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El aula estaba demasiado llena para el calor que hacía.
Asier apoyó la espalda en la silla, cruzó una pierna y miró el reloj por tercera vez. El pantalón le apretaba más de lo normal, pero no pensó en eso. Pensaba en salir. En fumar. En irse a cualquier sitio que no fuera allí.
—Eh, Asier.
No respondió.
—Asier.
Un golpe seco en el culo lo hizo dar un respingo.
—Ay, maricón… —dijo una voz entre risas—. Vaya culito llevas hoy.
Las carcajadas explotaron a su alrededor. No todas, pero las suficientes.
El mundo se le contrajo en el pecho.
No era la palabra.
Era lo que significaba.
Sintió cómo algo se le encendía por dentro, rápido, violento. Como si alguien hubiera metido fuego en una habitación cerrada.
—¿Qué has dicho? —preguntó, girándose despacio.
El chico seguía riéndose, apoyado en la mesa, seguro de sí mismo. Demasiado.
—Nada, tío, relájate. Era una broma.
Una broma.
Siempre era una broma.
Asier notó las miradas. El silencio raro. La vergüenza caliente subiéndole por el cuello. No podía permitirlo. No eso. No eso.
—Vuelve a tocarme —dijo, con la voz más baja de lo que esperaba— y te juro que no sales caminando.
—¿Te has ofendido? —insistió el otro—. Si parece que te gusta.
Ahí fue cuando todo se rompió.
No pensó.
No respiró.
No escuchó la voz que, muy al fondo de su cabeza, intentó detenerlo.
Se levantó de golpe, la silla cayó hacia atrás y el puño salió solo.
Gritos.
Un golpe seco.
Alguien separándolos.
Asier sentía el corazón desbocado, la mandíbula tensa, las manos temblándole de rabia. No sabía si había pegado una vez o cinco. No le importaba.
—¡Fuera! ¡Los dos! —gritó el profesor.
Mientras lo sacaban del aula, Asier no miró atrás. No quería ver las caras. No quería pensar. Solo quería que esa palabra desapareciera de su piel.
En el pasillo, apoyó la espalda contra la pared.
Respiró fuerte. Una, dos veces.
—¿Ya estás contento? —susurró una voz dentro de su cabeza.
Cerró los ojos.
—Cállate.
—No te llamaron eso por el pantalón —respondió ella—. Te dolió porque te dio miedo.
Apretó los puños.
—No soy como ellos.
—No —dijo su hermana—. Pero tampoco eres quien crees.
Abrió los ojos. El pasillo estaba vacío.
El silencio pesaba más que los golpes.
Y por primera vez, Asier sintió miedo de sí mismo.
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Aprender a quedarse
Teen FictionAsier aprendió pronto a irse. De los lugares. De las personas. De sí mismo. Creció entre silencios, verdades mal contadas y una culpa que nunca fue suya. Huir siempre pareció la opción más segura... hasta que quedarse empezó a doler más. Aprender a...
