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Hyunjin y Felix llevan algunos meses trabajando en la misma empresa. La confianza entre ellos no nació de la noche a la mañana, sino entre entregas de trabajos, café de pésima calidad y el odio compartido por las reuniones de los lunes.

​Todo cambió hace seis meses en la fiesta de fin de año de la compañía: tras demasiados shots de tequila y una conversación absurdamente sincera en la terraza del local, descubrieron que tenían una química bastante peculiar y cero filtros para hablarse. Desde esa noche, el coqueteo se volvió su rutina favorita para sobrevivir al estrés de la oficina. Se conocen los manías, se aguantan el sarcasmo y saben perfectamente qué botones tocar para sacarse de quicio o para tentarse.

Ahora mismo estaban en la oficina,​ el reloj en la esquina inferior de la pantalla marcaba las 6:42 PM. Para la mayoría de la gente en el piso ocho, eso significaba apagar la computadora, guardar el gafete en la mochila y salir corriendo al metro o por sus autos. Para Hyunjin, significaba que le quedaban exactamente dieciocho minutos para rehacer una hoja de cálculo que su jefe había decidido arruinar a última hora.

​Se pasó las manos por la cara, soltando un gruñido contra sus palmas. Tenía el cabello rubio hecho un desastre por estárselo revolviendo cada diez minutos, y el nudo de la corbata ya le colgaba a la altura del pecho

​- Te vas a sacar los ojos si sigues sobándotelos así, Hyunjin

​Hyunjin bajó los brazos despacio. Apoyado sobre el borde del escritorio, Felix estaba sosteniendo dos tazas de café de la máquina del pasillo. Su cabello morado brillante -un color reciente teñido que el departamento de Recursos Humanos milagrosamente había terminado por ignorar tras tres meses de discutirlo- destacaba bastante entre los cubículos grises. Llevaba la camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos, y esa sonrisa medio burlona que a Hyunjin le daba ganas de besarlo o de aventarle la engrapadora. O ambas

​-Si no entrego este reporte antes de las siete, el que me va a sacar los ojos sera el gerente -murmuró Hyunjin, estirando la mano para tomar la taza que Felix le ofrecía. Las yemas de sus dedos se rozaron al pasar el cartón. Fue un toque de apenas un segundo, pero Hyunjin sintió cómo se le erizaba la piel de los brazos. Maldita sea

​Felix no se movió. Se quedó ahí, inclinado ligeramente sobre el mueble, dando un sorbo a su café mientras lo observaba por encima del borde

​-Te dije desde el martes que ese formato estaba mal -dijo Felix con su voz absurdamente grave, esa que siempre sonaba demasiado profunda para el entorno de oficina-. Pero no, el señor "Yo sé usar Excel mejor que nadie" no quiso escucharme

​-Solo sabes combinar tres colores y usar Canva, no metas tu cuchara en las finanzas!! -atacó Hyunjin, aunque no pudo evitar sonreír a medias mientras daba un trago al horrible café de la máquina-. Además, ¿qué haces aquí todavía? Tu turno acabó hace media hora

​-Iba a irme, pero vi que estabas al borde de un colapso nervioso y pensé: "Qué buena vista, me quedaré un rato para verlo sufrir"

​-Qué considerado, un verdadero ángel

​Felix soltó una risita corta y se acomodó mejor, apoyando la cadera contra el escritorio de Hyunjin. Estaba demasiado cerca. Tan cerca que Hyunjin podía oler su perfume -algo fresco, entre cítrico y maderas- por encima del olor a papel impreso y café viejo. La sombra del escritorio escondía que la pierna de Felix rozaba apenas la rodilla de Hyunjin por debajo de la mesa. Ninguno de los dos hizo ademán de alejarse

​-La verdad es que no quería regresar a mi departamento tan temprano -admitió Felix, bajando un poco el tono de voz-. Me desespera pasarla solo los viernes

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