Nunca pensé que mi propia familia me destruiría. Pero allí estaba yo, con las manos manchadas de hollín y el pecho ardiendo de rabia.
Aunque para entender cómo llegué a ese momento, debo retroceder un poco. O quizás mucho. Porque mi historia no empieza en Gotham, sino a miles de kilómetros de distancia, en un lugar donde el sol quema la piel y el amor se mide en cortes de espada.
Mi nombre es Damian Wayne. Y antes de ser Wayne, fui al Ghul.
Crecí en Nanda Parbat, una fortaleza oculta entre montañas donde mi madre, Talia al Ghul, y mi abuelo, Ra's al Ghul, gobernaban la Liga de los Asesinos. No tuve juguetes. No tuve cuentos para dormir. Tuve dagas desde que mis dedos pudieron sostenerlas. Tuve maestros que no toleraban el error. Tuve un destino grabado en piedra antes de aprender a leer.
Mi abuelo me llamaba "heredero del Demonio". Mi madre me llamaba "mi mayor orgullo". Yo solo sabía que debía ser perfecto. La perfección era la única forma de sobrevivir en un nido de víboras donde el más mínimo fallo se castigaba con sangre.
Aprendí a luchar antes que a caminar. A matar antes que a amar. A desconfiar antes que a confiar.
Cuando tenía diez años, mi madre decidió que era momento de conocer al hombre que me había engendrado. El detective más grande del mundo. El héroe de Gotham. El hombre que había derrotado a mi abuelo incontables veces sin jamás mancharse las manos con una muerte.
Batman. Bruce Wayne. Mi padre.
Mi madre me dejó en su puerta como quien deja un paquete explosivo. Y exploté.
Él no sabía qué hacer conmigo. Yo era arrogante, violento, letal. Todo lo que él odiaba en un compañero. Pero también era su sangre. Y él, para bien o para mal, no abandona a los suyos. Me tomó bajo su ala. Me enseñó que hay otra forma de luchar. Que la verdadera fuerza no está en quitar vidas, sino en protegerlas.
Me convertí en Robin.
Al principio fue un desastre. Chocaba con todos: con Alfred, el mayordomo que me trataba como a un niño cuando yo ya había comandado ejércitos; con Dick Grayson, el primer Robin, que intentaba ser mi hermano mayor y solo conseguía irritarme; con Tim Drake, que me veía como una amenaza; con Jason Todd, que directamente me despreciaba.
Pero poco a poco, algo empezó a cambiar. O quizás fui yo quien cambió.
Descubrí que me importaba. Que me importaba lo que pensaran de mí. Que quería hacerlo bien, no solo por orgullo, sino porque... porque eran mi familia. La primera familia real que había tenido. Y aunque jamás lo admitiría en voz alta, haría cualquier cosa por ellos.
Por eso dolió tanto lo que vino después.
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Cuando me anunciaron que me inscribirían en una escuela, pensé que era una broma de mal gusto. ¿Yo? ¿Damian Wayne? ¿En una escuela con adolescentes normales que hablan de videojuegos y se preocupan por estupideces?
-Es parte de tu entrenamiento -dijo Bruce con esa voz grave que no admitía discusión-. Necesitas aprender a relacionarte con gente de tu edad. Necesitas una vida fuera del traje.
-No necesito nada de eso -repliqué-. Mi lugar está en Gotham, patrullando.
-Tu lugar está donde yo diga, Damian. Y ahora mismo, está en Metrópolis.
Metrópolis. La ciudad de Superman. La ciudad del sol perpetuo y el optimismo empalagoso. Lo peor de todo: no me enviaban a cualquier escuela. Me enviaban a la Escuela West-Reeve, donde casualmente estudiaba Jonathan Kent.
Sí. Jonathan Kent. El hijo de Superman. Superboy.
Lo conocía de algunas misiones con la Liga de la Justicia y con los Jóvenes Titanes. Era alto para su edad, con ese pelo negro revuelto que nunca se quedaba quieto, ojos azules como el cielo de Kansas y una sonrisa tan molesta como contagiosa. Era amable. Demasiado amable. De esos que te ofrecen su ayuda antes de que sepas que la necesitas. De esos que creen en segundas oportunidades y en ver lo mejor de las personas.
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El Hijo de la Luz Carmesi
FanfictionRobin cayó. Su familia le dio la espalda. Pero cuando todo parecía perdido, el universo le ofreció un poder jamás visto. Ahora, Damian Wayne regresará para demostrar quién es en verdad....
