Takashi conoció a Zoro cuando pensó que la vida se le estaba acabando. Zoro conoció a Takashi cuando pensó que la vida estaba acabando de empezar.
🌊 a Zoro's live action fanfiction
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Pero la verdad es que sigo enojada. Más de lo que me gustaría admitir.
Takashi se vio en el espejo por última vez, antes de salir de su casa, y se limpió las pocas lágrimas que le quedaban en el borde de las mejillas. Se acomodó los lentes en la cara y respiró con fuerza: ya no hay nada qué hacer, se repitió, con una convicción que le rasguñaba el pecho, y así salió por fin.
Los rayos del sol matutino le abrazaron el cuerpo y no supo si estaba agradecida o con ganas de gritarle a todos. Caminó con una velocidad rara en ella hasta el acceso al puerto que la dejaba en el ferry. Pensó en qué podría hacer para quitarse el dolor del pecho que no la dejaba estar en paz pero no encontró la respuesta, al menos no por el momento. Se abrazó a sí misma cuando un fuerte viento, característico de la orilla del mar, azotó con fuerza y le produjo en escalofrío en la espalda.
Abordó después de enseñar su pase, con su nombre y su foto, y se quedó mirando su identificación de pasajera subsidiada por un buen rato: se la había tomado a los dieciocho, cuando empezó su pasantía en el diario. En ese entonces aún tenía un par de mechones lilas y una perforación en la nariz que, según su jefa, la hacía parecerse a los pescados toro. Aún usaba los lentes de pasta transparente y, según recordaba, aún no había tenido su primera cirugía.
Pasó saliva para tratar de deshacerse del nudo en su garganta y guardó el pase entre sus cosas para ver si con eso lograba esconder también los recuerdos de su adolescencia tardía.
Centró su vista en el mar, una vez alcanzó un lugar vacío, y empezó a llorar de nuevo. Lloró tanto que ninguna de las personas en el ferry se atrevió a pronunciar una sola palabra, o si quiera acercarse a preguntarle si estaba bien. Lloró en silencio, como estaba acostumbrada desde hacia años, con los ojos fijos en el curso de las olas, parpadeando tan pocas veces que tuvo la oportunidad de ver a una ballena jorobada a lo lejos, por una pequeña fracción de segundo.
Lloró tanto que creyó ser capaz de llenar el mar entero con gotas igual de espesas y saladas. Tanto, que sintió que el pecho se le convertía en un durazno al que de a poco iba dejando sin jugo y lo dejaba reducido a un hueso duro y seco que le lastimaba todo el cuerpo. La tristeza le pareció tan profunda como la fosa más grande del mundo, y el malestar en el cuerpo le recordó a los días de enfermedad mortal que vivió antes de mudarse con sus padres y su hermana. Se abrazó a sí misma de nuevo, porque el aire era frío, porque la brisa le llegaba a la cara como pequeños alfileres y porque, simplemente, se sentía como un saco de huesos incapaz de todo lo humano.
Entonces, entre lágrimas espesas y una vista borrosa por culpa de los lentes empañados, alcanzó a ver a un hombre de cabellera verde, sentado hasta el otro extremo del ferry. Él había subido después de ella, seguro, pero lo raro era que no se había dado cuenta de que estaba sentado allí desde el inicio del trayecto.
Estaba como pasmado, mirándola con asombro, curiosidad y pena.
A Takashi le pareció casi grosero, pero no dijo nada. No había nada que decir.
Le sostuvo la mirada hasta que él decidió apartarla, y sorbió una vez que estuvo segura de que ya no la veía. Entonces siguió llorando.
Tal vez, por estar tan triste, no se pudo imaginar qué podría ser capaz de desatar una sola mirada.