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El viento susurraba entre los rostros esculpidos en piedra. Ryousei, de apenas siete años, estaba sentado sobre el borde del rostro del cuarto Hokage, balanceando las piernas en el aire. A su lado, Hiruzen Sarutobi observaba el horizonte con la mirada serena y cansada.
—¿Por qué la gente mira a Naruto como si fuera... peligroso? —preguntó el niño de pronto, sin quitar la vista de la aldea.
Hiruzen giró el rostro hacia él. No había juicio en la pregunta, solo una preocupación genuina. Observó a su nieto por un momento, y en su interior sintió una chispa. Algo que le recordó por qué amaba tanto ese lugar.
—A veces...las personas temen lo que no entienden. Y se les olvida mirar con el corazón — respondió con calma.
Ryousei frunció los labios, pensativo.
—Yo no quiero ser así.
—¿Ah no?
—No, yo protegeré a Naruto.
Hiruzen sonrió. Silenciosa y profundamente. No dijo nada más. Solo se volvió hacia su nieto, lo observó en silencio, su semblante tranquilo le recordaba a su hija. Su voluntad vibraba sobre todo.
No había nada más que hablar. Para el anciano, todo estuvo claro desde un principio.
Metió la mano en su túnica y sacó una pipa de madera gastada, pero cuidada. Ryousei la miró curioso cuando se la tendió, pero no quiso preguntar.
La sostuvo entre sus manos unos minutos, como si fuera algo más grande de lo que aparentaba.
—¿Para mí?
—Sí—dijo Hiruzen, con una mirada suave, casi melancólica—. Guárdala bien.
Y no explicó más.
El castaño asintió. No comprendía del todo el gesto de su abuelo, pero sintió su peso. Quizás, algún día vaya a entenderlo.
Quizás...
Hiruzen lo siguió observando, en ese pequeño cuerpo vibraba algo antiguo.
No especialmente poder, ni ambición.
Era voluntad.
Y el Tercer Hokage lo supo, sin necesidad de palabras, que mientras existieran niños capaces de cumplir una promesa, Konoha seguiría en pie por mucho tiempo.