El primer error fue cerrar la puerta con llave.
El segundo fue dejar a Lucy van Pelt afuera.
—Abre, Schroeder —dijo ella con la impaciencia contenida que ya conocían todos los pasillos de la escuela.
Dentro del salón de música, Schroeder seguía tocando como si el mundo entero se redujera a las teclas bajo sus manos: la puerta, la voz que llamaba, incluso Lucy —esa perturbación humana con carpeta y estrategia— parecían ecos lejanos. Él no volvió la cabeza; tocó una nota limpia, desafiante, como quien responde con una prueba más que con una palabra.
Lucy inspiró. —Cinco —contó en voz baja, midiendo el silencio como si fuera una cuenta regresiva.
El piano subió. —Cuatro. —Tres. La modulación era un bofetón en clave menor. —Dos— y ella empujó la puerta de golpe, entrando con el equilibrio justo entre teatralidad y control.
Schroeder no la miró. No al principio. Tenía la vista fija en la partitura, las comisuras de los dedos sabían exactamente dónde dolía cada acorde.
—No puedes irrumpir así. —dijo sin levantar los ojos.
—No puedes encerrarte así. —Lucy dejó la carpeta sobre la tapa cerrada; el papel deslizó un pliegue y su gesto fue lo bastante calculado como para molestarle.
La luz de la tarde cortaba en tiras sobre el piano y delineaba las manos de Schroeder con una precisión casi cruel. Tocaba a Beethoven, claro, con ese fervor solemne suyo, como si la gravedad del siglo XIX le hiciera compañía. Lucy cerró la puerta detrás de ella con un sonido que pretendía ser definitivo.
—Tenemos un problema —soltó.
—Tú siempre tienes un problema —replicó él, sin ánimo de secretaria escolar.
—Y tú siempre crees que no es tuyo.
Las notas se apagaron; el silencio que vino después fue una cuerda tensada. A los dieciséis, aquella guerra fría entre ellos ya no tenía espacio para juegos: ella interrumpía deliberadamente, él se refugiaba en la música, y entre ambos había un territorio que ninguno quería ceder.
Lucy dejó caer la carpeta sobre el piano como quien planta una bandera. Fue un movimiento pequeño, estratégico. Schroeder la apartó con dos dedos, con la misma desaprobación con la que uno barre una pluma molesta de la mesa.
—No toques la música —dijo él.
—No es la música. Es papel —contestó ella—. Es tinta. El respeto no está en el papel, está en lo que haces con él.
Lo dijo con voz serena, pero la frase era una pequeña bomba. Él la miró por primera vez con atención verdadera, y la mirada le dijo muchas cosas que las palabras aún no se atrevían a pronunciar: cansancio, orgullo, una especie de curiosidad rencorosa.
—El comité de otoño quiere algo serio este año —anunció Lucy—. Algo que no parezca hecho por gente a la que le da miedo sentir.
—Entonces no deberían haberte puesto a cargo —respondió él, seco. La frase le caló.
—Soy la coordinadora general —dijo ella, clavándole los ojos—. Y tú eres el director musical.
Schroeder se quedó rígido. —No acepté.
—No te preguntaron —sonrió Lucy con esa seguridad que más que dulce resultaba intimidante—. No trabajo bajo órdenes.
—Perfecto. Yo tampoco.
Se quedaron tan cerca que casi podían olerse: él a partituras y café frío; ella a lápiz, a plan trazado con firmeza. Hubo un instante en el que el mundo pareció reducirse al borde del piano, a la tapa cerrada, a esa línea invisible que ambos temían cruzar.
—No voy a convertir a Beethoven en banda sonora para adolescentes confundidos —dijo él, cada palabra medida, como un metrónomo con filo.
—Y yo no voy a permitir que uses a Beethoven como excusa para esconderte del mundo real —replicó Lucy. La frase no buscaba herir; buscaba despertar algo. Y lo consiguió.
Schroeder volvió a tocar, pero esta vez la música cambió: menos pulida, una suerte de desobediencia rítmica, como si él transformara la discusión en sonido. No era Beethoven en sentido estricto; era él. Era una línea nueva, áspera, con cambios de tempo que parecían clavadas de verdad. Lucy se quedó quieta y escuchó, y ese fue su error. Porque en esa progresión había una intención que no cabía en su plan: algo vivo, desordenado, peligroso.
—Eso —murmuró ella, sin darse cuenta de que su voz sonaba demasiado baja.
Él detuvo las manos. —¿Qué?
—Eso no es Beethoven.
—No todo tiene que serlo.
—Exacto.
Se sostuvieron la mirada más tiempo del necesario. No era solo odio; había reconocimiento, el tipo que pone nerviosa a cualquiera. Eran dos piezas del mismo problema: dos concreciones de culpa y talento que no sabían bien dónde dejar al otro.
—Ensayamos mañana —dijo Lucy.
—No he aceptado —replicó él, pero su voz no tenía la dureza de antes.
—Lo harás —aseguró ella.
—¿Por qué estás tan segura? —preguntó, por primera vez interesado en una predicción ajena.
Lucy se inclinó un centímetro, apenas lo suficiente para invadir su espacio sin tocarlo. —Porque odias las cosas mal hechas más de lo que me odias a mí.
Silencio. Peligro.
Schroeder cerró la tapa del piano con un gesto medido. —A las cuatro.
Lucy sonrió. No era una sonrisa amigable; era una promesa envuelta en advertencia. —No llegues tarde.
—Yo no llego tarde —dijo él.
Ella se dirigió a la puerta y, antes de salir, lanzó una última línea sin volverse: —No todo en la vida es una partitura ya escrita.
La puerta se cerró. Schroeder quedó solo con las notas que todavía vibraban en el aire. Permaneció inmóvil, como alguien que repasa una frase que no sabe si tocar otra vez. Fue ahí, en ese silencio que antes les pertenecía a ambos, cuando volvió a la partitura y tocó la secuencia nueva otra vez. La tensó, la hizo más honesta, más suya. No estaba tocando para Beethoven. Estaba tocando contra Lucy.
Y, por primera vez, la idea de ganar la batalla le resultó menos atractiva que la de seguir entrándole a ese conflicto día tras día. Porque la guerra con ella había dejado de ser solo una guerra: era un experimento con demasiada electricidad, un dueto que ninguno estaba dispuesto a soltar por miedo a escuchar en qué terminaba.
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Sinfonía para Dos Orgullos - lucy x Schroeder
Fanfiction🎹 Schroeder y Lucy 🎹 A los dieciséis años, Lucy van Pelt ya no interrumpe recitales por capricho, y Schroeder ya no puede fingir que el mundo termina en un piano y en Ludwig van Beethoven. Cuando el comité escolar los obliga a dirigir juntos el ev...
