Mi despertador tiene un talento especial para sonar justo cuando mi sueño se pone interesante, y yo tengo un talento especial para querer lanzarlo por la ventana. Neo-Veridia me recibió con su habitual saludo: un cielo color gris ceniza y el zumbido de los carteles de neón que parpadean como si tuvieran hipo. Dicen que en otros lugares el sol sale por la mañana, pero aquí, lo máximo que tenemos es una mancha amarillenta que apenas logra atravesar el humo de las fábricas. Es feo, ruidoso y huele a metal, pero es mi hogar.
Bajé las escaleras todavía ajustándome la coleta. En la cocina, el ambiente era el de cualquier martes normal. Mi madre organizaba la nevera y mi padre tomaba su café concentrado frente a una pantalla llena de gráficos de su trabajo.
— Buenos días, dormilona —dijo él, dedicándome una sonrisa distraída sin quitar los ojos de la tablet—. ¿Dormiste bien?
—Como un tronco —respondí, sirviéndome un vaso de jugo.
—Me alegra. Te ves con un poco más de color hoy —comentó, y casi por inercia, deslizó hacia mí un pequeño frasco con cápsulas transparentes—. No te olvides de la vitamina, Grace. Ya sabes que si te baja el hierro te pones como un fantasma y luego vienen los mareos en clase de gimnasia.
—Papá, ya te dije que me siento genial. Creo que el tratamiento ya hizo efecto —dije, mirando con fastidio la pastilla. Para mí era solo una rutina molesta, como usar aparatos dentales o ponerse protector solar.
Él se encogió de hombros, restándole importancia, aunque mantuvo la mano cerca del frasco hasta que yo la tomé.
—Es solo por mantenimiento. No queremos que recaigas justo ahora que vienen los exámenes. Anda, tómatela y vete.
—Está bien, está bien... —murmuré.
Me metí la cápsula en la boca y le di un trago al jugo, pero en un movimiento experto que había perfeccionado en los últimos meses, la oculté bajo la encía. Me despedí con un beso rápido en la mejilla de ambos y salí a la calle. En cuanto el aire frío de la ciudad me golpeó, escupí la pastilla en una alcantarilla con puntería de profesional. No era por rebeldía, simplemente estaba cansada de sentirme como una paciente eterna cuando mis niveles de energía estaban por las nubes.
El instituto estaba a reventar. Entre los casilleros de metal y los neones parpadeantes del pasillo principal, divisé a mis dos anclas en este mundo: Sofía y Mateo.
Eran el contraste puro. Sofía era todo energía, con su cabello teñido de azul eléctrico y carpetas llenas de pegatinas. Mateo, en cambio, era la calma personificada; alto, de hombros anchos y con esa mirada de "no me importa nada" que sospechosamente se ablandaba solo cuando ella hablaba.
—¡Grace! —Sofía casi me tacleó con un abrazo—. Dime que hiciste el resumen de química. Mateo dice que es imposible y yo creo que simplemente no sabe leer la tabla periódica.
—Oye, la tabla es confusa —se defendió Mateo, apoyándose contra mi casillero con una sonrisa de lado—. Además, Sofi, estabas demasiado ocupada hablando de la fiesta del viernes como para dejarme concentrar.
Los miré a ambos. Era tan obvio que se gustaban que dolía. Sofía jugaba con un mechón de su cabello cada vez que Mateo se acercaba más de la cuenta, y él no dejaba de buscar excusas para rozar su hombro con el de ella mientras caminábamos.
—Ustedes dos necesitan una habitación o una cita urgente —solté mientras sacaba mis libros.
—¡¿Qué?! ¡No! —exclamó Sofía, roja hasta las orejas—. Solo somos amigos, Grace. No empieces.
Mateo carraspeó, mirando hacia el techo como si de repente la arquitectura del edificio fuera lo más interesante del mundo.
—Sí, claro. Amigos que se miran como si fueran el último vaso de agua en el desierto —añadí riendo.
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DULCE TOXICIDAD
Teen FictionGrace cree que su único problema es sobrevivir al instituto, evitar que sus padres descubran que tira sus vitaminas a la basura y lograr que sus dos mejores amigos se besen de una vez. Ella es experta en sarcasmo, pero una completa ignorante sobre...
