25 años antes
Era el Día de la República, un festivo que siempre traía consigo la pesada sombra de las tradiciones y la inquebrantable lealtad familiar. El reloj marcaba la medianoche cuando Carina, la partera de los Casini, llegó al caserón con una discreción que delataba su experiencia en asuntos delicados. Carina no era una simple partera; era una figura casi sagrada en la familia, un eslabón crucial en la cadena de secretos y legados que sostenía el imperio de los Casini. Esa medianoche, la atmósfera en la villa estaba cargada de algo más que el calor del verano. En el aire flotaba la tensión de un parto que no solo significaba una nueva vida, sino también un nuevo capítulo en la historia de poder y traición que definía a los Casini.
Don Vittorio, el patriarca, observaba desde el balcón. Sabía que ese día sería recordado no solo por el nacimiento de sus hijos, sino por lo que ese niño representaría: una pieza más en el tablero donde se libraban las verdaderas batallas de la familia. Mientras Carina desaparecía tras las puertas del dormitorio, el resto de la casa parecía contener la respiración. Nadie se atrevía a hablar en voz alta, como si cada palabra pudiera cambiar el curso de los acontecimientos. Afuera, los ecos lejanos de las celebraciones nacionales eran un recordatorio cruel de un mundo que no tenía idea de los dramas que se gestaban tras esas paredes.
Para los Casini, aquel Día de la República no sería uno más. Y Carina, como tantas otras veces, sería testigo de un momento que quedaría grabado para siempre en la memoria de la familia.
—Son dos varones —dijo Carina, su voz temblando apenas lo suficiente como para delatar su incertidumbre—. Pero uno nació muy débil. La probabilidad de que muera en los próximos días es alta.
El silencio que siguió fue tan pesado como el aire de aquella tarde sofocante. Don Vittorio se levantó lentamente de su silla, cada movimiento calculado, cada gesto impregnado de autoridad. Se acercó a la ventana.—No lo hagamos esperar —dijo al fin, sin volverse—. Deshazte de él y deja al fuerte. Necesito un descendiente que sea como un roble, Carina. No hay lugar en esta familia para los débiles.
Carina tragó saliva, pero no dijo nada. Sabía que discutir con Don Vittorio no era solo inútil, sino peligroso. Había aprendido hace mucho que el deber no siempre era una elección, sino un peso que debía cargar sin titubear.
—Haré lo necesario, Don Vittorio —respondió finalmente, su voz firme, aunque su corazón tamborileaba contra su pecho.
El patriarca asintió, aún sin mirarla. Para él, era simple. La fuerza era la única moneda que valía algo en su mundo, y solo los que podían sostener su legado merecían un lugar bajo el apellido Casini. Carina caminó por el corredor principal, sus pasos resonando contra las baldosas como un reloj que marcaba el destino del recién nacido. Al llegar a la entrada, le indicó a uno de los guardias de Don Vittorio que la llevara al puerto. No hubo preguntas. En la casa de los Casini, nadie pedía explicaciones cuando las órdenes venían de quienes portaban el peso de los secretos de la familia.
Durante el trayecto, mientras el carro avanzaba por las calles adoquinadas, Carina no pudo evitar sentir un peso insoportable en el pecho. La compasión era un lujo peligroso, lo sabía. Pero también sabía que el niño que sostenía entre sus brazos no había pedido nacer débil ni en una familia donde la debilidad era una sentencia de muerte.
Carina bajó del carro, sus pasos apresurados mientras se dirigía al despacho del hombre que podría ayudarla: su esposo. Francesco Bernalli, era un hombre de expresión seria y mirada introspectiva. Su cabello, ya teñido de canas, hablaba de experiencia y años dedicados a responsabilidades importantes. Su bigote, cuidadosamente arreglado, le daba un aire de autoridad discreta. Vestía con formalidad, con una chaqueta gris y una corbata en tonos oscuros que destacaban su profesionalismo y la atención al detalle. Su semblante reflejaba serenidad, pero también una carga emocional que parecía indicar que estaba acostumbrado a lidiar con decisiones difíciles. Aunque no irradiaba dureza, su postura y expresión transmitían firmeza, como alguien que sabe mantener la compostura bajo presión. —Carina, amor. —dijo Francesco, mientras abría la puerta—. No esperaba verte. Ella no perdió tiempo en formalidades. Se acercó con el bebé envuelto en mantas y lo colocó suavemente sobre el escritorio de madera desgastada.
—Francesco, este niño necesita un hogar. No puedo decirte mucho, solo que si lo cuidas, estarás salvando una vida.
Francesco miró al bebé con una mezcla de sorpresa y ternura, como si en ese instante comprendiera que su vida, tan vacía de propósito, acababa de llenarse con una responsabilidad que nunca había esperado.
—¿De quién es? —preguntó, aunque su tono sugería que ya sabía que no obtendría una respuesta.
—No preguntes, Francesco. Por favor. Sólo cuídalo como si fuera tuyo.
Él asintió lentamente, sus ojos clavados en el niño. Carina sabía que Francesco no rompería su palabra. Era un hombre sencillo, pero su lealtad y su sentido del deber eran inquebrantables.
CITEȘTI
Amore 600
Dragoste«Deshazte de él. No hay lugar en esta familia para los débiles.» En la villa de los Casini, el poder se hereda con sangre y los secretos se entierran junto a quien los conoce. La noche en que nacen dos gemelos, Don Vittorio dicta una sentencia: el f...
