Capítulo 1: Flores en silencio

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El primer pétalo apareció sin aviso.

Giyuu Tomioka despertó con una presión extraña en el pecho, como si algo hubiera echado raíces dentro de él durante la noche. No era una herida de combate ni el cansancio habitual tras las misiones. Era distinto. Pesado. Íntimo.

Se llevó el puño a la boca cuando la tos lo sacudió de repente.

Algo suave cayó sobre su mano.

Al bajar la mirada, lo vio.

Un pétalo blanco, ligeramente húmedo, manchado de un rojo oscuro que tardó unos segundos en reconocer como suyo.

No gritó.
No entró en pánico.

Giyuu nunca hacía ruido cuando algo se rompía dentro de él.

Durante días se dijo que era una ilusión. Que el cansancio podía provocar cosas extrañas. Que el cuerpo, cuando se forzaba demasiado, encontraba formas crueles de reclamar descanso.

Pero los pétalos volvieron.

En el entrenamiento matutino, los sintió subir por su garganta. En la cena, tuvo que retirarse antes de que alguien notara cómo se le cerraba la respiración. Por las noches, se sentaba solo, doblado sobre sí mismo, esperando a que la tos pasara sin dejar rastro.

Siempre en silencio.
Siempre solo.

Porque Giyuu Tomioka había aprendido desde niño que el dolor era algo que se soportaba, no algo que se compartía.

Y aun así, en medio de esa confusión inicial, había una certeza que comenzaba a tomar forma. Una idea que se le clavaba más hondo que cualquier espada.

Esto no es casual.

El hanahaki no elegía al azar.

Era una sentencia.

Una condena reservada para quienes amaban demasiado… y demasiado tarde.

Sanemi Shinazugawa no lo sabía.

Sanemi nunca notó cómo Giyuu lo buscaba entre la multitud incluso antes de darse cuenta.
Ni cómo su mirada se suavizaba solo al verlo.
Ni cómo su nombre se le quedaba suspendido en el pecho, no como una palabra, sino como un peso constante.

Giyuu lo observaba desde lejos.

Desde la distancia segura donde no hacía daño.

Sanemi era ruido, furia, vida. Era la risa áspera, los insultos lanzados como escudos, las cicatrices que hablaban de alguien que sobrevivía a base de rabia. Y Giyuu… Giyuu era silencio. Agua quieta. El que miraba sin ser visto.

Amarlo había sido algo gradual. Imperceptible.
Como ahogarse sin darse cuenta.

No hubo un momento exacto.
No hubo una confesión interna ni una decisión consciente.

Solo un día entendió que el mundo pesaba menos cuando Sanemi estaba cerca… y que dolía el doble cuando no.

El entendimiento llegó una noche, mientras se inclinaba sobre el lavabo, observando cómo un nuevo pétalo caía, más oscuro que los anteriores.

Entonces lo supo.

No era una enfermedad del cuerpo.
Era una enfermedad del alma.

Hananaki.

Las flores crecían alimentadas por cada palabra no dicha, por cada mirada desviada, por cada “no es el momento” que se había repetido para sobrevivir.

Giyuu apretó el borde del lavabo con fuerza.

No había confusión ya.
Solo aceptación.

Amar a Sanemi nunca fue una elección.
Fue una condena dulce.

Una que aceptó sin resistencia.

Durante el día, siguió siendo el mismo. El Hashira del Agua. El hombre distante. El que cumplía con su deber sin preguntar demasiado.

Pero por las noches, se arrodillaba en su habitación, envolviendo los pétalos en tela oscura, ocultándolos como si así pudiera esconder la verdad.

No quería salvarse.

No si el precio era arrancar de raíz lo único que le había dado sentido a su existencia silenciosa.

Mientras tanto, Sanemi reía fuerte en otra parte del cuartel, ajeno a que, en algún lugar cercano, alguien se estaba marchitando por él.

Y las flores…
seguían creciendo.

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