Cafetería

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El ruido del mundo exterior siempre había sido demasiado fuerte para Stolas, por lo que su vida se resumía a dos sintonías: el silencio de su propia mente y la voz del cantante que lo salvaba todos los días.

Con los audífonos puestos y la mirada fija en el suelo texturizado de la cafetería, Stolas movía suavemente un trapo sobre una de las mesas de madera. A través de los cristales oscuros de sus gafas, el entorno se volvía más difuso y seguro.

—Stolas, la mesa cuatro necesita la cuenta, pero si quieres voy yo —la voz de Vassago llegó a él acompañada de un suave toque en el hombro.

Stolas se bajó los audífonos hasta el cuello, regalándole una sonrisa tímida a su compañero. Vassago era el único con el que realmente hablaba sin sentir que el aire le faltaba; su presencia era cálida y protectora, tal vez demasiado, aunque Stolas, en su timidez, no terminaba de notar los ojos brillantes con los que el otro lo miraba cada tarde.

—G-gracias, Vassago... Te lo agradezco mucho —susurró Stolas, acomodándose el puente de los lentes por puro nerviosismo—. Prefiero quedarme en la barra un momento.

—No te preocupes, yo me encargo de los clientes. Quédate tranquilo —respondió Vassago con una sonrisa dulce, dándole un leve apretón en el brazo antes de alejarse.

Stolas suspiró aliviado y regresó detrás del mostrador. Se colocó de nuevo un auricular, dejando que la enérgica y carismática voz de Blitz inundara sus oídos. Se preguntaba cómo se sentiría ser así de libre, así de amado por miles de personas, y tan abiertamente seguro de quién eras. Blitz se había declarado pansexual ante el mundo entero con una sonrisa gigante en televisión; Stolas ni siquiera podía mirar a un extraño a la cara.

De pronto, el repique de las campanas de la entrada principal rompió su burbuja.

Stolas levantó la vista ligeramente. Era un cliente nuevo, pero su aspecto era extraño. Llevaba una chaqueta con capucha demasiado grande, una gorra que le cubría la frente y unas gafas oscuras que ocultaban por completo sus ojos, además de un cubrebocas negro. Parecía querer desaparecer de la faz de la tierra. Caminaba con prisa, esquivando las mesas vacías con la cabeza gacha, directo hacia la barra.

Vassago aún estaba ocupado al fondo del local, por lo que Stolas, tragando saliva y sintiendo el pulso acelerarse por tener que interactuar, se quitó los audífonos por completo.

—B-buenas tardes... ¿Qué le puedo ofrecer? —preguntó Stolas con voz baja, encogiéndose un poco en su lugar mientras el misterioso cliente llegaba al mostrador.

El cliente misterioso soltó un bufido cansado a través del cubrebocas, frotándose la nuca con una mano enguantada. Parecía no haber escuchado la pregunta de Stolas, completamente absorto en sus propios pensamientos.

—Un macchiato doble con leche de almendras, dos de azúcar morena y un toque de canela —soltó de golpe, con una voz extrañamente rasposa y enérgica que, por un milisegundo, hizo que a Stolas se le erizara la piel de los brazos por una extraña familiaridad. Sin embargo, el chico de los lentes la descartó de inmediato; el estrés lo estaba haciendo imaginar cosas—. Y un panecillo de arándanos. Para tomar aquí.

—S-sí, por supuesto... En un momento se lo preparo —respondió Stolas, apuntando la orden con dedos ligeramente temblorosos.

Mientras Stolas se giraba hacia la máquina de café, el cliente caminó hacia la esquina más apartada y oscura de la cafetería, arrastrando un poco los pies. Eligió una mesa arrinconada, de espaldas a la ventana y de frente a la barra. Se sentó pesadamente, hundiéndose en la silla mientras sacaba su teléfono, ignorando las llamadas que parpadeaban en la pantalla con el nombre de "Verosika". Solo quería un maldito respiro.

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