vuelto un poco más caótico. Minho fingía molestarse cuando los encontraba besándose en su cocina, pero en realidad le gustaba verlos. Le recordaban que existía algo más que la rutina.

Felix llegó después, a través de Jeongin. Un australiano de sonrisa demasiado brillante y energía que no parecía agotarse nunca. Al principio Minho lo encontró agotador. Después descubrió que Felix era de los pocos que no le importaba su apellido. Lo trataba como a cualquiera. Y eso, en el mundo de Minho, era casi un lujo.

Fue Felix quien, una noche de jueves, mientras Minho revisaba correos de la universidad con una copa de vino tinto en la mano, le mandó un mensaje:

Felix: ven no seas aburrido changbin compite esta noche y quiero que veas algo de verdad por una vez en tu vida

Minho miró el mensaje durante casi un minuto. Luego miró alrededor de su departamento: las luces cálidas, el silencio perfecto, la vida que nunca se salía del margen.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió curiosidad.

Felix lo recogió puntual, como siempre. El Honda Civic Type R negro no era suyo —Minho lo supo en cuanto vio los rines personalizados y la discreta calcomanía de un taller de modificaciones en el parachoques trasero—. Al volante iba Changbin. Minho lo había visto un par de veces antes, siempre de lejos: el novio de Felix, el tipo de brazos gruesos y voz grave que parecía sacado de otro mundo. Esa noche llevaba una camiseta negra sin mangas que dejaba a la vista los tatuajes de los nudillos y una cadena plateada brillando contra la piel. Cuando Minho se subió al asiento del copiloto, Changbin apenas giró la cabeza.

—El rico —dijo, sin burla, solo comprobación—. No te marees.

—Intentaré controlarme —respondió Minho, seco.

Let's Ride! | Minsung One ShotStories to obsess over. Discover now