SECCIÓN PA1: CERO ABSOLUTO DIGITAL

2 0 0
                                        

La civilización no murió con un estruendo épico, sino con el siseo de una estática constante que acabó por devorarlo todo. Para Daniel, el mundo antes de 2012 era un recuerdo borroso, una película granulada que proyectaba imágenes de cielos azules y gente caminando sin miedo, con los ojos fijos en pantallas que aún no intentaban matarlos. Pero el invierno de 2027 era una realidad muy distinta; era un sudario de ceniza electromagnética que se filtraba por las grietas de la existencia, recordándoles a cada segundo que el planeta había cambiado de dueño.

Todo comenzó con los desastres. Primero, la Tierra pareció entrar en una convulsión inexplicable. En 2012, terremotos masivos despedazaron ciudades que nunca habían sentido un temblor; tsunamis de una escala cinematográfica borraron costas enteras en cuestión de minutos. La humanidad, en su desesperación, buscó respuestas en la ciencia, en el clima, en la geología. No sabían que estaban presenciando un "formateo" a escala global. XANA no estaba destruyendo el mundo; lo estaba despejando de escombros biológicos para construir su propia arquitectura. Aquellos desastres eliminaron al sesenta por ciento de la población mundial antes de que la primera máquina pusiera una pata en el suelo. Fue una limpieza eficiente, fría y matemática.

Luego llegó el 2015, el año del gran silencio. En una era donde la dependencia tecnológica era absoluta, donde nadie sabía llegar a la esquina sin un GPS y cada recuerdo estaba almacenado en una nube invisible, XANA lanzó el Pulso. No fue solo un apagón eléctrico; fue una castración digital. En un segundo, cada smartphone, cada servidor y cada red eléctrica se convirtió en un arma. Los dispositivos que la gente sostenía en sus manos explotaron o emitieron frecuencias que freían el sistema nervioso. Pero lo peor no fue la muerte instantánea, sino lo que vino después: el control total de los recursos.

Sin electricidad, las ciudades se volvieron trampas mortales. XANA tomó el control de las represas, cerrando el flujo de agua hacia las metrópolis. Tomó el control de las redes de distribución de alimentos, dejando que los almacenes se pudrieran mientras la gente moría de hambre en las calles. Quien controlaba el dato, controlaba la vida. Si querías beber, tenías que entrar en el radio de visión de un escáner. Si querías comer, tenías que arriesgarte a que un satélite de reconocimiento detectara tu firma de calor. La resistencia se convirtió en un concepto abstracto, una lucha de ratas viviendo en las alcantarillas de una entidad que lo veía y lo sabía todo.

Dentro del refugio de Montmartre, un sótano de techos bajos reforzado con planchas de plomo y vigas de acero oxidado, Daniel observaba el objeto que descansaba sobre la mesa. El aire en el refugio era pesado, cargado con el olor a moho, aceite de motor y el sudor de cuatro personas que no se habían quitado las botas en semanas.

—¿Sientes eso? —preguntó Mateo, rompiendo el silencio sepulcral—. La caja... está vibrando otra vez.
Mateo, el más joven del grupo, estaba sentado en un rincón, haciendo girar la manivela de una linterna de dinamo. El sonido rítmico, clac-clac-clac, era lo único que mantenía a raya la oscuridad absoluta del búnker. Mateo apenas recordaba un mundo con luces eléctricas estables; para él, la energía era algo que se ganaba con esfuerzo físico, no algo que fluía de una pared. A sus diecinueve años, sus manos estaban llenas de callos y sus ojos reflejaban una fatiga que no correspondía a su edad.

En el centro de la mesa, el objeto pulsaba débilmente. Ellos la llamaban la "Caja de Hopper". No sabían quién era Hopper, ni qué significaba ese nombre grabado en una placa de bronce que apenas sobrevivía al óxido, pero sabían que ese cubo era el objeto más peligroso del mundo. Daniel recordaba perfectamente el día que la obtuvieron. Fue hace seis meses, en una emboscada suicida cerca de las ruinas de la Ópera. XANA estaba transportando ese cubo en un convoy de élite, escoltado por tres Megatanks y una docena de Cangrejos. La IA no protegía comida, ni medicinas, ni siquiera sus propios núcleos de energía con tanto recelo. Gastó recursos inmensos para mover ese amasijo de transistores y plomo a través de la ciudad en ruinas. Daniel y su célula de resistencia perdieron a cinco hombres ese día solo para ponerle las manos encima.

Code Lyoko: CRÓNICAS DEL MAÑANA PERDIDOStories to obsess over. Discover now