A puerta cerrada, en alguno de los interminables pasillos de la extensa base de la UNHRDO, se filtraban débiles sonidos y quejidos provenientes de la oficina del recién nombrado instructor, Ilay Riegrow. En el interior del espacioso despacho, la iluminación era tenue. Ubicado varios niveles bajo el suelo, sin el menor resquicio de luz solar, el lugar presumía una decoración minimalista y blanca, de una frialdad casi clínica. El piso de porcelanato blanco, firme pero gélido al tacto, se combinaban con paredes de acabado liso y colores neutros; un ambiente sin vida, desabrido y repetitivo.
Como punto focal, cerca de la entrada, se erguía un imponente escritorio moderno de madera de ébano que llegaba hasta el suelo, bloqueando cualquier mirada indiscreta hacia su parte inferior. Era una mancha oscura en medio de aquel mar monótono; una pieza de madera gruesa y tratada con maestría que denotaba el inmenso presupuesto de la organización.
Aprisionado entre el gran escritorio y los muslos de Ilay se encontraba Jeong Taeui. Arrodillado sobre el frío suelo, sentía un entumecimiento persistente en las piernas, pero el único sonido que cobraba importancia era el de sus propias respiraciones, agitadas y entrecortadas. Su figura quedaba completamente eclipsada por el cuerpo del hombre que lo observaba desde arriba, proyectando una sombra densa sobre él.
En esa penumbra, donde la luz artificial apenas lograba bordear los costados de sus cuerpos, Taeui se sentía como el secreto más sucio de aquel hombre que parecía devorarlo con la mirada. El contraste entre la pulcritud del entorno y la intensidad erótica de su posición hacía que la situación resultara, a la vez, aterradora y emocionante.
Abajo, el espacio estaba saturado por el olor de la anticipación: el aroma del cuero de los zapatos caros de Ilay, el olor a ropa limpia y la persistente colonia amaderada y masculina que siempre lo acompañaba. Las respiraciones calientes y agitadas de Taeui rozaban de manera dulce y tentadora la rigidez cubierta que se erguía frente a su rostro. Tragando saliva con dificultad, con el rostro ardiendo y las pupilas dilatadas, Taeui alzó la mirada hacia Ilay. Una mezcla de vergüenza, irritación y expectación pintaba sus facciones, preguntándose internamente cómo había acabado en una situación tan acalorada con aquel psicópata.
Momentos atrás, mientras caminaba por esos mismos pasillos estériles hacia lo que sabía sería su sentencia, Taeui entró sin llamar para entregar unos papeles. Queriendo o no, Ilay se había vuelto la única constante en su vida dentro de la base; la única persona con la que pasaba el tiempo, pues los demás solo le dedicaban miradas de odio, asco o, en raras ocasiones, de compasión por convivir con semejante monstruo.
Sin embargo, las cosas habían empeorado. Los rumores —que lamentablemente eran ciertos— se extendían como veneno: decían que no era más que otro juguete de Ilay, un calienta-camas, un interesado, su perrita. Había escuchado insultos peyorativos, pero el que más le dolía era el que solía salir de los labios del propio Ilay: "su puta personal". Esas palabras solo aumentaban el sentimiento de miseria y el vacío persistente en su estómago.
Taeui intentaba seguir adelante, fingiendo que no sentía las miradas ni los insultos de sus antiguos camaradas, pero sobre todo, trataba de evitar a Xinlu. No sabía cómo confrontarlo ni cómo sostenerle la mirada después de todo lo que había hecho con Ilay. Ver su rostro dulce lleno de tristeza y traición terminaría de destrozar su ya frágil corazón. Se sentía como si estuviera engañándolo, a pesar de que entre ellos no hubiera más que palabras casuales. Se sentía miserable por ser un hombre débil que sucumbió al placer con aquel monstruo, dejando de lado todo lo demás.
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A WHISPERED SECRET
RomanceEn una oficina de porcelanato gélido y paredes blancas, no hay espacio para el error. Sin embargo, bajo el imponente escritorio de ébano del instructor Ilay Riegrow, Jeong Taeui permanece oculto y arrodillado. Un secreto sucio que late al ritmo de p...
