La Ultima Mentira

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El sol de National City comenzaba a tejer sus últimos hilos de oro y naranja sobre los rascacielos, pintando las nubes de tonos que se antojaban casi tiernos. Dentro del espacioso apartamento de Lena Luthor, esa misma luz se filtraba a través de las enormes ventanas de piso a techo, bañando la sala en una calidez que se sentía casi artificial, un contrapunto deliberado a la fría perfección del minimalismo que Lena tanto favorecía. El aire olía a lirios, a vino tinto y a la sutil fragancia del sushi de wasabi que descansaba en la mesa de café. Era un santuario, una burbuja de normalidad y complicidad construida ladrillo a ladrillo sobre las ruinas de sus respectivos pasados. Para Kara, era más que un hogar; era el único lugar en la Tierra donde no tenía que ser dos personas a la vez.

–¿Y entonces le dije al jefe que si quería un titular sobre el rescate del gatito del árbol, tendría que enviar a otro reportero, porque yo, Kara Danvers, tenía estándares –terminó Kara, narrando una anécdota de su día con una gracia teatral que hizo a Lena soltar una risa genuina, un sonido que para Kara era tan vital como el aire que respiraba.

Lena se recostó en el sofá de cuero blanco, su copa de vino reposando elegantemente entre sus dedos. Una mechón de su cabello oscuro se había escapado de su recogido y caía sobre su frente, y por un instante, Kara sintió el impulso casi irrefrenable de apartárselo.

–Tienes que admitir que tienes un punto, Kara. La ciudad necesita saber sobre los héroes que levantan edificios, no sobre los que rescatan gatos –dijo Lena, sus ojos verdes brillando con diversión y un afecto que, en ese momento, parecía tan sólido e inmutable como las montañas.

–¡Exacto! Somos la cuarta rama del poder, la prensa. ¿Qué sería de este mundo sin nosotros para recordarle a todos lo importante que es ser decente? –Kara sonrió, tomando otro rollo de atún con los palillos.

La conversación fluyó así, suave y sin esfuerzo, como un río que ha encontrado su cauce natural. Hablaron de todo y de nada. Del nuevo prototipo de nanotecnología de L-Corp que prometía revolucionar la medicina regenerativa, de la frustración de Kara con su nuevo editor que insistía en más «sensibilismo humano» y menos «datos secos», y de la última película que habían visto, una comedia romántica tonta que las hizo reír hasta que les dolieron los costados. Era un baile perfecto, una coreografía de palabras y miradas que habían perfeccionado durante años. Cada chiste, cada pausa, cada gesto estaba cargado de una historia compartida.

–A veces creo que debería contratar a alguien para que me escriba los discursos –comentó Lena, tras un largo sorbo de vino–. Hoy tuve que soportar a un consejo de administradores que miraba mis gráficos como si estuvieran escribiendo en jeroglíficos antiguos. Me siento más traduciendo textos kryptonianos útil que explicando mi propia visión a esas personas.

–Oh, Lena, tú y tus jeroglíficos –bromeó Kara, aunque su tono era cálido–. Si estuviera allí, les habría dicho que la Dra. Luthor podría descifrar el genoma de una roca si se lo propusiera, y que deberían estar agradecidos de que no tenga que hacerlo, porque entonces se darían cuenta de lo poca cosa que son en comparación.

Lena sonrió, pero esta vez la sonrisa era diferente. Era más suave, más vulnerable. La risa se desvaneció de sus ojos, reemplazada por una oleada de sinceridad que pareció llegar de lo más profundo de su alma. Apoyó la copa en la mesa y se volvió por completo hacia Kara, el ambiente en la sala cambiando sutilmente, volviéndose más denso, más significativo.

–Gracias por estar aquí, Kara –dijo Lena, su voz apenas un susurro, pero cada sílabra resonó en el pecho de Kara con la fuerza de un grito–. De verdad. Después de todo... con mi familia, y Lex... Eres lo único que se siente real. La única persona en la que confío sin reservas.

El mundo de Kara se detuvo. La cálida luz del atardecer, el suave murmullo de la música, el lejano zumbido del tráfico de la ciudad... todo se desvaneció en un silencio ensordecedor. Solo existían las palabras de Lena, flotando en el aire entre ellas, pesadas y hermosas y terriblemente, devastadoramente falsas. Sintió un tirón en el pecho, como si una mano invisible le hubiera arrancado una costilla. Su sonrisa, que había sido genuina un instante antes, se congeló en su labios, una máscara de madera que empezaba a cuartearse.

El Corazón de la TormentaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora