No hubo campanas cuando Aeron Valen nació.
Tampoco cánticos, ni manos dispuestas a celebrarlo.
La noche estaba cerrada y la lluvia golpeaba los muros del convento como si el cielo intentara borrar el error cometido dentro. La mujer gritó en silencio, apretando la tela de su hábito entre los dientes. No podía permitirse un sonido. No podía permitirse existir.
Cuando el niño lloró por primera vez, ella sintió que Dios la había abandonado.
Aeron nació del pecado.
Y el pecado, en ese mundo, no merecía nombre.
Su madre era una mujer consagrada.
Su padre, un rey que jamás pronunciaría su existencia.
Lo sostuvo apenas un instante. Lo suficiente para memorizar el peso de su cuerpo, la tibieza de su piel, la forma en que sus dedos se cerraban como si ya supiera que el mundo no iba a ofrecerle nada. No lo amamantó más de una vez. No porque no lo amara, sino porque el miedo pesa más que el amor cuando la fe se convierte en amenaza.
Al amanecer, el niño fue arrancado de sus brazos.
Envuelto en telas simples.
Sin bendición.
Sin apellido.
El rey nunca lo cargó.
Nunca preguntó por él.
-Que Dios se haga responsable de su existencia -ordenó-. Yo no lo haré.
Así fue como Aeron Valen creció entre muros sagrados que jamás lo quisieron. El monasterio fue su refugio y su condena. Aprendió a caminar sin hacer ruido, a bajar la mirada antes de que se lo exigieran, a rezar palabras que no comprendía para un Dios que nunca respondió.
Los monjes lo llamaban el recogido.
Nunca hijo.
Nunca hermano.
Desde pequeño supo que había algo defectuoso en él. No sabía qué, pero lo sentía en cada mirada esquiva, en cada castigo desmedido, en cada silencio cargado de desprecio. Le decían que Dios lo observaba. Que lo probaba.
Si era así, Dios jamás fue misericordioso.
A los doce años descubrió el deseo.
No como algo dulce, sino como una llama prohibida que le quemaba la piel desde dentro. Fue una mano que tardó demasiado en apartarse. Una mirada sostenida más allá de lo permitido. Un roce mínimo que despertó una necesidad que nadie le había enseñado a nombrar.
El castigo fue brutal.
El silencio, eterno.
-Hay demonios que nacen en la carne -le susurraron-. Y tú debes aprender a dominarlos.
Pero nadie le enseñó cómo.
A los diecisiete años, el rey volvió a recordarlo.
No con amor.
Con vergüenza.
La orden llegó sin ceremonia: Aeron debía abandonar el monasterio. No por compasión, sino porque su presencia se había vuelto incómoda. Un rumor. Un error que empezaba a notarse demasiado.
Fue enviado a un castillo lejano, casi en ruinas, rodeado de bosques espesos y caminos olvidados. Un lugar donde su existencia no incomodara ni a Dios ni a los hombres.
Allí, por primera vez, estuvo solo.
Las noches eran largas. El frío se filtraba por las piedras. Y los recuerdos -pocos, fragmentados- se mezclaban con sueños densos, poblados de sangre, rezos y un rostro femenino que jamás había visto... pero que sentía conocer.
Aeron aún no sabía que el amor lo encontraría.
Ni que lo perdería.
No sabía que de esa pérdida nacería algo que no pertenecía ni al mundo de los vivos ni al de los redimidos.
Solo sabía una verdad, grabada a fuego desde la infancia:
Todo lo que tocaba, terminaba roto.
YOU ARE READING
Aeron Valen
VampireAeron Valen nació de un pecado prohibido. Hijo ilegítimo de un rey y de una mujer consagrada a Dios, creció entre rezos y castigos, aprendiendo que el deseo es culpa y que amar siempre tiene un precio. Expulsado del monasterio por un escándalo que n...
