Las cosas que uno no dice

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Nunca me gustó Caracas.
Y eso era algo que jamás decía en voz alta porque en esta ciudad la gente defendía su tierra incluso cuando la tierra les rompía el corazón todos los días.

Pero a mí Caracas me agotaba.
Me agotaban las bocinas desde temprano, las calles llenas incluso antes del amanecer, los edificios grises, las noticias tristes sonando desde televisores ajenos, el aire pesado, la sensación constante de que todos estaban sobreviviendo en lugar de vivir.

A veces sentía que la ciudad respiraba encima de uno.
Como una mano apretando lentamente el pecho.
Abrí los ojos antes de que sonara la alarma. Otra vez.

Últimamente dormir bien se había convertido en un recuerdo lejano.
Giré la cabeza hacia la ventana. Todavía estaba oscuro, aunque las luces de algunos apartamentos seguían encendidas a lo lejos. Caracas nunca descansaba del todo. Siempre había alguien despierto. Alguien discutiendo. Alguien trabajando. Alguien llorando probablemente.

Me quedé mirando el techo unos segundos.
Luego suspiré.
5:12 a.m.
Perfecto.
Otra mañana donde mi cerebro decidió despertarse antes que mi cuerpo.

Me senté despacio en la cama y me recogí el cabello con una liga que encontré perdida entre las sábanas. El ventilador giraba haciendo un ruido extraño, como si estuviera cansado de existir.
Yo también me sentía así a veces.
Agarré el teléfono.

Nada nuevo.
Ni mensajes.
Ni resultados.
Ni milagros.
Solo ansiedad.

La palabra "medicina" apareció otra vez en mi cabeza apenas desbloqueé la pantalla.
Siempre aparecía.
Era como una canción repetida desde hacía años.

Desde pequeña había querido estudiar medicina. No recordaba haber querido otra cosa jamás.

Mientras otras niñas cambiaban de sueño cada seis meses, el mío seguía intacto incluso ahora.
Doctora.

Solo que últimamente ese sueño comenzaba a sentirse demasiado lejos.

Entrar a medicina en Caracas era casi imposible si no eras prácticamente un robot académico diseñado en laboratorio. Y aunque mi promedio era bueno... no era suficiente para garantizar nada.

Y yo estaba cansada de vivir sintiendo que mi futuro dependía de un número.

Cerré los ojos un momento.
No quería pensar en eso tan temprano.

Entonces escuché un golpe en la puerta.
-Esther.
La voz de mi mamá.
-¿Sí?
-¿Estás despierta?
Miré el reloj otra vez.
-Lamentablemente.
Ella soltó una pequeña risa del otro lado.
-Ven a desayunar antes de que Matías se coma todo.

Abrí la puerta y el olor a café recién hecho me golpeó de inmediato.
Hogar.
Eso sí me gustaba.
No Caracas.
La casa.

Mi mamá caminaba por el pasillo acomodándose el cabello todavía medio dormida. Siempre había algo tranquilo en ella incluso cuando estaba cansada. No sabía cómo hacía.

A veces pensaba que las mamás escondían magia en algún lugar secreto.
La seguí hasta la cocina.
Y ahí estaba Matías.
Sentado como rey absoluto de la desgracia ajena, comiéndose una arepa mientras veía videos en el teléfono.

Levantó la mirada apenas me vio.
-Buenos días, enana.
Me detuve en seco.
-Mides tres centímetros más que yo y ya te crees jugador de la NBA.
-Cuatro centímetros.

-Te voy a lanzar por el balcón.
Sonrió orgulloso.

Mi hermano tenía ese talento especial de molestarme desde las seis de la mañana sin esfuerzo alguno.

Era menor que yo, pero absurdamente más alto. Y le encantaba recordármelo cada vez que podía. A veces apoyaba el brazo sobre mi cabeza solo para fastidiarme.

Dónde Dios me llevo Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora