Prólogo

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La Space Stream 8000 surcaba el vacío como una sombra silenciosa entre estrellas moribundas. Su casco, forjado en aleaciones negras que absorbían la luz en lugar de reflejarla, se extendía en líneas largas y afiladas, interrumpidas solo por los pulsos verdes de los motores de desplazamiento. Desde lejos parecía un depredador dormido: esbelto, elegante y peligroso. En su interior, los pasillos curvados respiraban con una luz tenue de color esmeralda que nunca parpadeaba del todo, como si la nave misma estuviera alerta incluso cuando su tripulación no lo estaba.

En la cubierta de descanso, lejos del zumbido constante de los sistemas de navegación, Tech abrió los ojos. La siesta había tomado fue breve, apenas el tiempo necesario para robarle un respiro a un cuerpo que llevaba demasiado tiempo al límite. El agotamiento aún pesaba en sus músculos, pero no era lo primero que notó. Su mano se movió casi por instinto hasta el centro de su pecho, justo donde el corazón latía con una fuerza irregular. Los dedos se cerraron sobre el pelaje marrón, marcado por sutiles tonos más claros que le daban el aspecto de un coyote común, y una punzada sorda, profunda, se extendió desde allí como una herida que no terminaba de cerrar. «Mierda, ¿Cuánto dormi?.» No era dolor físico del todo. Era algo más antiguo, más persistente. Una agonía silenciosa que se había instalado en él desde hacía tiempo y que, al despertar, siempre volvía a recordarle su presencia.

Con un movimiento lento se incorporó. La sábana resbaló hasta su cintura, dejando a la vista el resto de su cuerpo cubierto únicamente por un bóxer negro ceñido que marcaba cada línea de su silueta. El pelaje marrón con matices más claros se extendía por su torso, sus brazos y sus piernas. Las orejas largas y puntiagudas se movieron una vez, captando el leve zumbido de la nave. Se pasó una mano por el hocico, exhaló y se puso de pie.

Los pasos descalzos lo llevaron a través de la cabina hasta el panel circular empotrado en la pared. Un toque de sus dedos bastó. El baño se activó con un susurro apenas audible. Agua helada cayó desde el techo invisible, impactando primero contra sus hombros y luego deslizándose por el resto de su cuerpo. El contraste le arrancó un leve estremecimiento. Poco a poco la temperatura subió, volviéndose tibia, casi cálida, mientras un aroma sutil se filtraba en el vapor: algo dulce y denso, como caramelo derretido sobre un pastel recién horneado. El olor se adhería a su pelaje marrón, mezclándose con el agua que recorría su pecho, su abdomen y las líneas de sus caderas.

Durante varios minutos se quedó allí, inmóvil bajo el chorro, dejando que el calor y el aroma trabajaran sobre la tensión acumulada. Cuando el agua se detuvo, el vapor aún flotaba a su alrededor como una niebla suave. Y con uno de sus dedos paso por un botón a un lado.

Y aquellos orificios dónde antes le caía agua. Ahora de ahí salía aire a mucha potencia. Al mismo tiempo que venía desde abajo. Y su pelaje se moviéndose frenéticamente a todos lados y en mente solo contaba de 1 en 1. Hasta llegar al 20. Así sabiendo que ya estaba por completo seco y presionando el mismo sitio. El aire dejo de salir y solo camino a un lado. Bajandose del escalón y quedar en medio del sitio.

Tech levantó el brazo derecho. En la muñeca llevaba un par de pulseras oscuras, apenas visibles contra el pelaje. Las apretó con dos dedos. Un clic suave resonó. Instantáneamente, filamentos de tela negra y verde comenzaron a desplegarse desde las pulseras, subiendo por su brazo, cubriendo su torso, adaptándose a cada curva de su cuerpo con precisión quirúrgica. En cuestión de segundos el traje se cerró sobre él. El marrón de su pelaje desapareció bajo la capa oscura, y el verde se apoderó de los detalles: las orejas, los guantes, el extremo de la cola y el emblema triangular que brillaba en el centro de su pecho. Tech E. Coyote se había vuelto en tonos verdes y negros.

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