Me enteré por casualidad.
Ni siquiera estaba buscándolo. Solo estaba ahí, deslizándome sin pensar entre fotos, nombres, historias ajenas, hasta que apareció la suya como aparecen algunas cosas del pasado: sin avisar y con la precisión cruel de saber exactamente dónde doler.
Roberquis tenía una barbería en Estados Unidos.
Le estaba yendo bien.
Eso fue todo. Una frase sencilla, casi tonta, de esas que cualquier otra persona habría leído sin detenerse. Pero yo me quedé mirando la pantalla como si acabara de abrir una puerta que llevaba años cerrada. Porque de pronto no vi una barbería, ni un negocio, ni una foto en otro país. Vi a un muchacho de noveno con uniforme escolar, una bicicleta morada y una sonrisa que durante mucho tiempo fue capaz de desordenarme la vida entera.
"Quiero ser barbero cuando me vaya de aquí."
No recuerdo si esas fueron exactamente sus palabras, pero sí recuerdo su voz diciéndomelo. Recuerdo la seguridad con la que hablaba de eso, como si su futuro no le diera miedo, como si de verdad pudiera verlo delante de él. Yo, en cambio, a esa edad no veía más allá del próximo recreo, del próximo beso escondido, de la próxima mentira para que mi mamá no se enterara de que seguía viéndolo.
Y, sin embargo, él sí lo logró.
A veces me pregunto por qué eso me conmovió tanto. No éramos nada desde hacía años. Ni siquiera sé en qué momento exacto dejó de dolerme su nombre o en qué momento aprendí a pronunciarlo por dentro sin sentir que algo se me apretaba en el pecho. Pero supongo que hay personas que no desaparecen del todo, aunque una haga la vida, crezca, cambie de ciudad, de rutina, de heridas. Personas que se quedan guardadas en una parte muy específica del cuerpo. Como una canción. Como un olor. Como un color.
El morado siempre me hace pensar en él.
No porque fuera mi color favorito. Nunca lo fue. De hecho, antes de conocerlo ni siquiera tenía uno. Pero Roberquis sí: el suyo era el morado. Morada era su bicicleta. Moradas fueron después mis uñas, mis lazos, algunas pulseras tontas, las sombras de ojos que empecé a usar sin necesidad, solo porque de alguna manera todo lo que lo tocaba empezaba a parecerme bonito.
Es ridículo, lo sé. Pero el amor a los trece años tiene esas ridiculeces. Te cambia los gustos sin pedir permiso. Te hace creer que llevar el color favorito de alguien es una forma de estar más cerca de esa persona. Te vuelve capaz de encontrar significado en una bicicleta, en una canción, en unos tenis parecidos, en una mirada durante el recreo.
Y eso fue lo peor de todo con Roberquis: que no empezó como una gran historia de amor.
No fue un flechazo.
No fue esa clase de historia donde una muchacha ve a un muchacho y siente que el mundo se le cae encima.
Con él todo fue más lento, más raro, más enredado.
Primero estuvo Osdanier, mi primer novio, el muchacho noble y cariñoso que me quiso cuando yo todavía no sabía nada de la vida ni de la crueldad de la secundaria. Después vinieron mis primas, el grupo de noveno, la necesidad de encajar, la sensación de que todo el mundo parecía saber más que yo sobre crecer, sobre gustarle a alguien, sobre cómo se suponía que una debía verse, hablar y enamorarse.
Y en medio de todo eso apareció él.
Roberquis no llegó a mi vida como llegan las historias bonitas. Llegó como llegan los problemas que al principio parecen pequeños: a través de otras personas, de una oportunidad que no estaba buscando, de un beso que ni siquiera me gustó demasiado, de una relación que acepté casi por inercia, sin imaginar que iba a terminar metiéndoseme tan hondo.
Al principio yo no lo quería.
Esa es la verdad.
Lo acepté porque Fabiana insistió, porque el grupo empujaba, porque en esa edad una a veces dice que sí sin saber a qué le está abriendo la puerta. Y quizá por eso duele tanto recordarlo: porque el muchacho que terminó rompiéndome el corazón no fue uno al que amé desde el primer día. Fue uno al que fui queriendo sin darme cuenta. Uno que se me fue metiendo en la rutina, en la risa, en los recreos, en la salida de la escuela, en el olor de la ropa, en las canciones, en los besos que primero no significaron nada y después lo significaron todo.
Supongo que por eso todavía puedo recordar tantas cosas.
El banco de cemento al lado de los baños.
Los pilotajes detrás de los que nos escondíamos.
La profesora de Español diciéndome que lo ayudara porque yo era más lista.
Las veces que me esperaba.
La forma en que me pasaba el brazo por encima cuando iba conmigo por las mañanas.
Su orgullo absurdo porque yo le preparara un personaje en Mortal Kombat.
La noche del carnaval.
La farmacia.
La carta.
La humillación.
La casa.
El cuarto.
La manera en que una puede sentirse elegida y abandonada por la misma persona.
Han pasado años desde entonces. Ya no soy la niña de séptimo que creía que crecer consistía en gustarle a la gente correcta. Ya no soy la muchacha que se pintaba las uñas de morado sin darse cuenta de que estaba enamorándose. Ya no soy la que lloró por él, la que quiso volver, la que se tragó la vergüenza, la que aprendió demasiado pronto que hay amores que no terminan cuando se acaban, sino cuando por fin dejan de doler.
Pero a veces basta una foto, una barbería en otro país, una noticia dicha al azar, para que todo regrese.
Y entonces vuelvo a verla.
La secundaria.
El uniforme.
La piedra de la fiesta familiar.
La bicicleta.
A mí misma con doce años, sin saber todavía que estaba a punto de entrar no solo a una escuela nueva, sino a la historia que más me iba a marcar.
La historia de Roberquis y yo no empezó con amor.
Empezó con un verano.
Con una mirada sin importancia.
Con una oportunidad que no debía significar nada.
Y terminó convirtiéndose en una herida morada que, de alguna manera, todavía me acompaña.
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Morado Como Tú
Non-FictionA los doce años, Alis entra a la secundaria creyendo que enamorarse será la parte más bonita de crecer. Pero en un colegio donde importan la popularidad, el dinero, la belleza y encajar en el grupo correcto, querer a la persona equivocada puede conv...
