Cap 1

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TEMPORADA I: ECOS DE CARMÍN

Capítulo 1: El rumor del mar, pantallas de plata y un paquete de canela

El viento que soplaba desde la bahía de Ciudad Carmín traía consigo una frialdad húmeda y metálica, muy diferente del aire espeso, dulce y cargado de salitre que mecía las palmeras en las costas de Melemele. Kanto tenía una cadencia implacable, marcada por el repiqueteo incesante de zapatos de suela dura sobre el pavimento de granito y la vibración subterránea de los trenes magnéticos que conectaban los distritos comerciales. Los transeúntes caminaban con la mirada clavada en las pantallas delgadas de sus dispositivos portátiles, esquivando mecánicamente a las bandadas de Pidgey y Rattata que buscaban migajas entre las grietas de los adoquines, sin concederles siquiera un segundo de atención.

Ash Ketchum avanzaba sin prisa alguna, marcando un compás pausado con la suela desgastada de sus zapatillas deportivas rojas. Apenas faltaban once días para el uno de octubre, la fecha exacta en la que cumpliría diecisiete años. Siete temporadas completas de marcha continua habían moldeado su fisonomía: sus hombros se habían ensanchado bajo el peso constante de mochilas cargadas de provisiones, sus antebrazos lucían pequeños arañazos secos propios de quien cruza zarzales sin fijarse en el camino, y su piel conservaba un tono tostado y luminoso, testimonio vivo del año entero bajo el sol radiante del archipiélago de Alola. Las dos marcas en zigzag bajo sus ojos marrones parecían resaltar con más fuerza cada vez que una sonrisa franca le rompía la seriedad del rostro.

Sobre su hombro derecho, Pikachu mantenía las patas delanteras firmemente apoyadas en la costura de su camiseta azul, moviendo las orejas de punta negra al compás de cada ruido portuario.

-Pika... chuuu -murmuró el ratón eléctrico, frotando su mejilla tibia contra la visera blanca de la gorra de su entrenador.

«Lo sé, amigo. Da una sensación extraña caminar por aquí después de tanto tiempo», comentó Ash en voz baja, acariciando con la yema del pulgar la base suave de las orejas de su compañero. «En Melemele, a esta hora, el profesor Kukui ya estaría encerando las tablas de surf en el porche y Burnet nos tendría preparado un tazón enorme de fruta fresca con leche de Miltank. Pero Kanto tiene lo suyo... y los puestos de comida del muelle huelen exactamente igual que hace siete años».

Al pasar frente a una sucursal de telecomunicaciones, Ash se detuvo ante un escaparate colosal compuesto por una decena de monitores de alta definición sincronizados. La multitud se agolpaba en semicírculo, murmurando con evidente fascinación ante la retransmisión vía satélite de un especial de la Liga de Hoenn. En la pantalla central, Steven Stone descendía con porte sereno por una escalinata de mármol pulido; a sus espaldas, la silueta titánica y acorazada de su Metagross variocolor flotaba con una quietud aterradora, envuelta en un fulgor índigo de energía psicoquinética que distorsionaba visiblemente el aire a su alrededor. Los comentaristas en el estudio desgranaban adjetivos grandilocuentes a una velocidad vertiginosa: hablaban de «perfección estratégica inmaculada», «el pináculo del intelecto táctico contemporáneo» y «una deidad de acero y mente que ningún aspirante terrenal podría quebrar jamás».

Ash metió las manos en los bolsillos de sus bermudas grisáceas y arrugó la nariz en una mueca de leve disgusto.

Los medios de comunicación corporativos siempre hacían lo mismo. Construían altares de cristal y oro alrededor de los campeones, presentándolos como seres intocables que jamás en su vida habían resbalado en una zanja con barro, quemado una ración de arroz en una fogata nocturna o sentido la garganta seca por el pánico ante un ataque inesperado.

Aun así, contemplar a aquel Metagross plateado le provocó un escalofrío genuino que le erizó los vellos de la nuca. Ash no era arrogante ni ciego. Todavía recordaba con absoluto respeto el frío helado que le atenazó el pecho cuando presenció en vivo el poderío implacable de Cynthia y su Garchomp en las cumbres de Sinnoh, o la elegancia arrolladora, matemática y despiadada con la que Diantha gobernaba el cuadrilátero en Kalos. Aquella élite consagrada pertenecía a un estrato temible donde un parpadeo en falso equivalía a una derrota aplastante. El simple hecho de imaginar a Steven Stone manipulando los campos de gravedad del suelo con un solo gesto bastaba para convencer a Ash de mantener un perfil estrictamente modesto: prefería conservar la cabeza fría, los huesos intactos y la boca cerrada.

Pokemon Viajes: Un vinculo que va mas allaStories to obsess over. Discover now