La ciudad nunca dormía, y el hospital más prestigioso del país tampoco.
En el último piso, una mujer caminaba por los pasillos con una elegancia imposible de ignorar. Su bata blanca perfectamente planchada, su cabello castaño cuidadosamente recogido y unos tacones discretos resonaban sobre el suelo brillante.
Jennie Kim.
La doctora más joven en convertirse en jefa de cirugía. Provenía de una familia con una enorme fortuna, por lo que el dinero nunca había sido una preocupación para ella. Sin embargo, jamás utilizó su apellido para abrirse camino. Se ganó cada reconocimiento con incontables noches sin dormir y una disciplina casi inhumana.
Con sus amigos cercanos era completamente distinta.
—¿Ya almorzaste? —preguntó con una sonrisa dulce mientras dejaba un café sobre el escritorio de una residente agotada.
—Gracias, doctora Jennie...
—No me agradezcas. Si te desmayas en una cirugía, tendré más trabajo.
Todos rieron.
Pero apenas cruzaba las puertas del quirófano, esa calidez desaparecía.
—Ese instrumental está mal colocado.
Silencio.
—¿Cuántas veces debo repetir que aquí no acepto errores?
Su voz era firme, elegante y fría.
Nadie se atrevía a responder.
No gritaba.
No humillaba.
Pero su mirada bastaba para que cualquier interno corrigiera inmediatamente sus fallas.
Era exigente porque sabía que un pequeño error podía costar una vida
.
Muchos la admiraban.
Muchos le tenían miedo.
Y prácticamente todos estaban enamorados de ella.
Sin embargo, Jennie jamás prestaba atención.
Cada invitación a cenar era rechazada.
Cada intento de conquistarla terminaba con la misma respuesta.
—Lo siento. Mi trabajo es mi prioridad.
No era arrogancia.
Simplemente... no tenía tiempo.
Su agenda comenzaba a las cinco de la mañana y terminaba pasada la medianoche.
Una noche, mientras revisaba expedientes en su oficina, un colega se acercó con una sonrisa confiada.
—Doctora Jennie... ¿Le gustaría salir a cenar conmigo este fin de semana?
Jennie ni siquiera levantó la vista de los documentos que estaba leyendo.
—No.
El médico soltó una risa nerviosa.
—Solo sería una cena.
Jennie firmó el último expediente y, por fin, lo miró con su habitual expresión serena e imperturbable.
—No tengo tiempo para tonterías.
El silencio se apoderó de la oficina.
—Mi tiempo está destinado a mis pacientes y a mi trabajo. Si eso era todo, puede retirarse.
El colega asintió con una sonrisa incómoda y salió de la oficina.
Cuando la puerta se cerró, Jennie volvió a concentrarse es los expedientes como si aquella conversación nunca hubiera ocurrido.
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Cuando el Deber se Enamora (G!P)
Hayran KurguLa vida de Jennie Kim siempre ha estado guiada por una sola prioridad: su profesión. Reconocida como la mejor doctora del hospital, brillante, disciplinada y exigente, dedica cada minuto de su vida a salvar pacientes. Para ella, el amor no es más qu...
