Tras años de paz.
El dios Degas despierta y juzga a la humanidad.
Primero atacando la Tierra y después secuestrando a Athena.
Para después, Seiya y los caballeros en medio de la guerra y del juicio, deberán decidir hasta dónde estarán dispuest...
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Parte I: La Calma en el Templo de la Esperanza
El Templo de la Esperanza se alzaba sobre el Santuario como un recordatorio eterno de que la paz, aunque frágil, era el bien más preciado por el que los hombres y los dioses debían velar. En los jardines donde solían resonar las advertencias del viento y el crujir de las antiguas piedras, la mañana transcurría con una serenidad inusual. Los once meses de tregua que habían seguido a las últimas grandes guerras no habían borrado del todo las cicatrices de la tierra, pero al menos habían permitido que el aire dejara de oler a ceniza.
Saori Kido —quien en lo más hondo de su ser portaba la carga inextinguible de ser la reencarnación de Athena— caminaba despacio por los corredores de mármol blanco. Su túnica liviana se arrastraba con suavidad, y en su mirada residía esa melancolía silenciosa de quien sabe que la quietud actual es solo el preludio de algo inevitable. Desde su puesto, ella cargaba con el peso de haber defendido solas demasiado frentes en su juventud, un hábito solitario que su corazón mortal y divino aún intentaba desaprender.
A pocos metros de allí, en el patio de entrenamiento donde las columnas dóricas proyectaban sombras alargadas bajo el sol de la mañana, Seiya de Pegaso golpeaba el aire con la furia contenida de un huérfano impulsivo que jamás aprendió a estar quieto. Sus nudillos estaban enrojecidos, no por el frío, sino por la repetición incesante de un puñetazo que buscaba adelantarse a un destino que su instinto ya presagiaba oscuro.
—Golpeas con demasiada prisa, Seiya —dijo una voz firme y familiar desde la arcada—. El cosmos no responde al apuro, sino a la voluntad.
Marin del Águila apareció con su máscara plateada brillando bajo la luz matutina. Sus brazos cruzados sobre el peto de su armadura denotaban la disciplina de los años pasados enseñándole al joven de Pegaso que el valor sin cabeza no era más que un suicidio lento.
Seiya detuvo su movimiento, exhalando un suspiro denso que se condensaba levemente en el aire fresco.
—No hay tiempo para la paciencia, Marin —replicó él, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano y mirando de reojo hacia el balcón donde Saori conversaba con Shun de Andrómeda—. Siento que algo se está quebrando allá afuera. El mundo está demasiado silencioso.
Shun, que se había acercado sin hacer ruido portando una bandeja con rollos de pergamino, sonrió con una amabilidad que parecía desentonar con la dureza del lugar. Para Shun, la batalla siempre había sido un último recurso doloroso; su alma aborrecía la violencia, pero su lealtad hacia su diosa y hacia sus hermanos de armas era tan inquebrantable como el acero de su cadena.
—La paz siempre parece frágil cuando se le mira demasiado de cerca, Seiya —murmuró Shun, acomodándose las hombreras de su ropaje—. Disfrutemos de estos días mientras el viento siga soplando a nuestro favor.
Parte II: Las Sombras sobre la Ciudad de Rodorio
Mientras tanto, en las faldas del monte que custodiaba el acceso al Santuario, la apacible ciudad de Rodorio despertaba a su rutina comercial. Los mercados Bullente de ánforas de aceite, telas de lino y puestos de frutas ignoraban por completo los hilos invisibles que los dioses tejían en los cielos.
Hyoga de Cisne caminaba entre los puestos con las manos ocultas en los bolsillos de su grueso abrigo, observando a los niños correr entre las fuentes. El recuerdo perenne de su madre, sumergida en las profundidades heladas de los mares siberianos, lo acompañaba como una sombra fría que templaba su carácter. A su lado, Ikki de Fénix avanzaba con paso firme y distante, exhalando una soledad tan densa que los propios transeúntes se apartaban instintivamente a su paso.
—Deberías dejar de vigilar cada esquina, Hyoga —espetó Ikki sin detener su marcha, su voz áspera rompiendo el murmullo de la plaza—. Los mortales viven en su ignorancia porque es lo único que saben hacer. No puedes cargar con el miedo de todos ellos en tus hombros.
—No es miedo, Ikki. Es precaución —respondió Hyoga con calma, deteniéndose frente a una tienda de cerámicas—. Quien ha perdido todo una vez, aprende a reconocer el sonido del hielo cuando empieza a resquebrajarse.
Antes de que Ikki pudiera replicar con su habitual sarcasmo, el cielo sobre Rodorio cambió de color de manera violenta.
El azul diáfano de la mañana fue desgarrado por un tono gris ceniza, un color que no pertenecía al firmamento natural de la Tierra. El aire se volvió pesado, denso, como si una atmósfera invisible de plomo descendiera sobre las calles. Los ciudadanos comenzaron a gritar, dejando caer sus mercancías mientras las campanas de la plaza principal empezaban a repicar en un frenesí caótico y desesperado.
— ¿Qué demonios es esto...? —murmuró Ikki, levantando la vista mientras su cosmos carmesí comenzaba a brotar de su piel por instinto.
Del centro mismo de la plaza, donde la tierra se abrió con un estruendo seco que no levantó polvo sino cenizas blancas, emergió una figura imponente envuelta en ropajes oscuros y ribetes dorados que evocaban la severidad de un tribunal antiguo. No era un espectro común ni un soldado raso del inframundo; su presencia pesaba como una sentencia irrevocable.
—Humanos de la Tierra —resonó la voz del reciéntenlo llegado, retumbando en las mentes de todos los presentes sin necesidad de gritar—. Vuestra era de gracia ha concluido. El Juicio ha sido dictado.
Hyoga dio un paso al frente, desplegando su cosmos gélido, mientras a sus espaldas Shaina de Ofiuco aparecía sobre los tejados con una agilidad felina, su máscara verde reflejando el fulgor de la catástrofe inminente. Shaina miró hacia el centro de la plaza y luego hacia el horizonte, donde el Santuario comenzaba a encender sus defensas.
Y en medio de aquel caos absoluto, un grito de dolor resonó desde el callejón contiguo: un joven caballero de plata que patrullaba la zona cayó de rodillas, con su armadura astillada y el pecho atravesado por una lanza de pura energía gris. Su cuerpo se desplomó contra los adoquines, convirtiéndose en polvo antes de tocar el suelo por completo.
La guerra por el juicio del mundo acababa de comenzar, y el primer tributo de sangre ya había sido pagado.
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Fin del capítulo 1.
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AVISO IMPORTANTE
Fanfiction +18. Todos los personajes han sido adaptados como mayores de edad en esta historia. Contenido emocional y romántico con situaciones íntimas e intensas no explícitas. Dirigido a público adulto.
Esta es una historia fanfiction basada en personajes existentes, pero con una interpretación propia de la autora.
Créditos de la historia y los personajes a sus legítimos autores.
Esta trama seguirá un rumbo original y propio. Si no es lo que buscas, estás en libertad de dejarlo aquí.
No se permitirán insultos ni comentarios ofensivos hacia mi persona o hacia la obra; serán eliminados.
Eso es todo por ahora. Gracias por leer y prepárense para lo inesperado.