Se suponía que aquel iba a ser un día tranquilo, un viernes cualquiera de comienzos de mes. Las luces de Navidad estaban ya encendidas y las partidas de libros habían sido entregadas, listas para las compras compulsivas de aquella época del año. Así que solamente quedaba esperar a que llegaran las vacaciones para poder disfrutar de un merecido descanso.
La oficina estaba tranquila. Entre los empleados reinaba un ambiente festivo, casi somnoliento, que incitaba más al parloteo y los festejos típicos de los últimos estertores del año que a concentrarse en el trabajo. Todos estaban alegres, menos ella.
Roseanne Park, sin embargo, no había sido capaz de respirar tranquila esa semana.
Aunque todavía era temprano, apenas las diez de la mañana, estaba nerviosa, inquieta como si en el aire reinara la pesadez que siempre antecede a una gran tormenta. Llevaba desde primera hora intentando concentrarse en su trabajo, pero después de varios intentos fallidos decidió salir del edificio y darse un respiro.
Comprendió que aquel iba a ser un invierno muy largo tan pronto empujó la puerta de entrada. Hacía tanto frío que Rosé se lo pensó dos veces antes de dar un paso más y posar los pies sobre el asfalto cubierto por la lluvia que había caído de madrugada. La última tormenta había azotado los alrededores de Corea con tanta fuerza que la calle de la editorial amaneció casi anegada por la intensidad con la que había llovido aquella noche. Se tapó los ojos con la mano, molesta por la claridad, mientras observaba a los operarios intentando drenar las aceras. Con dedos azulados, ateridos por el frío, Rosé se abotonó su abrigo negro cuando una ráfaga de viento helado le golpeó la cara. Buscó el encendedor en su bolsillo y se llevó un cigarro a sus labios temblorosos. Se trataba de la primera calada del día, pero sabía que su nerviosismo no le dejaría disfrutarla. Trató de no pensar en Lalisa Manoban o en cómo se había vuelto una especialista en aniquilar sus nervios,pelea tras pelea.
Últimamente eran tantas y tan frecuentes que ni siquiera fumar un cigarrillo conseguía relajarla del todo. Solo por librarse de Lisa se le pasó por la cabeza la idea de fingir un resfriado e irse a casa, y ya estaba barajando los pros y contras cuando escuchó aquella voz amortiguada por una acolchada bufanda.
-¿Otra vez dándole al vicio?
La persona en cuestión apartó la bufanda de lana que llevaba enroscada al cuello y le dedicó una radiante sonrisa.
-Buenos días para ti también, Billie -contestó Rosé con sarcasmo.
Billie Patchanon, nieto de uno de los fundadores de Sanook & Co editorial, un muchacho tan prepotente como guapo. Era arrogante y algo más joven que ella, pero poseía el culo más redondo y la sonrisa más seductora de toda la editorial. O, al menos, eso era lo que decía la estúpida votación de Navidad que los empleados hacían todos los años para elegir a los más guapos de la compañía.
Rosé consideraba esta votación más propia de patio de colegio que de una editorial con una larga y respetable trayectoria, pero participaba solo por la satisfacción que le daba negarle un voto al engreído de Billie.
Como era de esperar, aquel año también era el favorito para ganar en todas las categorías, con el consecuente aumento de ego por parte del muchacho. Si uno de los efectos colaterales del engreimiento fuera la hinchazón, podrían haber encontrado una súper desarrollada cabeza de Billie Patchanon, flotando en el techo de la editorial.
Rosé le miró con desdén, arrastrando sus ojos por la figura del muchacho, como siempre hacía cuando se encontraban y él se empeñaba en flirtear sin obtener ningún resultado. De todos modos, a Billie no pareciera importarle demasiado, porque ni un solo día había dejado de inspeccionarle el trasero cada vez que cruzaba el departamento de marketing, donde él trabajaba. El muchacho estaba seguro de que tarde o temprano ella caería rendida a sus pies y por eso cada dos viernes, dos, literalmente, se empeñaba en invitarla a cenar.
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101 Razones para odiarla [Chaelisa Ver.]
HumorRoseanne Park y Lalisa Manoban nacieron el mismo día, en el mismo hospital, separadas únicamente por el espacio que hay entre la alcoba 311 y la 312 del Hospital Bumrungrad. Son tantas las cosas que las unen y sus familias tan cercanas, que deberían...
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