ADVERTENCIA
Esta es una obra de ficción.
Se Recomienda Discreción.
Apta Para Mayores De 16+
Prólogo
Maicol siempre había pensado que el fin del mundo no llegaría con una explosión. Llegaría lentamente, como una grieta en una pared que al principio nadie nota, pero que con el paso del tiempo termina atravesando toda la estructura. Por eso había construido. Durante años, aquel ingeniero había trabajado en un proyecto que para muchos parecía una locura: una fortaleza ubicada en una zona árida y aislada de la Patagonia, lejos de las grandes ciudades y de cualquier lugar que pudiera convertirse en un punto de conflicto. No era simplemente una casa. Era un refugio diseñado para sobrevivir.
Había instalado paneles solares, sistemas de almacenamiento de agua, cultivos protegidos, generadores, depósitos de alimentos, herramientas, combustible y todo lo necesario para resistir durante años sin depender del exterior. Maicol había pensado en terremotos, incendios, sequías, inundaciones, crisis económicas e incluso guerras. Había estudiado cada posibilidad y diseñado aquel lugar para que pudiera funcionar por sí mismo durante largos períodos de tiempo. Pero había una cosa para la que nunca se había preparado: los muertos.
Cuando comenzaron las primeras noticias sobre personas que atacaban a otras personas, nadie sabía exactamente qué estaba sucediendo. Después llegaron las imágenes de ciudades enteras colapsando, hospitales desbordados y carreteras llenas de vehículos abandonados. Las comunicaciones desaparecieron una después de otra y los gobiernos dejaron de tener control sobre grandes partes del territorio. Finalmente llegó la confirmación que cambió el mundo para siempre: los muertos estaban regresando.
El apocalipsis zombi había comenzado.
Mientras millones de personas intentaban escapar de las ciudades y buscaban cualquier lugar donde pudieran refugiarse, Maicol permaneció dentro de su fortaleza. Solo. Durante mucho tiempo, la soledad fue su única compañía. Aprendió a vivir con el silencio de la Patagonia, con las noches interminables y con el miedo constante de que algún día alguien encontrara aquel lugar. Revisaba las instalaciones, mantenía los cultivos, controlaba las reservas y vigilaba los alrededores. Había conseguido mantenerse con vida mientras el mundo exterior se desmoronaba.
Hasta que una tarde encontró a Lucila.
Tenía veintiséis años. Estaba herida, agotada y caminaba sin rumbo después de haber sobrevivido durante semanas entre carreteras abandonadas y pueblos destruidos. Maicol podría haber cerrado las puertas. Podría haber ignorado su presencia y dejar que siguiera su camino. Sabía perfectamente que aceptar a una desconocida podía poner en peligro todo lo que había construido. Sin embargo, no pudo hacerlo. La dejó entrar.
Aquel simple acto cambió su vida.
Con el tiempo, la soledad desapareció. Lucila convirtió aquella fortaleza en un hogar y Maicol dejó de construir solamente para sobrevivir. Ahora tenía alguien por quien hacerlo. Juntos comenzaron a imaginar un futuro en aquel rincón perdido de la Patagonia. Allí, lejos del caos que había destruido al mundo, encontraron pequeños momentos de tranquilidad. Y después llegó Rachel, su hija, una pequeña vida nacida en un mundo que parecía condenado a desaparecer.
Durante un tiempo, Maicol creyó que había encontrado el paraíso.
Tres personas. Una fortaleza. Alimentos. Agua. Tierra. Seguridad. Y un cielo todavía azul.
Pero el mundo exterior estaba cambiando.
Primero fueron las nubes. Grandes masas grises comenzaron a cubrir el cielo durante días enteros, ocultando la luz del sol. Después llegaron las cenizas. Caían lentamente sobre los campos, sobre los techos y sobre las tierras que Maicol había trabajado para alimentar a su familia. Al principio pensó que se trataba de un fenómeno pasajero, pero las semanas pasaron y el cielo continuó oscureciéndose.
La luz del sol comenzó a desaparecer.
