El comienzo

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Eran las 3:47 p.m.

El sol caía como plomo sobre las calles, implacable. El termómetro marcaba 36 grados y el aire parecía sólido, espeso, casi imposible de respirar.

Clara llegó a su nuevo departamento arrastrando los pies, la camiseta pegada a la espalda por el sudor, el cabello húmedo pegado a la nuca. Era solo su segundo día en aquel lugar que aún olía a pintura fresca y a soledad.

Dejó las bolsas sobre la mesa con un suspiro pesado y se quedó un momento de pie, sintiendo cómo el calor le subía por las piernas.

Había comprado algunas prendas esa misma tarde. Quería acomodar el armario que, hasta entonces, había evitado abrir por pura pereza. Cuando por fin deslizó las puertas, el interior la recibió con un olor a madera vieja y polvo. Y allí, en un rincón olvidado, encontró tres objetos que no deberían haber estado: una pequeña casa de juguete de madera, un trapo descolorido y una cámara antigua, de esas de carrete, con el cuerpo metálico desgastado por el uso.

Extrañada, Clara tomó la cámara. Al girarla entre sus dedos, algo se movió dentro.
Algo vivo.

Con el corazón acelerado, abrió el compartimento. Y entonces la vio.
Una mujer.

Completamente desnuda.
De apenas cuatro centímetros.

Su cuerpo era minúsculo, perfecto en su fragilidad, la piel pálida contrastando con el metal oscuro de la cámara. La diminuta se encogió al sentir la luz y el aire exterior, intentando esconderse entre las sombras del interior. Clara la observó en silencio, la respiración entrecortada por la incredulidad. Con cuidado, intentó tomarla entre el índice y el pulgar... pero la pequeña se deslizó con desesperación hacia la casa de juguete y se metió por la diminuta puerta, cerrándola tras de sí con un golpe casi inaudible.

—No tengas miedo, pequeña... —susurró Clara, con una voz más suave de lo que esperaba.
Sacó el teléfono y marcó al administrador del edificio. Contestó una secretaria de voz joven y profesional. Clara le explicó lo que había encontrado, aún sin creer del todo sus propias palabras. Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. Luego, la secretaria habló con una naturalidad inquietante:

—Entiendo. No se preocupe. Ella es totalmente suya. Se la dejamos a usted.
Clara parpadeó.

—¿Q-qué...? ¿Mía?

—Sí. Es de usted. La única condición es que todo lo que le haga tiene que grabarlo con la cámara que se le proporcionó. Si el contenido nos convence... recibirá una recompensa de mil dólares y la renta no se le cobrará.

El tono era amable. Casi amistoso.
Y entonces colgó.

Clara se quedó mirando el teléfono apagado. En el silencio del departamento solo se escuchaba el llanto ahogado de la diminuta dentro de la casita de madera. Un sollozo tan pequeño que apenas parecía real.

Algo se despertó entonces en el pecho de Clara.
Algo que había estado dormido durante años: aquellas historias que leía a escondidas, aquellas fantasías en las que ella era la gigante, la dueña absoluta de vidas diminutas. Ahora ya no eran solo palabras en una pantalla. Ahora la vida de aquella criatura dependía de ella.

Con movimientos lentos, casi ceremoniales, Clara comenzó a quitarse la ropa. Primero la camiseta empapada de sudor, luego el pantalón. Quedó solo en una playera holgada y unos shorts cómodos. Se sentó en el borde de la cama y se quitó las calcetas. El olor salado, intenso, impregnado de todo el calor del día, subió hasta su nariz. Sin pensarlo demasiado, las arrojó sobre la casita de juguete.

El trapo blanco cayó como una manta pesada, cubriendo por completo el techo y las paredes. Dentro, la diminuta soltó un grito ahogado al verse envuelta de repente en aquel aroma sofocante, húmedo, abrumador. El olor de Clara la rodeaba por todas partes: a sudor, a calor, a humanidad descomunal.
Clara se rio suavemente.

Una risa baja, casi cariñosa... y terriblemente poseída.
—Sal, pequeña —ordenó, inclinándose sobre la casita—. Ya no tienes dónde esconderte.
Tras unos segundos eternos, la diminuta asomó la cabeza por la puerta. Sus ojos, enormes en proporción a su cuerpo, estaban llenos de terror. Lágrimas minúsculas le brillaban en las mejillas.
Fue entonces cuando Clara la tomó.

Con una sola mano, cerró los dedos alrededor de aquel cuerpo frágil, sintiendo el temblor de la pequeña contra su piel. Con la otra mano, alzó la cámara antigua y presionó el botón de grabación. El leve clic del mecanismo resonó en la habitación como una sentencia.

Clara sonrió, mirando a la diminuta que se retorcía entre sus dedos, tan insignificante... tan completamente suya.

—Ahora sí... —susurró, acercando el rostro hasta que su aliento caliente envolvió por completo a la pequeña—.

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⏰ Last updated: Aug 14 ⏰

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