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La luz de la mañana comenzaba a filtrarse por la ventana. Los primeros rayos del sol dieron de lleno en mi rostro, obligándome a removerme entre las suaves cobijas de algodón y seda.

Un par de golpes en la puerta hicieron que el sueño terminara por escapar de mí.

-¿Su Alteza Real? Su Majestad la espera en el comedor principal.

Anunció mi dama de compañía desde el otro lado de la puerta.

-Ahora voy... -respondí con un ligero resoplido mientras me incorporaba de la cama.

Seguramente mi padre volvería a darme una de sus interminables charlas sobre el arte de gobernar y las enseñanzas que recibió cuando aún era príncipe.

Tenía diecinueve años y sabía, desde que tenía memoria, que algún día heredaría el reino. A esas alturas, ya había escuchado aquellas lecciones tantas veces que podía recitarlas de memoria. Sin embargo, eso nunca parecía ser suficiente para él.

Solté un suspiro antes de poner los pies sobre el frío suelo de piedra.

El comedor principal ya estaba dispuesto cuando entré. La larga mesa de roble lucía impecable, adornada con arreglos florales y vajilla de porcelana que solo se utilizaba en ocasiones importantes... o cuando mi padre decidía que el desayuno sería una charla sobre la reunión de Estado.

-Buenos días, padre.

Incliné la cabeza en una reverencia antes de ocupar mi lugar.

-Buenos días, Eleanor. Llegas tarde.

Su voz, firme como de costumbre, hizo que los sirvientes comenzaran a servir el desayuno en silencio.

Durante varios minutos, el único sonido que llenó el salón fue el de los cubiertos chocando suavemente contra los platos.

Sabía que aquel silencio no duraría mucho.

-El próximo año cumplirás los veinte.

Ahí estaba.

Levanté la vista con una sonrisa educada.

-Lo sé, padre.

-Y con ello, tus responsabilidades aumentarán. Un reino no se sostiene únicamente con una corona; se sostiene con disciplina, sacrificio y conocimiento.

Contuve el impulso de suspirar.

Había escuchado aquella frase incontables veces.

-Esta tarde asistirás al entrenamiento de la Guardia Real.

Fruncí ligeramente el ceño.

-¿Al entrenamiento?

-Así es. Un futuro soberano debe conocer a quienes entregarán su vida por proteger el reino. No basta con gobernar desde un trono.

Asentí, aunque por dentro no podía evitar pensar que probablemente aquella sería otra larga jornada llena de discursos y formalidades.

-Como ordene, Su Majestad.

Después de eso, el silencio volvió a instalarse en el comedor. Para mi alivio.

Terminé mi desayuno y mi dama de compañía me indicó cuáles serían mis actividades del día, que no iban más allá de visitar un par de casas en el pueblo, acudir al orfanato y firmar algunos documentos.

Parecía un itinerario sencillo, pero sabía por experiencia que terminaría completamente agotada.

–––

El sol de la media tarde bañaba el patio de entrenamiento.

El inconfundible choque de las espadas resonaba por todo el lugar mientras decenas de soldados practicaban bajo la mirada de sus superiores.

Golden Hour - |Oneshot; PJM|La tua prossima ossessione. Scoprilo ora