La vegetación empezó a morir lentamente. Los cultivos dejaron de crecer con normalidad, los animales comenzaron a desaparecer y las aguas se contaminaron. Las temperaturas cambiaron y las reservas de alimentos que alguna vez parecían suficientes comenzaron a adquirir un valor incalculable. Maicol observaba desde las murallas de su fortaleza un mundo que ya no se parecía al que había conocido.
Entonces comprendió algo mucho peor que la existencia de los zombis.
El mundo no solamente estaba lleno de muertos.
Estaba muriendo.
Aquella fortaleza, diseñada para resistir casi cualquier desastre, no podía fabricar un sol. Podía producir energía, almacenar agua, conservar alimentos y proteger a una familia de los peligros del exterior, pero no podía detener aquello que estaba sucediendo sobre sus cabezas. Y mientras la humanidad luchaba desesperadamente por sobrevivir, los supervivientes comenzaron a buscar lugares como aquel. Lugares donde todavía hubiera agua, comida, refugio y seguridad.
La fortaleza de Maicol dejó de ser un hogar oculto.
Se convirtió en un objetivo.
Una noche, las sombras aparecieron detrás de las murallas. Primero fueron unos pocos supervivientes. Después fueron decenas. Personas desesperadas que habían perdido sus hogares y estaban dispuestas a hacer cualquier cosa por conseguir comida y agua. Y detrás de ellos llegaron los muertos. La situación se convirtió rápidamente en una batalla por la supervivencia. Maicol luchó con todo lo que tenía. Lucila también. Pero aquella noche no importaron las armas, los muros ni todos los años de preparación.
El refugio cayó.
Y Lucila no sobrevivió.
Maicol tuvo que verla morir mientras el único lugar que había construido para protegerla era destruido a su alrededor. Durante unos segundos, sintió que todo había terminado. Quiso quedarse allí. Quiso morir junto a ella. Pero entonces escuchó el llanto de Rachel.
No tuvo tiempo para llorar. No tuvo tiempo para despedirse.
Tomó a su hija entre sus brazos, recogió algunas provisiones, cargó unas pocas armas y corrió hacia su camioneta. Subió a Rachel, encendió el motor y abandonó aquel lugar sin mirar atrás. Mientras avanzaba por la carretera, con su hija en brazos y el corazón destrozado, Maicol comprendió que acababa de perder todo aquello por lo que había luchado.
Ahora solo le quedaba Rachel.
No sabía hacia dónde dirigirse. No sabía cuánto tiempo tendría combustible ni dónde encontraría agua. Tampoco sabía si quedaba algún lugar seguro en el mundo. La fortaleza había sido su hogar, pero ahora era solo otro lugar perdido entre las ruinas de una civilización que había desaparecido.
Maicol tendría que convertirse en un nómada.
Viajaría de un país a otro, atravesando ciudades abandonadas, carreteras destruidas, tierras cubiertas de ceniza y regiones donde la noche parecía no terminar nunca. Buscaría comida, agua y un lugar donde su hija pudiera crecer. Tendría que enfrentarse a zombis, supervivientes, saqueadores y a un mundo cada vez más hostil. Pero, sobre todo, tendría que aprender a vivir con la ausencia de la mujer que amaba.
Porque ahora ya no viajaba para salvarse a sí mismo.
Viajaba para salvar a Rachel.
Y mientras recorría aquel mundo muerto, Maicol descubriría que los zombis quizá nunca habían sido la verdadera amenaza. La humanidad había aprendido a esconderse de ellos, a combatirlos y a sobrevivir entre sus ruinas. Pero nadie sabía cómo luchar contra un cielo que permanecía cubierto de nubes grises, contra las cenizas que caían sin detenerse, contra las aguas contaminadas ni contra una tierra que lentamente perdía la capacidad de producir vida.
El verdadero enemigo era un mundo sin luz.
Y Maicol estaba dispuesto a recorrerlo entero con una bebé en brazos, unas pocas armas y las últimas provisiones que le quedaban, hasta encontrar aquello que todos habían dado por perdido.
El sol.
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El Camino Continúa
ActionEl camino continúa Maicol es un ingeniero que, mucho antes de que el mundo terminara, construyó una fortaleza autosustentable en una de las zonas más aisladas de la Patagonia. Cuando el apocalipsis zombi llega, aquel refugio se convierte en su únic...
