La chica que casi se cae.

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La primera vez que la vi casi se cae de cara al suelo… y yo casi me enamoro en el intento.

Era un partido de vóley del secundario. Nada importante. Gritos, zapatillas chillando contra el piso del gimnasio y compañeros jugando como si estuviéramos en una final mundial. Yo estaba en la cancha, pero mi atención se fue a otro lado cuando la vi entrar.

Pelo negro, largo, un poco despeinado, como si el viento siempre estuviera de su lado. Caminaba mirando el celular y, en un paso torpe, su zapatilla se enganchó con el borde del piso. Su cuerpo se inclinó hacia adelante en una caída que no pasó… pero estuvo cerca.

Se acomodó el pelo con una mano, miró alrededor para comprobar si alguien había notado su torpeza… y se rió sola.

Ahí fue.

No sabía su nombre. No sabía de qué curso era. No sabía nada. Pero su risa me dejó con una sensación extraña quería volver a escucharla.

—¿Te gusta mi amiga? —me dijo una chica rubia que apareció al lado mío como si hubiera estado leyendo mis pensamientos.

—Me parece linda… —respondí, intentando sonar normal.

—Si querés te paso su Instagram.

Y así, con una frase casual, empezó algo que ninguno de los dos sabía que iba a durar años.

La seguí esa misma noche.

No me devolvió el follow.

Pasaron semanas. Después meses. Yo subía poemas, frases que escribía de madrugada cuando no podía dormir. La vida siguió su ritmo… hasta que un día llegó la notificación:

Alba comenzó a seguirte.

Me quedé mirando la pantalla como si el celular acabara de latir entre mis manos.

No hablamos mucho al principio. Reacciones a historias. Algún comentario suelto. Respuestas cortitas que, de a poco, se fueron estirando. Hasta que un día me animé y la invité a salir.

Habían pasado años desde aquel partido. No sabía si ella siquiera recordaba a ese chico al que le gustaba escribir por hobby. Pero decidí no esperar más. No iba a dejarlo en “algún día”. Era ahora.:
Tardó en responder.

Cuando lo hizo, dijo:

—Estoy en un momento medio complicado… pero en un mes me gustaría salir con vos.

Un mes.

Treinta días pueden ser nada. O pueden ser una eternidad cuando estás esperando a alguien.

Durante ese tiempo hablamos bastante. Profesores que teníamos en común. Anécdotas del colegio. Música. Planes. Miedos que se colaban entre líneas.

Y así llegó el viernes 3 de noviembre.

Nos encontramos en Ipanema, un café del centro de Mendoza. Yo llegué con un suéter oscuro, casi negro, de esos que ya conocen tu forma de caminar. Ella llevaba un pulóver rojo claro que resaltaba contra su pelo negro. Cuando la vi entrar, se me borró todo lo que había practicado decir.

Tenía esa expresión de “no sé si estoy nerviosa o feliz”. Yo estaba igual.

Ella pidió un desayuno completo

palta, jamón, queso, café grande.

Yo pedí un café con dos tortas.

La verdad era que antes de salir había desayunado con mi mamá porque me distraje y casi me olvido de la cita.

Cuando miré la hora, salí apurado. Llegué justo. El lugar estaba lleno, pero igual pedí algo para acompañarla.

Por eso tardé tanto en comer las tortas

no tenía hambre… tenía nervios.

Para romper el hielo, saqué unos libros de chistes que me habían regalado y empecé a leer algunos.

Eran malos. Muy malos.

Pero ella se reía igual. Y eso alcanzaba.

Hablamos durante horas. Historias del secundario. Profesores insoportables. Compañeros que ahora parecían recuerdos de otra vida.

Después salimos a caminar hasta la Plaza San Martín. El sol bajaba lento y los sonidos del centro se deshacían entre los árboles. El aire tenía ese olor a tarde que ya se está yendo.

Hubo un momento en que nos quedamos en silencio.

No incómodo.

Denso.

Ella hablaba con sus manos, con sus ojos, con todo su cuerpo. Y cuando dejó de hacerlo, cuando solo me miró, sentí que el mundo aflojaba el volumen.

Sonrió. Bajó la mirada. Volvió a mirarme.

No sé quién se inclinó primero. Solo sé que, por primera vez en mucho tiempo, el mundo dejó de hacer ruido.

Sus labios eran suaves. Cálidos. Reales.

Y sentí que estaba besando algo que, de alguna forma, ya conocía.

Nos separamos riéndonos, sorprendidos, mirando alrededor como si alguien fuera a retarnos por sentir demasiado en un lugar público.

—Creo que perdimos la noción del tiempo —dijo ella.

—Creo que sí —respondí, todavía con el pulso acelerado.

Para que el momento no se escapara, sacamos el celular y nos tomamos una selfie. Estábamos despeinados por el viento, sonriendo como si hubiéramos descubierto un secreto.

No sabíamos que algún día esa foto iba a doler más de lo que en ese instante nos hacía reír.

Esa noche, mientras volvía a casa con el recuerdo de su beso todavía vivo en los labios, entendí algo simple.

No era el final.

Era el comienzo.

"No éramos el final, éramos el proceso."Stories to obsess over. Discover now