La Chica del Cartel

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El papel de despido temblaba entre sus dedos como una hoja seca a punto de quebrarse. Lucas lo había leído siete veces, como si en alguna repetición las palabras pudieran cambiar: "Lamentamos informarle que su puesto ha sido eliminado debido a reestructuración interna". Una forma elegante de decir que ya no servía para nada.

Con veintitrés años, un título en administración que no servía ni para limpiarse los zapatos del jefe que lo despidió, y una cuenta bancaria que marcaba menos de mil pesos, Lucas caminaba por las calles de la ciudad sintiendo que el suelo se hundía bajo sus pies. El siguiente mes de renta vencía en doce días. El refrigerador tenía dos huevos, medio kilo de frijoles y una tortilla que empezaba a mostrar signos de historia antigua.

Su celular vibró. Valeria.

—¿Lucas? ¿Estás bien? Publicaste algo raro en Instagram... ¿"El fin del mundo llegó hoy"?

Suspiró. Su mejor amiga desde la preparatoria, la única que seguía a su lado después de que su exnovia huyera con el vago del gimnasio, la única que le prestaba dinero sin preguntar cuándo se lo devolvería.

—Me despidieron, Vale.

El silencio del otro lado duró solo tres segundos.

—¿Dónde estás? Voy por ti. No discutas, te conozco, ibas a decir que no te preocupes, pero ya pedí el Uber.

Veinte minutos después, Valeria lo abrazaba frente a un café que claramente no podía pagar, pero ella insistió en invitar. Su amiga era una de esas mujeres que parecían tener la vida resuelta a los veinticuatro: trabajaba como coordinadora de eventos deportivos, ganaba bien, vivía sola en un departamento que a Lucas le parecía de lujo. Morena, de cabello ondulado siempre perfecto, con esa seguridad que solo tienen las personas que nunca han tenido que pedir limosna en las esquinas de su propia dignidad.

—Tengo una idea —dijo Valeria, después de que él terminó de contar los detalles sórdidos de su despido—. Y antes de que digas que no, quiero que pienses en tu renta, en tu comida, y en que me debes tres mil pesos del mes pasado que no me has pagado.

Lucas arqueó una ceja.

—Tengo un evento de boxeo el próximo sábado. Falta una chica para llevar los carteles de los rounds.

—¿Una chica? —Lucas casi escupió el café—. ¿Yo? ¿Una de las que salen con los carteles? ¿EN TRAJE DE BAÑO?

—No en traje de baño, exagerado. Es boxeo de alto nivel, usan bodys ajustados, sí, pero no es un concurso de belleza. El uniforme es elegante: enteriza de licra con los colores del patrocinador, zapatillas blancas, cabello recogido, maquillaje discreto. Subes al ring, muestras el número del round, sonríes, bajas. Fin.

—Vale, soy hombre.

—Eso es corregible.

Lucas la miró como si le hubiera sugerido volar a la luna en bicicleta.

—Escúchame bien —Valeria se inclinó sobre la mesa, su voz bajó a un susurro urgente—. La agencia de modelos de ring que contratamos tiene seis chicas. El contrato exige siete. Una renunció ayer porque le ofrecieron un trabajo de modelo en Miami. Si no encontramos una séptima para el sábado, pierden el contrato, la productora me multa a mí, y la agencia entera se queda sin su principal fuente de ingresos. Esa agencia tiene seis chicas que dependen de ese trabajo para comer. ¿Entiendes?

—¿Y por qué no contratan a otra agencia?

—Porque el patrocinador exige que sea esta agencia específica por un tema de imagen corporativa. Ya firmaron. Es esta agencia o ninguna, y si es ninguna, el evento se cancela, pierdo mi bonus anual, y quedo como una incompetente. Así que sí, Lucas, necesito que seas modelo de ring por una noche.

De Contador a.. ¡¿¡EDECAN?!?Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora