El sol de la tarde bañaba los campos con un tono dorado, pero nada brillaba tanto como JiMin corriendo entre la maleza. A sus doce años, el hijo mayor de los Park parecía sacado de una pintura: era un niño de piel blanca como la porcelana, salpicada por un tierno camino de pecas sobre el puente de la nariz y las mejillas, que resaltaban aún más bajo su cabello rubio y revuelto por el viento. Pero lo que realmente cautivaba a cualquiera eran sus ojos; un par de esmeraldas verdes y curiosas que destellaban con la inocencia propia de su edad.
En sus manos llevaba un pequeño y descuidado ramo de flores silvestres que había recolectado con esmero, ignorando las pequeñas manchas de tierra en sus rodillas. JiMin era, sin duda, un niño hermoso, lleno de una luz que parecía imperturbable.
La vida de la familia Park ante los ojos del pueblo era el retrato de la respetabilidad. Conformada por el matrimonio de Dayoung y Hajoon, y sus dos hijos, JiMin y el pequeño Dohyun, apenas dos años menor.
Para JiMin, su padre, Park Hajoon, era su héroe. Un hombre alfa bueno, protector y de una calidez infinita, justo como debía ser un padre. Su hermano Dohyun también adoraba a JiMin; a pesar de sus cortas edades, compartían la complicidad de los juegos y las risas en el jardín. En ese lado de la balanza, JiMin conocía el amor.
Pero su madre, Park Dayoung era otra cosa.
Desde que JiMin tenía uso de razón, la atmósfera de la casa cambiaba a una hostilidad inmensa en cuanto ella entraba a una habitación. JiMin no sabía lo que era recibir un beso de su madre en la frente, jamás había experimentado el calor de uno de sus abrazos, y mucho menos sabía lo que se sentía que ella se sentara al borde de su cama para leerle un cuento antes de dormir. Para JiMin, el sonido de la voz de Dayoung no representaba arrullos, sino gritos hirientes, palabras denigrantes que buscaban pisotear su autoestima sin razón alguna, y golpes justificados por el más mínimo descuido.
Cualquier otro niño habría aprendido a odiarla, a huir de ella. Pero JiMin no podía. Con esa pureza tan desinteresada de la infancia, JiMin adoraba a su mamá a pesar de todo el dolor. Cada desprecio lo recibía con la silenciosa promesa interna de "portarse mejor", creyendo, en su inocencia, que algún día lograría ser lo suficientemente bueno como para ganarse su amor.
Apretando el ramito de flores contra su pecho, JiMin aceleró el paso hacia la entrada de la casa grande, con el corazón latiéndole de prisa y una enorme sonrisa. Esta vez sería diferente. Esta vez, tal vez, ella sonreiría al verlo. Al empujar la pesada puerta de madera, el frescor de la casa recibió a JiMin, rompiendo el calor del campo.
—¡Mamá! ¡Mamá, mira!—Llamó con la voz cantarína y emocionada, sus ojitos verdes buscando por la estancia mientras sus pasos dejaban un imperceptible rastro de polvo en el suelo.
Arriba, al final del pasillo, el sonido de unos tacones resonó con firmeza y fastidio. Park Dayoung apareció en lo alto de la escalera. Al ver a JiMin, su rostro se contrajo de inmediato en una mueca de profundo desagrado, como si la sola presencia del niño le revolviera el estómago. Bajó los escalones con prisa, no por el gusto de recibirlo, sino para callarlo.
—¡Deja de gritar de esa manera, pareces un animal!—Escupió con voz cortante, deteniéndose a unos pasos de él.
JiMin, ignorando el tono hostil porque la emoción le ganaba, dio un paso al frente con los brazos abiertos, buscando desesperadamente rodear la cintura de su madre con un abrazo. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera rozar su ropa, Dayoung dio un paso atrás con brusquedad, apartándose como si JiMin fuera una plaga.
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Lazos de Pecado | Yoonmin
FanfictionJimin creció bajo el peso de un odio feroz e inexplicable por parte de su propia madre, encontrando su único refugio en Yoongi, con quien construyó un cariño puro e incondicional desde la infancia. Sin embargo, la tragedia destruyó su mundo cuando s...
