Bajo el Juramento del Caballero

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El reino entero estaba cubierto por un silencio que pesaba más que cualquier tormenta.

Las campanas de la catedral sonaban con una lentitud dolorosa, anunciando la despedida de los reyes que durante años habían sido el orgullo de su pueblo. Las calles estaban repletas de ciudadanos vestidos de negro, con las cabezas inclinadas y lágrimas resbalando por sus mejillas.

Aquel día, el cielo permanecía cubierto por nubes grises, como si incluso el sol se negara a brillar.

En el centro del gran salón real descansaban dos ataúdes adornados con lirios blancos y rosas azules, las flores favoritas de la reina.

Los nobles guardaban absoluto silencio.

Los caballeros mantenían sus espadas clavadas en el suelo en señal de respeto.

Nadie se atrevía siquiera a respirar demasiado fuerte.

Porque aquel no solo era el funeral de dos monarcas.

Era el día en que el reino se quedaba sin sus soberanos.

Y también el día en que dos niñas quedaban completamente solas.

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Entre la multitud apareció una pequeña figura.

No tendría más de siete años.

Su cabello claro caía suavemente sobre sus hombros, mientras unos enormes ojos azules observaban los ataúdes con una serenidad que no correspondía a una niña de su edad.

Pero había algo que hizo que todos levantaran la vista.

Ella no llevaba luto.

Mientras todo el reino vestía de negro...

La pequeña princesa Tierra caminaba con un sencillo vestido blanco.

Blanco como la nieve.

Blanco como las nubes.

Blanco como la paz.

Los murmullos comenzaron de inmediato.

-¿Por qué viene vestida así?

-Es una falta de respeto...

-¿Quién permitió eso?

-Es el funeral de sus padres...

Los comentarios recorrían el salón como un viento frío.

Hasta que la niña levantó la mirada.

Sus ojos estaban rojos de tanto llorar.

Pero no había enojo.

Solo una inmensa tristeza.

A su lado caminaba su hermana menor, Luna, sujetando con fuerza su pequeña mano, incapaz de comprender por qué mamá y papá ya no despertarían.

Detrás de ambas avanzaban el gran duque Júpiter y la duquesa Saturno, quienes desde aquel día asumirían la responsabilidad de proteger a las dos princesas.

Júpiter observó los murmullos con evidente molestia.

Estaba a punto de intervenir.

Sin embargo...

La pequeña Tierra dio un paso al frente.

Pidió permiso para hablar.

Todo el salón quedó en silencio.

Subió lentamente hasta el estrado, donde apenas alcanzaba el atril.

Respiró profundamente.

Miró una última vez los retratos de sus padres.

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