Capítulo 1: Error en el algoritmo

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Estábamos en medio del campus, y mi Gibson y yo -junto a los chicos- éramos un espectáculo glorioso. "THE ROCKYOU", así nos hacíamos llamar. Al principio solo era ruido y distorsión por diversión, pero de pronto se convirtió en algo real. Empezábamos a tener un nombre, una carrera, una gravedad propia que atraía a la gente.

​Aún recuerdo ese primer concierto oficial. Estaba tan jodidamente nervioso que tuve que obligar a mi cerebro a procesar ecuaciones y algoritmos para no colapsar. Yo era un puto genio, y no me molestaba en absoluto decirlo en voz alta; los números no mienten, las personas sí.

​Desde el escenario, entre la marea de rostros anónimos, una cabellera rubia empezó a volverse una constante. Pensé que era un fan, nuestro primer seguidor fiel, pero la realidad era mucho más complicada.

​Después del show, nos encerramos tras las bambalinas para soltar la adrenalina. Y ahí apareció él.

​Era delgado, demasiado rubio y, sobre todo, demasiado ruidoso para mi gusto.

​-Quiero decirles que me encantan. Los sigo desde que empezaron -dijo, y la forma en que le hablaba a Hoseok, con esa confianza desbordante, me puso los pelos de punta de inmediato.

​-Gracias -respondió Hoseok, envolviéndolo en un abrazo.

​Tan confianzudo, pensé, sintiendo una punzada de irritación que no supe clasificar. Yoongi chocó los puños con él con una sonrisa, pero yo simplemente me dediqué a ignorarlo, concentrado en guardar mi equipo.

​-No te molestes con él... es así, un hombre de pocas palabras -trató de excusarme Hoseok, notando mi silencio sepulcral.

​-Eso no es verdad -interrumpí, clavando mi mirada en el rubio por primera vez-. Solo me molesta la gente ruidosa.

​Así comenzó mi calvario personal.
​Ese chico estaba en todos lados: en todos los conciertos, en cada backstage, en los pasillos de la facultad. No había forma de sacarlo de nuestra órbita. Me gustaba mi equipo de tres; no éramos cuatro, éramos un sistema cerrado de tres puntos, y él era la variable externa que me volvía loco.

​Pero había una parte de mí, una que me negaba a admitir incluso frente al espejo, a la que le fascinaba pelear con él. Se convirtió en mi dulce del día, en mi prioridad absoluta: hacerlo enfadar para ver cómo sus ojos chispeaban.

​Nuestra distancia siempre se limitaba a un paso, o a veces a mucho menos. Su aroma a vainilla empezó a filtrarse en mis pensamientos durante mis tardes fuera del campus, una frecuencia que no podía sintonizar pero que extrañaba si desaparecía. Tenía una libreta llena de bocetos de canciones que no compartía con nadie; letras donde ya no hablaba de la sociedad o la rebeldía, sino de algo mucho más peligroso.

​Empecé a escribir canciones de amor.

​Arrugué cientos de hojas. Muchas terminaron en la basura, mientras me recriminaba a mí mismo por fijarme en él. Jimin era todo lo que yo odiaba: no tenía una estructura clara en su vida, parecía no tener planes más allá de perseguirnos. No tenía lógica.

​Sin embargo, en cada presentación, mis ojos lo buscaban de forma automática. Rezaba internamente para que me mirara a mí, solo a mí. Era una sensación extraña y aterradora sentirme en paz únicamente cuando sus ojos se encontraban con los míos mientras coreaba nuestras canciones.

​Siempre me había parecido un torpe... pero ahora, me resultaba mucho más atractivo que torpe. Y me odiaba profundamente por no poder encontrar un algoritmo que me explicara por qué.

Mi versión de ti -kookmin JikookStories to obsess over. Discover now