Prólogo: El Juramento del Demonio

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​El aire en las cumbres del Himalaya siempre tenía un sabor metálico, a sangre y a nieve vieja. Para cualquier otro niño de diez años, aquel frío sería insoportable, pero para Damian al Ghul y Marinette, era simplemente el peso de su herencia.
​Sus katanas chocaron, desprendiendo chispas que iluminaron brevemente el patio de entrenamiento. Ella era rápida, una ráfaga de seda azul; él era implacable, el heredero de la sangre. Al terminar la práctica, Damian no guardó su arma de inmediato. Se acercó a la niña, cuya respiración era lo único que rompía el silencio sepulcral de la fortaleza.
​—Mi abuelo dice que el mundo es un tablero, Marinette —dijo él, su voz cargada de una madurez aterradora para su edad—. Y yo soy el jugador. Pero un rey no gobierna solo.
​Él tomó la mano de la pequeña, apretándola con una fuerza que rozaba la posesión. Sus ojos verdes, brillantes como esmeraldas malditas, se clavaron en los azules de ella.
​—Te lo prometo aquí, bajo los ojos del Demonio: cuando reclame mi puesto como Cabeza de la Liga, tú estarás a mi lado. Serás mi esposa. Serás la madre de mis hijos. Nuestro linaje será el único que importe.
​Marinette asintió, atrapada por la intensidad de un niño que no conocía el significado de la palabra "no".
​Semanas después, el fuego lo devoró todo. Deathstroke atacó, Ra's al Ghul cayó, y sus caminos se bifurcaron violentamente. Damian fue enviado a las calles grises de Gotham para vivir con un padre que apenas conocía: Bruce Wayne. Marinette, dada por muerta entre los escombros, logró escapar hacia el corazón de Francia, adoptada por los Dupain-Cheng y rebautizada bajo la luz de una panadería.
​Ella pensó que el pasado se había quemado. Él sabía que el pasado solo estaba esperando su momento.
​Cinco años después, en el despacho de la Mansión Wayne, un Damian de quince años cerraba un expediente secreto. En la pantalla, una foto borrosa de una chica de coletas azules en una escuela parisina brillaba en la oscuridad.
​—Te encontré, mi ángel —susurró Damian, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Es hora de que cumplas tu promesa.

El Pacto de Hierro y la Caída del DemonioStories to obsess over. Discover now